• Diario Digital | Lunes, 18 de Diciembre de 2017
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Tiempo, clave del lector de poesía

Tiempo, clave del lector de poesía

A ese transformar según lo necesitado se le llama “malinterpretar”. Kant, para evitar tal vicio, ha avisado: “La razón humana es arquitectónica por su naturaleza, es decir, considera todos sus conocimientos como pertenecientes a un sistema posible”. Esa arquitectónica existe merced a las respuestas míticas causadas por las famosas preguntas antinómicas, cuestiones que indagan los límites del tiempo y del espacio, la simplicidad o composición de los objetos, las ideas de libertad y necesidad y la existencia de Dios.

El pecho del obrero fuerte que menciona Whitman es para quien cree en los límites políticos señal de superioridad racial, y los “ingenuos dibujos de un tapiz” que mienta Rimbaud son para quien cree en el alma francesa señal de la sensibilidad artística de Francia.

Es costumbre inventar analogías, metáforas, para enlazar conocimientos. Algunos afirman que la vida es como un barco y otros que es una rueda de la fortuna, con lo que quieren decir que vivir implica peligros tan grandes como los marítimos, simultáneos, o alzamientos y abajamientos impredecibles, sin causalidad visible.

Al enlazar, al hacer analogías, los griegos lo llamaban “hómoia”, homogeneizar. ¿Qué es homogeneizar? Es igualar o conocer mediante “correspondencias proporcionales”. Es mesurado, proporcional, verosímil, como diría Aristóteles, afirmar que el hombre ambicioso es un tiburón (extensión descendente, de humano a animal), pero no decir que el cabello de la campesina afanada es tan poderoso y dorado como los rayos del sol. Debajo de lo verosímil, placentero, o de lo desproporcionado, feo, está el tiempo, que se manifiesta como duración, simultaneidad o sucesión, según Kant.

Para mejorar la interpretación poética podemos preguntar qué significaba el tiempo en la vida (biografía, gran género hermenéutico) y en la época del poeta que leemos.

Sor Juana, con analogía de sucesión, escribió: “Si al imán de tus gracias, atractivo,/ sirve mi pecho de obediente acero”. Las gracias, imán, atraen, suceden al pecho, que es acero. ¿Pero qué duraba más en la mentalidad novohispana? El acero, para nosotros, de mentalidad cuasi científica, dura más, pero para un novohispano católico, religioso, tal vez dure más la gracia por ser don divino.

Garcilaso de la Vega, con analogía de duración, dijo: “Un rato se levanta mi esperanza”. La esperanza, con la fe y la caridad, es atributo del alma buena, que es eterna. ¿Sabemos cuánto tiempo era razonable esperar la dicha o el bien para un caballero renacentista? Nosotros esperamos la gloria, el éxito o la fama cinco o diez años, pero los caballeros del Renacimiento, tal vez, sabían esperar con más paciencia. ¿Ese “rato” representa un lustro o cuatro décadas?

Manuel Machado, con analogía de simultaneidad, canta: “Vino, sentimiento, guitarra y poesía/ hacen los cantares de la patria mía”. El vino que transforma, la guitarra que consuela, el sentir que vivifica y la poesía que anima, al mismo tiempo, constituyen a Andalucía. ¿Dura más para el andaluz de los años machadianos la embriaguez que la música y el dolor que el placer? ¿No dijo Ortega que para el español es la vida un dolor de muelas y para el parisino un gozar burgués?

Preguntar por el tiempo al leer poesía reordena las categorías gramaticales con que pensamos, que son aristotélicas. De acuerdo a nuestra lógica, de la sustancia, eso por lo que preguntamos siempre primero, inferimos tiempo y lugar, cantidad y cualidad, etc. Pero preguntando primero por el tiempo, por el discurrir de las horas, la substancia es sólo lo que resulta del padecer, del poseer, del amar, etc.

El mucho leer poesía, que es antilógica, esto es, contraria al pensamiento cotidiano y científico, ilumina la “estructura de la vitalidad anímica” (Dilthey) de nuestro ser. La gente, por costumbre, se alegra o se constriñe ante lo que se cualifica con palabras políticas de “alegre” o “triste”. Pero al frecuentar la poesía, que es arte de poner delante el tiempo y atrás el espacio, de trazar y diferir (Derrida) cosas con movimientos, comprendemos mejor nuestra alma o psique. ¿No halló Heidegger en la poesía gran explicación del tiempo?

Preguntando primero por el tiempo descubrimos, por ejemplo, que nos place más lo durable, lo sólido, que lo sucesivo, móvil, o que lo simultáneo, florido. Ese hipotético placer es sustentado por ciertas “intuiciones psicológico-históricas”, diría Dilthey.

¿La madre del mexicano, que representa algo durable, extrajo su perdurabilidad del símbolo de la Virgen María, que fue sobrepuesto sobre el de Tonantzin, que es esquema del tiempo? ¿La madres mexicanas, luego, reniegan de toda mutación cultural para seguir siendo representación de lo eterno?

La Historia del Tiempo nos habilitará para leer poesía sin malinterpretar excesivamente, es decir, sin alargar voces, sin cortar simbologías, sin multiplicar valores, sin sistematizar. La poesía sistemática, de arquitecto, no es poesía, sino una “máquina que al compás que se mueve hace ruido”, a decir de Bécquer.–

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