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GALAXIA GUTENBERG, BARCELONA, 2016, 224 PÁGINAS

"El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia", de Edurne Portela

Edurne Portela nos presenta una obra en la que aúna literatura, ética, filosofía e historia. Un relato en el que nos acerca lo que ha supuesto y supone la trayectoria de ETA en el País Vasco, introduciendo en ocasiones algunas experiencias vividas en primera persona. 

"El eco de los disparos. Cultura y memoria de la violencia", de Edurne Portela

La violencia de ETA es el elemento que abarca toda la obra. En este sentido, la autora es consciente de que hay diferentes formas de acercarse a dicho objeto de estudio de ahí que escrute numerosas obras literarias y productos cinematográficos donde se ha analizado. Sin embargo, no se trata de un mero listado sino que discute sobre los puntos de vista que en dichos materiales aparecen, emitiendo juicios con los que no siempre el lector estará de acuerdo.

Portada El Eco de los disparos​La valentía es uno de los rasgos de la autora: “para la mayoría de la ciudadanía vasca la violencia ha sido ordinaria, omnipresente y por lo tanto normalizada” (p.18) Se trata, en consecuencia, de una premisa no sólo aplicable a los nacionalistas o a quienes compartían las tesis de Eta que aceptaron como normal que determinadas personas por su cargo político, por su desempeño profesional, por su ideología o por su clase social fueran objeto de la violencia. En palabras de Portela “la práctica del silencio en nuestra sociedad tiene que ver más con la imposición del discurso unívoco de los violentos que con la represión por parte del Estado español” (p.56).

La traducción de esta cita es evidente: la sociedad vasca ha tenido una responsabilidad colectiva en el “conflicto” (expresión que Portela no emplea con el significado que le da la izquierda abertzale, cabe matizar) y el nuevo escenario tiene que empezar precisamente por ahí, por asumir esa responsabilidad.

Como se aprecia, se desmarca de la corrección política y critica a la familia nacionalista “por la complicidad y la justificación que ha hecho no tanto de la violencia en sí pero sí de sus motivos y sus fines” (p. 66), añadiendo que la equiparación de víctimas asesinadas por Eta y aquellas otras catalogadas de víctimas del Estado es perversa y falsa (p.119). Al respecto, matiza de manera nada baladí que a estas últimas sólo las ha reivindicado la izquierda abertzale y recientemente grupos vinculados al nacionalismo moderado.

Igualmente, Edurne Portela rechaza el lenguaje empleado por Eta y su entorno. Es más, sostiene que  el nacionalismo vasco ha controlado y ha diseñado el imaginario lingüístico en el País Vasco. Este fenómeno se observa también hoy en día ya que, como sostiene el profesor Luis Castells, se busca crear una “verdad confortable que nos otorgue tranquilidad” de ahí el abuso hasta la saciedad de expresiones como “necesidad de reconciliación”, “consenso” o “visión compartida”, “encuentro”.

En función de estos argumentos no debe sorprender que la Dra. Portela huya, empleando para ello argumentos sólidos,  de la euforia que se percibe por el final de Eta y condene el deseo de buena parte de la ciudadanía y de la clase política (vasca) de pasar página lo antes posible sin hacer la obligada autocrítica previa. Con sus mismas palabras: “lo que necesitamos en estos momentos no es que nos arropen y nos tranquilicen para así pasar página, sino que nos dejen al descubierto, con la incertidumbre de preguntarnos cuán cómplices hemos sido de la violencia y analizar lo más honestamente posible nuestra respuesta” (p. 185). 

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