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TECNOS, MADRID, 2014, 664 PÁGINAS

"La política como pasión. El Lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960)", de VV.AA (Ludger Mees, José Luis de la Granja, Santiago de Pablo, José Antonio Rodríguez Ranz)

Nos encontramos ante una mayúscula biografía política de uno de los actores de referencia de la política vasca y española del siglo XX. Los autores encargados de explicarnos la figura de José Antonio Aguirre presentan un currículum intachable como historiadores, habiendo dedicado buena parte de su trayectoria académica al estudio del nacionalismo vasco. Asimismo, Mees, De la Granja, Rodríguez Ranz y De Pablo adoptan una técnica narrativa capaz de combinar los aspectos personales del biografiado con los estrictamente políticos, sin caer por ello en la frivolidad o en el abuso de la anécdota. Esto se aprecia en la primera parte de la obra cuando nos acercan el semblante más íntimo de Aguirre, como su etapa universitaria en Deusto o sus devaneos con el fútbol.

"La política como pasión. El Lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960)", de VV.AA (Ludger Mees, José Luis de la Granja, Santiago de Pablo, José Antonio Rodríguez Ranz)

Con todo ello, nos encontramos ante un trabajo de investigación minucioso cuyo resultado es un libro colectivo “heterodoxo”: “si bien cada uno de los autores se ha encargado de preparar y redactar una de las partes de la biografía, cada uno de estos textos ha pasado por un debate entre todos los componentes del grupo, en el que se aportaban críticas y sugerencias para la mejora de los textos” (p. 13).Portada Aguirre

El rigor científico permea por toda la obra como se observa en la bibliografía y fuentes documentales manejadas (por ejemplo, la correspondencia política del protagonista). Además, los autores no abusan del metalenguaje lo que facilita la comprensión de su trabajo por un amplio público. Asimismo, otro factor que favorece la lectura está relacionado con la narración cronológica lo que ordena el contenido y pone al protagonista en relación con el contexto histórico, cultural y político en el que interactuó. Al respecto, en el prólogo realizan una observación que guiará las páginas posteriores: aunque la trascendencia de Aguirre resulta indiscutible, esta tesis es compatible con reconocer que “no era ni mucho menos un personaje todopoderoso, un héroe omnipotente, sino un dirigente atrapado en un contexto político, cultural y social muchas veces muy adverso, como la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y el largo exilio” (p. 14).

Como hemos indicado, en la primera parte de la obra los autores nos presentan los orígenes sociales de José Antonio Aguirre. La relevancia de los mismos alude al escenario en el que se desenvolvió durante su infancia y juventud, esto es, el Bilbao de inicios del siglo XX donde prósperos industriales (por ejemplo, su familia) convivían con un abundante proletariado. Una sociedad en la que el nacionalismo vasco había florecido y tenía en el PNV a su representante acreditado. Esta formación, a pesar de su división experimentada en 1921, mostraba como rasgos caracterizadores una extremada religiosidad, legado de su fundador Sabino Arana.

En cuanto a Aguirre, siempre mostró lealtad a los postulados sabinianos aunque en ocasiones  guiado por el pragmatismo efectuó una lectura personal aquéllos, en particular durante y a partir de la II República, desmarcándose de la ortodoxia pero sin contradecirla (p.73).

Cuando tuvo lugar el establecimiento de la II República (1931), el PNV la recibió de una manera más bien aséptica, ejemplo de ello es que no participó en el Pacto de San Sebastián. Asimismo, aún predominaba en el partido el deseo, que se ha mantenido con mayor o menor intensidad desde entonces, de rechazar cualquier tipo de relación con la “política española”. En este sentido, el nacionalismo vasco en la década de los años 30 presentaba a Euskadi y a España como dos entidades diferentes (incluso antagónicas), de tal manera que la primera nada tenía que ver con la segunda. Aguirre participó de esta visión (p. 77).

Una tesis de esta contundencia repercutió notablemente en la forma en que el PNV fue recibido por el resto de actores de la II República los cuales legítimamente cuestionaban la adscripción republicana del nacionalismo vasco. En efecto, en esta etapa histórica crucial los autores se detienen y la analizan de forma pormenorizada. La conclusión principal subraya el cambio gradual que se produce en Aguirre. En efecto, conforme va discurriendo la II República, es consciente de que sólo mediante una participación activa en la misma se podrán satisfacer las expectativas de Euskadi, siendo la más tangible de ellas la consecución del Estatuto de Autonomía, aunque sin descartar fines de mayor enjundia. En efecto, la meta del Estatuto hizo que Aguirre y el PNV acentuaran el acercamiento a los partidos de izquierda y el desmarque de la CEDA de Gil-Robles, cuyo centralismo eliminaba cualquier vínculo que la defensa del catolicismo podría suscitar entre ambas formaciones.

Esa consecución del Estatuto tuvo lugar en octubre de 1936. Ahí encontramos otro ejemplo del posibilismo y del pragmatismo de Aguirre cuando aceptó que Navarra quedara excluida de Euskadi, frente a las tesis de su compañero Manuel de Irujo (p. 147). Ya en la década de los años 30, como en la actualidad, Navarra suponía el “talón de Aquiles” del PNV, pese a los esfuerzos propagandísticos y económicos invertidos por alterar esa situación.

A partir de este momento, el proyecto político que Aguirre podría haber diseñado para Euskadi quedó en suspenso por el estallido de la guerra civil. Cuando se produjo dicho acontecimiento, el PNV repitió “actuaciones conocidas”: “la prensa no recogió ninguna intervención pública de Aguirre favorable a la República en las semanas que siguieron al 18 de julio, una fase en la que hubo más una coincidencia que una alianza entusiasta del PNV con las izquierdas. Ésta parece que fue también la postura personal de Aguirre, que estaría más preocupado por mantener el orden público que por luchar por poner fin a la sublevación” (p. 283). Las palabras del propio Aguirre refrendan la afirmación de los autores: “nuestra adhesión ha sido a la libertad de Euskadi. A la lucha no hubiéramos ido directamente, no hubiéramos ido por defender la República” (p. 290).

El conflicto bélico y la posterior dictadura le llevaron a Estados Unidos y Francia ejerciendo hasta su muerte en 1960 como Lehendakari del gobierno vasco en el exilio. Inicialmente, durante esta prolongada etapa, se decantó por el radicalismo político. Sin embargo, consciente de que tal actitud le generaría escasos dividendos, retornó a la senda del pragmatismo, convirtiéndose en un líder carismático especialmente, aunque no sólo, entre “los suyos”.

El recrudecimiento de la Guerra Fría supuso un obstáculo insalvable para el nacionalismo vasco y para todas aquellas fuerzas democráticas españolas que se hallaban en el exilio. A pesar de este revés, como enfatizan los autores, Aguirre prestó atención a las principales iniciativas internacionales que se sucedían (como por ejemplo, el incipiente proceso de integración europea) y en ningún momento practicó un rancio antiamericanismo como respuesta al apoyo dado por la Administración de Eisenhower a la dictadura española.

En definitiva, una obra que nos presenta los claros y oscuros que caracterizaron el desempeño político de José Antonio Aguirre y, por extensión, del Partido Nacionalista Vasco. En el pensamiento de Aguirre había una serie de factores innegociables como la religión católica o la soberanía de Euskadi. Lo que variaba era la táctica a seguir y los aliados con los que establecer sinergias en cada periodo concreto.

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