• Diario Digital | Jueves, 18 de Enero de 2018
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TRADUCCIÓN DE ANTONIO LÓPEZ Y ROBERTO RAMOS FONTECOBA. PÁGINA INDÓMITA, BARCELONA, 2017

"La revolución rusa" (Prólogo de Hannanh Arendt), de Rosa de Luxemburgo

En un año como el actual en el que se conmemora el centenario de la revolución bolchevique, han proliferado excelentes trabajos académicos que la han analizado con la perspectiva que ofrece el tiempo. La obra que tenemos entre manos, aunque se centra en el mismo objeto de estudio, presenta algunas características distintivas que le otorgan un valor añadido. En efecto, nos hallamos ante un libro de breve extensión pero de indudable importancia por la autoría, por la prologuista y, en definitiva, por las ideas expuestas por ambas.

"La revolución rusa" (Prólogo de Hannanh Arendt), de Rosa de Luxemburgo

Rosa de Luxemburgo disecciona, analiza y critica “en tiempo real” la revolución perpetrada por Lenin en 1917, la cual cambió el rumbo del siglo XX. Por su parte, Hannah Arendt realiza el prólogo a la edición publicada en la década de los sesenta. Este hecho le brinda la posibilidad de profundizar tanto en el acontecimiento escrutado como en la persona e influencia de la autora, a la que nos presenta y pone en relación con el escenario político y social que le tocó vivir.

Portada Rosa de Luxemburgo​Asimismo, una filósofa de la talla de Arendt no desaprovechó esta oportunidad para analizar los cincuenta primeros años de la revolución bolchevique, emitiendo un veredicto de culpabilidad, en cuanto que negativo, hacia la misma. También nos ofrece un listado de razones por las que Rosa de Luxemburgo fue enviada al averno por Stalin y por los teóricos del Stalinismo.

Además, de la lectura del prólogo extraemos el contexto de violencia que primaba en la Alemania inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial. Igualmente, en la recién nacida República de Weimar, la socialdemocracia (una suerte de “desviacionismo” del marxismo) había culminado su renuncia a la revolución, optando por defender su programa político a través de vías estrictamente democráticas. Este hecho lo condena Rosa de Luxemburgo, interpretando dicha renuncia como un ejemplo de aceptación de la contra-revolución, equiparando de este modo la actitud de los socialdemócratas alemanes con la de los mencheviques rusos.

Aún con ello, De Luxemburgo no acepta la revolución al estilo Lenin: “ella no creía en una victoria en la que el pueblo en general no tenía ni participación ni voto; creía tan poco en la necesidad de conservar el poder a cualquier precio que temía mucho más a una revolución deforme que a una revolución fracasada” (p. 52). Para Arendt la historia le ha dado la razón ya que ”¿no es cierto que Lenin estaba “completamente equivocado” por lo que respecta a los medios, que el único camino hacia la salvación pasaba por “la escuela de la vida pública, por la democracia y la opinión pública más amplias e ilimitadas”, y que el terror “desmoralizó” a todos y lo destruyó todo?” (p. 52).

La interpretación de Rosa de Luxemburgo sobre la revolución bolchevique se sitúa en una suerte de tercera vía entre la posición oficial y las críticas en forma de rechazo vertidas por la socialdemocracia alemana. Para esta última corriente, si la revolución había ido más allá de la caída del zarismo, convirtiéndose en revolución proletaria, se debió a un “error del ala radical del movimiento obrero ruso, los bolcheviques” (p.61). Rosa de Luxemburgo se opone a esta tesis y sostiene que “el partido de Lenin fue el único que asumió el mandato y el deber de un verdadero partido revolucionario y que, con el slogan “todo el poder para el proletariado y el campesinado”, garantizó el desarrollo continuo de la revolución” (p.76).

En consecuencia, “los socialdemócratas alemanes han tratado de aplicar a las revoluciones la sabiduría casera de la guardería parlamentaria: para llevar a cabo cualquier cosa primero hay que contar con una mayoría. Sin embargo, la verdadera dialéctica de las revoluciones da la espalda a esta sabiduría propia de los topos parlamentarios. El camino no va de la mayoría a la táctica revolucionaria, sino de la táctica revolucionaria a la mayoría” (p.77).

No obstante, los reproches de la autora a la estrategia seguida por Lenin tras tomar el poder son abundantes y nos acercan a lo que realmente supuso la revolución bolchevique en particular y el comunismo en general. Así, procedió a privatizar la tierra en beneficio exclusivo de los campesinos bajo la forma de apropiación, desapareciendo en éstos cualquier signo de fervor revolucionario, fenómeno que lamenta la autora.

El nuevo régimen patrocinado y liderado por Lenin pronto dejó claras sus intenciones en lo que se refiere al desprecio por la democracia y por el parlamentarismo, como ilustra la eliminación de la asamblea constituyente y la inmediata persecución a la oposición. Asimismo, la libertad de prensa y el derecho de asociación también desaparecieron de la URSS. A partir de ahí, el escenario que describe Rosa de Luxemburgo no se limitó sólo a los años del Leninismo sino que perduraron hasta 1991: existencia de una sola clase social (el proletariado), libertad únicamente para los miembros del gobierno, socialismo impuesto a base de decretos gubernamentales y, en definitiva, la dictadura de una minoría, lo que cínicamente mostraba la veracidad de las ideas de Trotsky: “nunca hemos apoyado la democracia como si fuera un fetiche”.

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