• Diario Digital | Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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La frase del escritor

Aquel que ha escrito: "en invierno, con el cielo frío y las manchas de nieve, las amables curvas de las colinas y del río parecen perder cuerpo y peso, se convierten en leves lineas de un diseño, una elegante malancolía heráldica" ('El Danubio', p.117) merece nuestra confianza y a él podremos entregar nuestros secretos de lector sin temor a que estos no sean bien guardados. Y es que solo un hombre que ha querido situar, no solo su cuerpo, sino también su espíritu, en el paisaje, es capaz de escribir así.

La frase del escritor

Sin duda sus atributos serán los de un fiel y elegante y discreto confidente, pues ha sabido hacernos llegar, sin conocernos, la vieja y sencilla emoción que todos hemos querido sentir ante un paisaje, pero no lo hemos hecho por miedo a no saber expresarnos. Ahora bien, él lo ha hecho por nosotros, y el buen lector solitario se siente tranquilo a sabiendas de que alguien ha hecho granar nuestra oculta sensibilidad en bellas palabras.

                        Cabría, no obstante, ir más allá, pues toda la obra de Claudio Magris, de hecho, constituye un regalo inapreciable para los sentidos. En primer lugar al oído, pues leerle es un ejercicio de pureza de los sonidos, tan bien y sencillamente elige las palabras de su pensamiento; pero también a la vista, por la sutileza y sencillez de su plástica expresión, por la virtud que encierran las cosas que mira, los paisajes que siente...Y a la vez para la inteligencia, en fin, por cuanto hay mucho de armonía aún en esos personajes semiocultos, tímidos, esquivos que ofrecen la cara de su duda antes que la de su felicidad, pero no por ello (acaso por su causa) poseen todo el componente humano que sería otorgable a un hombre, si bien atribulado, fiel a sí mismo y a la conciencia de que el tiempo será un aliado en favor del conocimiento, de la unidad, que es el germen de la belleza en las cosas.La frase del escritor

                        Claudio Magris patentiza a través de su pluma el fecundo desasosiego melancólico de quien ha de iniciar de inmediato una incierta busqueda en sí mismo luego de leerle. Búsqueda que es una catarsis y un bien. Donde no existe la violencia, la fealdad o el rencor; solo la grave diferencia de algo que ha de ser elegido para mostrar en un momento dado su unicidad libre, su significación, su presencia.

                        Su literatura, así, es benéfica como pudiera serlo la más acreditada medicina para los sentidos. Leer 'El Danubio' es viajar más allá, donde está el paisaje real, y más acá, por dentro, donde está la realidad de nosotros mismos. Leer 'Otro mar' (por citar, aquí, solo dos de sus obras) es comprender que la soledad se oculta bajo unos velos flotantes que una tarde cualquiera pueden llegar a posarse a la orilla del mar. "Por un momento es feliz, una felicidad que va y viene" (‘Otro mar’, p. 53).

                        Leerle es confirmar el tiempo, la realidad y la vida, y confirmarnos a la vez a nosotros mismos como referente y destinatario (de todo lo cual habremos de salir purificados) de un discurso tan alto como los árboles más verdaderos y tan necesario como el mar que nos acuna; tan grave como pueda exigirlo el hombrre que sufre y tan alegre como pudiera expresarlo una mujer feliz. Su discurso es, en buena medida, una ofrenda a la religión, a la naturaleza. O bien, lo que es lo mismo, su discurso parte del corazón del hombre y va dirigido, tal como no podía ser de otro modo, al corazón del hombre. Y en medio queda todo lo demás, todo lo equívoco y a la vez integrador: la mujer, el mar, la vaga certeza de esa soledad que con él se posa cada vez que uno de sus textos concluye en un punto final..

                        Su obra es una referencia vivificadora, alumbradora. Una compañía segura, al modo del regalo de un dia primaveral. Cabe decirlo (y vale la pena decirlo) cuando parece que la literatura propia de estos tiempos agrestes es como si vagara desasida de significación y a la vez exigente con la libertad del lector; cuando el texto escrito va descendiendo hacia un protagonista que no es sino un hombre casual, no eterno; cuando las pasiones han desmerecido de su alto y trágico contenido permaneciendo de ellas solo su cara peor, la violencia.

                        No. No a la farsa envaucadora de la literatura sin savia, inerte y fría, lejos del calor del hombre. Y sí a la gravedad armónica de ese texto que, habiendo anidado bien en el hondón del escritor, nos llega cargado de sentido hasta el viejo hogar de lector donde nos encontramos. Y donde permaneceremos a la espera, sonrientes acaso cuando llegue el noble hacedor que ha de alentar nuestro ánimo un tanto esquivo a causa de las desilusiones; él, muy probablemente, si bien de un modo nuevo, nos remitirá "a las curvas de las colinas y del río, tal que leves lineas de un diseño; una elegante melancolía heráldica".

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