• Diario Digital | Lunes, 23 de Abril de 2018
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"El desconcierto" de Begoña Huertas. La maestría de la autoficción

Begoña Huertas es profesora de escritura creativa. Y se nota. En la forma de plantear las escenas, en los títulos de los capítulos, en la organización narrativa, en el estilo… Se nota que hay una maestra en cada página del libro.

"El desconcierto" de Begoña Huertas. La maestría de la autoficción

Del orden al caos y vuelta al orden. Esta es la idea que sustenta la obra. El lector asiste de manera significativa a cómo se enfrenta la autora y protagonista a la enfermedad. El desconcierto narra en primera persona la situación que se produce tras un diagnóstico de cáncer de colon: intervenciones médicas, miedos, quimioterapia, dolor, soledad.

El desconciertoEn la antítesis de la épica que a menudo se exige a los enfermos de cáncer, Begoña Huertas se sitúa en una posición no beligerante. Para evadirse de su dura realidad se apoya en el cine y en otras tres ocupaciones: la indagación acerca de la enfermedad en la literatura, el ajedrez y la música.

¿Por qué apenas hay literatura sobre la enfermedad, que normalmente solo es tratada en las obras literarias como anticipación del desenlace a que aboca la muerte? En esta indagación aparecen Marcel Proust, Thomas Mann o León Tolstoi, por supuesto. Y muchos más, como Patricia Highsmith, Edgar Allan Poe y Manuel Puig. Analizados todos ellos, de manera esencial, desde su doble condición de enfermos y autores.

El ajedrez, además de imagen recurrente y de enlace con la figura paterna, sirve como elemento de cohesión que parte siempre de un delicado equilibrio inicial insostenible porque en eso consiste el juego. Como la vida.

Coincide que mientras la autora está en su largo tratamiento de curación, mueren de cáncer David Bowie y, poco después, Leonard Cohen. La lectura que Begoña Huertas hace del videoclip del tema Lazarus, de Bowie, es magistral. Capítulo V: “Uno con uno mismo (las operaciones) featuring David Bowie y Leonard Cohen”. Imprescindible.

La autoficción, que empieza a dar síntomas de agotamiento en las letras españolas (con notables excepciones como las de Marta Sanz o Antonio Orejudo), cobra una nueva dimensión en El desconcierto

Su familia sería el cuarto punto, la cuarta columna en la que se apoya el relato. Pero lo es de manera singular. Sus hijas como contrapunto de vida, de alegría, de contraste. La madre, que aparece casi como una sombra, como el sustento nutritivo. Y el padre, que muere durante el proceso de la enfermedad, y añade más desconcierto. Con él crea una escena poderosísima al llegar al tanatorio: “Recuerdo el golpe de verle envuelto en una sábana blanca, empequeñecido, muerto. Y al mismo tiempo recuerdo el alivio que fue tenerle ahí. Poder llegar a algún sitio donde él estaba. Porque estaba. Quitarle las cruces que le habían puesto y tirarlas con rabia me acercó a él y lo revivió de una manera insólita. No era un trozo de carne lo que estaba allí, era un hombre que no creía en Dios”.  La fuerza de escenas, como esta, o la de la segunda operación, o la de la sala de quimioterapia o la inicial del hotel dan una potencia a la obra muy poco frecuente.

"El desconcierto" se cierra con dos epílogos, de Natalia Carrero y Javier Azpeitia. El primero más vital. El segundo más erudito, más literario. Ambos son un excelente colofón para un libro que, sin morbo y sin alardes, cuenta cómo una persona encara una enfermedad que la sume en un profundo desconcierto.

La autoficción, que empieza a dar síntomas de agotamiento en las letras españolas (con notables excepciones como las de Marta Sanz o Antonio Orejudo), cobra una nueva dimensión en El desconcierto para crear con retazos de materiales vividos una construcción artística: la vida y la literatura se dan la mano en una obra que engancha por su maestría narrativa a pesar de la dureza del tema.

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