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"Deng Xiaoping y el comienzo de la China actual (Recuerdos de un testigo)" de Felipe de la Morena Calvet

Editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2016

A través de una sucesión dinámica de experiencias vivenciales, en las que no se aparta de la ortodoxia académica, Felipe de la Morena nos ofrece el perfil principalmente político y económico de la China gobernada por Deng Xiaoping, relacionándola y comparándola tanto con la actual como con aquélla que heredó de Mao Zedong. Su fascinación por el gigante asiático se remontaba a mucho antes de ser designado embajador allí en 1978, lo cual se observa en la narración dinámica de acontecimientos como la guerra civil china (nacionalistas vs comunistas) o la “revolución cultural”.

"Deng Xiaoping y el comienzo de la China actual (Recuerdos de un testigo)" de Felipe de la Morena Calvet

La obra se vertebra alrededor de la figura de Deng Xiaoping, el gran modernizador de China, una personalidad escasamente permeable, fenómeno que el autor corroboró en primera persona. Asimismo, De la Morena recurre en numerosas ocasiones a la comparación para reflejar el alcance de las reformas implementadas por el protagonista de su libro. Se trata de una técnica oportuna puesto que permite que el lector adquiera pleno conocimiento del negativo legado que recibió de Mao en forma de atraso económico, pobreza (renta per cápita de 217 dólares), elevados niveles de analfabetismo y desprecio por los derechos humanos.

En consecuencia, el libro también ofrece un excelente análisis de la figura de Mao y de su estrategia de gobierno basada ésta en el mantra “destruir para construir una nueva China”. ¿Resultado? Culto a la personalidad y Estado policial; expulsión de extranjeros; persecución de las comunidades religiosas; colectivización de las tierras, falseamiento de las estadísticas y hambrunas permanentes. Como se deduce, nada diferente a la herencia que cualquier dictadura comunista ha dejado en otros lugares del planeta.

El primer gran acierto que cabe imputar en el haber del protagonista de la obra alude a su realismo, en función del cual admitió que “el sistema” era inoperante. Dicho con otras palabras: si China aspiraba a dejar atrás la pobreza y a equipararse con el resto de naciones desarrolladas resultaba obligatorio olvidar la doctrina económica marxista-leninista e introducir la economía de mercado (p. 15), si bien en ésta en ningún caso estuvo vinculada a un objetivo de mayor envergadura como finiquitar la hegemonía del Partido Comunista. Por el contrario, la citada formación aumentó su influencia: “el Partido tenía que ser la única autoridad en el Estado con capacidad decisoria total, a fin de mantener la cohesión del país, que tanto preocupaba a Deng” (p.109).

Mediante este modus operandi, tan pragmático como realista, Deng Xiaoping tranquilizó al núcleo duro del Maoísmo, no permitiendo ataques a la figura del “Gran Timonel” y descartó la introducción de la “democracia burguesa”. Desde su perspectiva: “el desarrollo chino no debía conducir a una pretensión hegemónica sino a una consolidación del bienestar del pueblo chino” (p.130-131). La desaparición de la URSS en 1991 le demostró lo acertado de su pensamiento.

En cuanto a las reformas económicas, sobresalieron las “cuatro modernizaciones” que, si bien se atribuyen a Deng Xiaoping, ya en 1964 Zhu Enlai las formuló y en 1977 Hua Guofeng las retomó: agricultura, industria, ciencia y tecnología y defensa. La apertura al exterior era fundamental ya que atraería tecnología e inversiones. Gradualmente se fue consiguiendo este objetivo (por ejemplo, en 1980 se produjo la incorporación de China al FMI y al Banco Mundial; asimismo, se fomentaron los viajes de estudiantes a Estados Unidos).

Sin embargo, como ocurriera durante buena parte del gobierno de Mao, el temor a la URSS influyó en la agenda de relaciones internacionales de China. Al respecto, Deng Xiaoping denunció lo que consideraba ambiciones hegemónicas de Moscú obrando aquél en consecuencia: fortaleció la ASEAN y el eurocomunismo, abandonó a sus antiguos aliados y consolidó alianzas sólidas con dictaduras de derechas como Chile y Pakistán. Todo ello respondía a que bajo su punto de vista, la Unión Soviética “practicaba una política imperialista y agresiva, heredada de los antiguos Zares, con sus divisiones y sus misiles dirigidos contra China” (p.211).

Con todo ello, y a pesar de los déficits democráticos tangibles, el crecimiento de China se hizo realidad. Este hecho, como bien advierte el autor a lo largo de la obra, no excluye la persistencia de una serie de interrogantes a los que Pekín debe dar una respuesta satisfactoria en el corto plazo: el déficit de materias primas, la contaminación, su débil sistema bancario y financiero, la migración del campo a la ciudad o la aparición/consolidación del fenómeno de la corrupción.

Igualmente, pese a los avances, la maquinaria propagandística y represiva contra quienes demandaban cambios políticos ni se detuvo entonces ni se ha paralizado en la actualidad. En este sentido, Felipe de la Morena subraya que una democracia a la manera occidental no aparece por ahora visible en el horizonte (p.251). Dicho con otras palabras: en la dialéctica libertad vs orden, los líderes chinos se decantan por la segunda opción. Esta alternativa es plenamente compatible con mantener intacto el modus operandi que guió a Deng Xiaoping en lo relativo a las relaciones exteriores: cooperación y no confrontación.

En definitiva, un libro excelente, bien escrito y de obligada consulta para quienes se dediquen a disciplinas como la economía, la ciencia política o la historia. Felipe de la Morena refrenda el rol de Deng Xiaoping sin caer en la ambigüedad o en la condescendencia. Su conocimiento del objeto de estudio le permite un análisis sosegado del que se deben extraer lecciones que afectan esencialmente a la forma de relacionarse de China y con China.

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