• Diario Digital | Martes, 21 de Noviembre de 2017
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Plaza & Janés publica ‘Los amores perdidos’ de Miguel de León

Plaza & Janés publica ‘Los amores perdidos’ de Miguel de León

Los amores perdidos es una novela que llegó a las manos de su editor de una manera muy peculiar que merece ser contada. Miguel de León ha sido un lector empedernido desde su infancia, a pesar de las dificultades de su vida. Cuenta que para entretenerse leía cualquier cosa que cayera en sus manos, que siente pasión por las historias y que lo único que le pide a un autor es que no le aburra.

Su pasión por la lectura le llevó a leer libros de segunda mano y en cualquier estado, hasta que llegó uno de Gabriel García Márquez por casualidad. Era un libro sin cubiertas, del que no podía saber quién era el autor, pero que le dejó marcado para siempre. Años después, cayó en sus manos El coronel no tiene quien le escriba, y tuvo la certidumbre de que tenía origen en la misma mente genial que el ejemplar sin tapas que había llegado desde un lugar ignoto del mundo. Un año después leyó Cien años de soledad, novela que después ha leído más de treinta veces. Desde entonces, Miguel de León se convirtió en un perseguidor sin condiciones de todo cuanto llevara el nombre de Gabriel García Márquez hasta el punto de existir para él en la literatura dos hemisferios, uno habitado por todos los escritores y el otro, por García Márquez. Después de muchos años pudo saber al fin el título de aquel libro que conserva sin sus tapas: La hojarasca.

Miguel de León escribió entonces una novela. Después de buscar editorial y agente y no recibir ninguna respuesta buscó en internet la editorial de Gabriel García Márquez en España. Llamó a Penguin Random House y envió su libro sin agentes ni padrinos. Todas las personas que leyeron el manuscrito quedaron prendadas, hasta conquistar a toda la editorial.

El final de la historia de Miguel de León es este libro, Los amores perdidos, una novela de amor, esperanza y libertad. Es la historia de Arturo y Alejandra, de su relación imposible y de lo que tuvieron que sacrificar por ella. Y de dos familias, los Quíner y los Bernal, eternas enemigas. Y es también la historia de un pueblo canario, El Terrero, donde las pasiones son arrebatadas, los secretos se desvelan entre susurros y las venganzas se cobran con sangre. Un épico y colosal tapiz tejido con estas y otras muchas historias, que afectarán a la pasión de Arturo y Alejandra a lo largo de los años y que les llevará de El Terrero a Nueva York, del enamoramiento al desencanto, de la separación al reencuentro para finalmente enfrentarse a un destino incierto.

«No puedo aportar como currículo más que la rebeldía de un niño que no quiso dejarse abatir por la adversidad. Nací a finales de 1956 en La Laguna, Tenerife, y me crié en el seno de una familia muy humilde en Valle de Guerra, una zona rural de la costa norte de la isla. Con once años empecé a trabajar para ayudar en casa con mis hermanos pequeños: repartí periódicos, colaboré en una procuraduría y fui aprendiz administrativo en unas oficinas mientras estudiaba con los adultos del turno de noche. Con quince años, sin haber terminado del todo el último curso de bachillerato, tuve que desistir de la asistencia a las clases. Fui peón albañil, freganchín, pinche de cocina, camarero, ferrallista, operador de guillotina, fotomontador en una litografía y, por último, administrativo en una empresa importadora, hasta el ingreso en el servicio militar. A su término, ejercí de vigilante jurado y me hice programador informático estudiando por mi cuenta. Trabajé como ejecutivo comercial de una importante firma nacional hasta que en 1992 establecí una pequeña empresa, que ha sido mi sustento hasta hoy.

Durante este largo camino, me acompañó aquel niño enfurruñado que quería escribir, resuelto a forcejear en cada decisión que yo tomaba si a él lo alejaba de su empeño. En la soledad de muchas tardes y en muchas madrugadas insomnes, dejé que me ganara algunas partidas. Pero llegó el día en que tuve la noticia de que Plaza & Janés publicaría mi primera novela, resultado de aquellas vigilias. Quedé tan aturdido que necesité refrescarme la cara. Al levantar la cabeza, encontré ese niño en el espejo, sonriéndome con malicia. “¿Lo ves?”, me dijo, “no has hecho sino dar tumbos para llegar renqueando hasta aquí, donde yo te había dicho que estaba tu sitio”. Me había ganado la batalla final. “No me lo reproches”, le repliqué, “mientras daba esos tumbos te he ido llenando las alforjas de historias para contar”. Aceptó la respuesta. Hemos vuelto a ser una sola persona. Tal vez nos alcance el tiempo para escribir otra bonita historia más.» , nos cuenta el autor.

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