• Diario Digital | Martes, 21 de Noviembre de 2017
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"Incluso la verdad", el libro donde Joaquín Sabina y Benjamín Prado cuentan todo de "Lo niego todo"

"Incluso la verdad", el libro donde Joaquín Sabina y Benjamín Prado cuentan todo de "Lo niego todo"

Este libro es la historia desde dentro de la creación de su último disco, Lo niego todo (cuya gira de presentación ha sido apoteósica), la historia secreta de ese disco, como dice el subtítulo del libro. Historia escrita a cuatro manos, las de Joaquín Sabina y su inseparable Benjamín Prado. Con invitados especiales o apariciones estelares de gente como los músicos Leiva, Rubén Pozo, Ariel Rot y Jaime Asúa.

Es un libro de amistad y complicidad, de trabajo y celebración.

Joaquín Sabina y Benjamín Prado no es que estuvieran condenados a encontrarse y entenderse, es que lo hicieron hace ya mucho, a mediados de los ochenta, cuando Sabina todavía no tenía muchos discos en su haber y Prado era un poeta veinteañero. En aquellos ochenta, Benjamín Prado ya tomaba versos de Sabina para encabezar un poema suyo, Canción de invierno, del “triste invierno del ochenta y seis”. Porque, igual que Sabina hace poemas que salen como canciones, Prado llamaba canciones a algunos de sus poemas. Más aún; Canción de medianoche se la dedicó a Sabina precisamente porque compartía el mundo de éste: “Dile que estoy parado al final de mí mismo,/ igual que un policía sin nadie a quien joder,/ como un autoestopista debajo de la lluvia,/ un multimillonario sin su Mercedes Benz./ Y dile que la extraño, y que me siento raro,/ igual que un Presidente dentro del autobús,/ como una Kawasaki en un cuadro del Greco,/ igual que un perro a cuadros, igual que un gato azul”.

El encuentro de ambos ya había dado frutos antes. Ahora, los versos de uno y otro están íntimamente imbricados, entrelazados en las estrofas de las canciones, hasta el punto de que las huellas originales se borran y no está claro qué es de uno y qué de otro. Este libro cuenta ese proceso apasionante de creación, de aportaciones, correcciones (como decía Oscar Wilde: me paso el día trabajando; por la mañana quito una coma, por la tarde vuelvo a ponerla), limaduras, vueltas atrás y vueltas a empezar, en que los dos poetas, como asesinos, acaban borrando sus propias huellas.

La amistad entre Joaquín Sabina y Benjamín Prado parece tan sólida como para estar por encima de la rivalidad deportiva (uno es del Atleti y otro, del Madrid). O tal vez no. Por eso se reunieron en verano, cuando no hay fútbol. Sea como sea, el disco y este libro se hicieron en verano y ése no es un detalle menor de la historia

La escritura de las canciones del disco –y el libro que lo cuenta. éste- se llevó a cabo en el verano del 16 en Rota; los paraísos no existen, pero ése sí. Ya lo dijo Gil de Biedma: “la manera que tiene [la vida], sobre todo en verano, de ser un paraíso”. El libro fue cuajando como una tortilla de patatas de las que eran motivo de competición entre la peña de Rota; Luis García Montero, Almudena Grandes, Felipe Benítez Reyes, Miguel Ríos… “más majos y cariñosos que el copón” les define Leiva. El Sur es más que un espacio físico, es un espacio mítico, es el Sur de Erice, el de Eliot (“leer hasta entrada la noche y en invierno viajar hacia el Sur”), pletórico de vitalidad y sensación de renacimiento. “Si además eres andaluz, a lo que se ve se añade lo que se recuerda y la suma resulta muy emocionante” (Sabina). El ambiente que vivieron y trasladan al lector puede resumirse en una referencia del texto: “Un día como tantos en Rota, mientras tomábamos un café y un tequila y soplaba el viento suave de la bahía, lleno de fuego y olor a mar”. “Eso me lo llevo a la tumba”, dice Leiva.

Allí, en ese entorno físico y sentimental, fue saliendo el disco Lo niego todo, “el disco más confesional que he hecho jamás”, dice Sabina. En un mano a mano entre Sabina y Prado de lo más bestia, al decir de Leiva. Con inspiración y transpiración, porque “un verso –escribió hace años Benjamín Prado- es mezcla de arte y mecanografía”.

El libro nos muestra la trastienda, le levanta las faldas al proceso de escritura. A Sabina “le parece que no es justo quitarles a sus seguidores el derecho a conocer los secretos de cocina de sus obras”. Querían –dicen los autores- que abrir el libro “sea como tener una copia de la llave de casa, un modo de verle la espalda a las canciones. Abre los ojos, va a ser igual que si hubieras estado allí”.

Javier Krahe –a Sabina se le humedecen los ojos cuando habla de él- escribió una vez el proceso de la escritura de una canción: El hilo de una canción. Aquí está el hilo del que tira Sabina –y Benjamín Prado- para escribir las suyas. Y las canciones aparecen personalizadas, como con vida propia. Las canciones llegan con más o menos prisa, crecen, avanzan; a algunas hay que ir a buscarlas, otras llaman a la puerta. De una dicen: “la hicimos nosotros pero a su manera”. Porque si nos preguntamos de dónde salen las canciones, la respuesta es: “del mismo sitio al que van a morir los pájaros”, una forma elegante de decir que no lo sabemos. En todo caso, a las canciones, como a los pájaros, hay que cazarlas al vuelo. Y hay un momento en que se sabe que el trabajo a a dar fturtos. Es cuando Joaquín dice “hay canción”. Eso significa “que aún queda mucho por hacer, pero la posibilidad de no hacerlo ha sido absolutamente descartada”.

