• Diario Digital | Lunes, 18 de Diciembre de 2017
  • Actualizado 13:57

FIRMA INVITADA

Del silencio*

Lo que se aplica, así, es la vieja fórmula heredada (de la que nunca hemos querido saber su fundamento) donde a cada cual, según lo que haya expuesto, se le cataloga definitivamente ¡Pero es tan atrabiliaria esa fórmula para distinguir dentro del contenido espiritual de los hombres!

¡La aplicación de una fórmula: qué vago argumento de juicio! ¡Se puede mentir tanto a través de las palabras! ¡Con cuántos actores consumados no nos topamos cada día que usan precisamente su discurso para ocultarse y burlar, más que para sincerarse desde su verdadero ser individual!

No, las palabras poco pueden mostrarnos si, a la vez que las escuchamos, no procuramos también mirar detrás de ellas. Es obvio que una cortina, aunque resulte decorativa por su delicada elaboración, puede ocultar un interior sucio y desordenado. Puede, pues, provocar con su apariencia el engaño. (Es por eso que se hace necesario llevar el espejo al otro lado de la apariencia, a la parte de atrás, donde está el verdadero soporte de lo que se nos describe. ¡Y habremos de atenernos, al actuar así, tantas veces a la agria sorpresa!).

No ocurre tal con el silencio, o, si ocurre, la voluntad de ocultamiento suele conseguirse siempre en menor grado de lo que cada día se pretende a través de las palabras. (El silencio, por lo común, no favorece, a pesar de su gran contenido significativo, la relación que el hombre pretende establecer con el otro).

¡Ay, la voluntad de comunicación, ese gesto mimético asentado desde el principio en el espíritu del hombre, que, urbanita sobre todo, ha optado por la confusión común para lo cotidiano antes que confeccionar un entorno libre y sincero para sí!.

Aquél que elige la aglomeración para vivir, en la medida en que busca su defensa busca, por afinidad, a la especie, y a través de ella la lejanía del miedo aparente. Establece, así, su libertad en función de sus limitaciones, que comparte con todos aquellos que han optado por su misma elección.

Es un hombre eternamente comparativo y no especulativo salvo para el bien material inmediato. Es un hombre que propicia su confinamiento urbano a cambio de no inquirir sobre la dura libertad del solitario. Es un hombre de corazón gregario dotado de una mayor o menor consciencia acerca de su condición.

El silencio, por contra, es íntimamente convocador; incluso en un doble sentido. Hacia uno mismo por cuanto su naturaleza se alimenta de la reflexión, que es siempre dialéctica; y también hacia afuera porque evoca en su actitud el principio del instinto que forma también parte sustancial del hombre: la soledad.

De ahí que el silencio no posea el don comunicativo en apariencia, por cuanto aleja de sí, incluso como imagen, la disponibilidad un tanto frívola de tocar las cosas con las palabras. Pero no obstante el silencio es, en la mayoría de los casos, propiciador, impulsor (sobre todo de verdades, de realidades sustanciales) Tal vez por eso la prevención que, en un primer momento, siempre suscita de alejamiento (algo que puede resultar no solo un error, sino una injusticia).

La ausencia de palabras, entonces, no es el exacto equivalente a una falta de comunicación. Antes al contrario, la no presencia de palabras cuyo propio sonido ya atrae pero que, a su vez, pueden resultar engañosas o encubridoras, propicia el otro vehículo de comunicación, el de la expresión íntima, el gesto. Y éste, que por sí mismo tiene capacidad suficiente para llenar cualquier silencio, no solo se acredita en su disponibilidad evocadora y sugerente sino, también, establece de inmediato la necesidad de ese lenguaje silente, racional y reflexivo que le caracteriza y que, deshaciendo cualquier oropel innecesario, posibilita o favorece la comunicación directa y espiritual que le distingue.

Silencio y meditación. Silencio y emoción educada al amparo de la soledad. Silencio y sinceridad. Veamos hasta qué punto el silencio es convergente: cómo su cualidad es la de un río interior donde no es ostensible la presencia del agua pero sí garantía, tantas veces, de su existencia y pureza.

Silencio como disponibilidad ("amar es escuchar"); silencio como invitación al silencio, a la defensa ante el miedo Silencio como decisión desde la postura individual del que ve y siente la naturaleza, del que se sorprende significativamente ante los objetos, del que ama las palabras y los signos transitorios del vivir.

Y silencio como identidad. Lejos de cualquier intermediario que pueda resultar confundidor, el silencio, al establecer desde su significación unidad y espejo, constituye el paradigma de la definición, a la que se accede más desde los signos de la interpretación (lo que exige un comportamiento critico y reflexivo por parte del que juzga) que no de la fácil permisividad a la que pueden avocar las palabras.

El silencio establece y define los límites de la unidad, y ello, que actúa más como un valor ontológico antes que físico, consuma el valor del gesto obviando la intromisión de las palabras.

Estamos ante el hombre que guarda silencio y no podemos por menos de considerarnos, en parte, ante nosotros mismos, toda vez que su actitud resulta un algo descarnada, remitente a posturas graves y sinceras para el observador, para aquel que, atento como estaba a lo común y disimulador de las palabras, cae en la sorpresa de atenerse a una realidad evidente que, por tal, debería apartar de inmediato cualquier suspicacia.

El silencio humano, digamos como conclusión, lleva aparejado un cierto sentido religioso. De ahí que el silencio y el contenido formal trascendente vayan asociados para el entendimiento. Una distinción pues, una manera elegante de conformar el noble sentido de la soledad.

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