En Incluso la verdad vemos a los dos autores –y a sus artistas invitados- metidos de lleno en la faena de escribir canciones que luego aprenderán muchos miles de personas. Lo hacen siguiendo estrictamente el consejo que Rafael Alberti le diera hace años a Benjamín Prado: que hay que tomarse muy en serio la obra y muy en broma a uno mismo. Por lo primero les salió un disco redondo, uno de los mejores de la larga trayectoria de Joaquín Sabina. Por lo segundo, lo que más hicieron, según propia confesión, a lo largo del verano del 16 fue reir. Y venirse arriba cuando la colaboración de unos y otros, letristas y músicos, funcionaba y las cosas salían mejor de lo que esperaban: “¡Los Stones, unos piernas!”.

“El trío funcionó y no hicimos una amistad, fundamos una familia”.

Incluso la verdad contiene las letras de todas las canciones del disco y un análisis, un comentario sobre su contenido y el modo en que llegó a escribirse.

Algunas (Lágrimas de mármol y Quien más, quien menos) hablan del paso irrespetuoso del tiempo, pero hechas de tal modo –faltaría más- que la melancolía no cerrara el paso al humor.

Lo niego todo es una canción contra el propio mito de Sabina: “Ni soy un libro abierto ni quien tú te imaginas./ Lloro con las más cursis películas de amor./ Me echaron de los bares que usaba de oficina/ y una venus latina me dio la extremaunción”.

“Si hubiese una fórmula infalible para escribir canciones, no merecería la pena hacerlas: lo divertido es justo lo contrario, que cada una tenga sus reglas, sus necesidades y te imponga unas condidicones distintas. Algunas no las puedes soltar hasta que están acabadas… Otras las empiezas y acabas de un tirón… Y luego están composiciones que se van haciendo sin prisas, a fuego lento; están ahí siempre, pero nunca sobre la mesa, son una bala en la recámara, un as en la manga, hoy les añades un verso y el siguiente igual no se deja ver hasta dentro de tres meses”. Postdata fue de ésas; siempre estuvo en la carpeta de Sabina, nunca en la parte de encima del montón, pero nunca fuera.

Y como, siguiendo el consejo de Alberti, se toman muy en serio lo que hacen, son capaces de llegar a las manos por poner o quitar unos u otros adjetivos. En algún momento, el libro presenta las respectivas versiones de los mismos hechos desde el punto de vista de cada uno de ellos, como hacen algunas películas. Y en la intimidad que retrata el libro hay lugar para algunas confesiones personales. Aparece un Sabina más tranquilo después del ictus sufrido hace unos años (“desde que vivo a la defensiva, tratando de no pasarme de la raya”), contemplando desde el balcón de su casa a las jóvenes gitanas que inspiran otra de las canciones del disco..

Este es un libro único, que reúne las letras de las canciones, el proceso de su composición y un montón de ilustraciones: fotos, dibujos de Sabina, reproducciones de los borradores de las letras… Con la ventaja añadida de que se puede leer con calma, volviendo atrás, alguna canción difícil, pongamos Leningrado, que también trata, por cierto, del paso del tiempo.

Un libro intenso, de trago corto, que el lector querrá volver a leer (beberse) nada más acabarlo.

Joaquín Sabina (Úbeda, 1949), músico y poeta muy reconocido en España y en toda Latinoamérica, despertó a la vocación literaria antes que a la musical y ya en la adolescencia compuso sus primeros versos. Ha publicado dieciocho discos de estudio y cinco en directo, además de innumerables colaboraciones con distintos artistas, así como varios libros de poesía. Ha recibido varios galardones en reconocimiento a su carrera artística y a su aportación a la cultura en España, entre los que destacan la Medalla al Mérito de las Bellas Artes y el de Hijo Predilecto de Andalucía. Además, por su legado al mundo de la música y a los más de diez millones de discos vendidos en todo el mundo, le fue entregado por Sony Music un premio especial en la ciudad de Nueva York (2012).

En sus más de treinta y cinco años de carrera musical ha fraguado una leyenda, alimentada tanto por su trayectoria vital como por los personajes que recorren sus canciones, y, así, sus miles de seguidores valoran que, pese a su tremendo éxito comercial, siga creando con la frescura de un poeta urbano inimitable. Su disco anterior fue "Vinagre y sal".

Benjamín Prado (Madrid, 1961) ha publicado las novelas Raro (1995), Nunca le des la mano a un pistolero zurdo (1996), Dónde crees que vas y quién te crees que eres (1996), Alguien se acerca (1998), No sólo el fuego (1999), La nieve está vacía (2000), Mala gente que camina (2006), Operación Gladio (2011) y Ajuste de cuentas (2013), y los libros de relatos Jamás saldré vivo de este mundo (2003) y Qué escondes en la mano (2013). También es autor de los ensayos Siete maneras de decir manzana (2000), Los nombres de Antígona (2001), A la sombra del ángel (2002) y Romper una canción (2010), y de los volúmenes de aforismos Pura lógica (2012), Doble fondo (2014) y Más que palabras (2015).

Su obra poética está reunida en los volúmenes Ecuador (poesía 1986-2001), Iceberg —ambos aparecidos en 2002—, Marea humana (2006) y Ya no es tarde (2014). Sus libros han sido traducidos, hasta el momento, en Estados Unidos, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia, Grecia, Dinamarca, Portugal, Croacia, Estonia, Letonia y Hungría, y editados también en Argentina, México, Perú, Colombia, El Salvador y Cuba. En 2009 escribió con Joaquín Sabina las letras del disco Vinagre y rosas.

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