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NUEVA TRIBUNA

La oposición al zarismo: el populismo ruso

La oposición política radical en la Rusia zarista del siglo XIX estuvo constituida por diversos grupos, aunque compartían un conjunto de idas, dentro de lo que se conoce como el populismo ruso.

Las ideas del populismo partían de la convicción de que el pueblo ruso llegaría al socialismo a través de un camino propio y distinto al occidental. La oposición era consciente que la situación económica y social rusa, sin olvidar la política, era muy distinta de la europea. Casi no había burguesía y la mayoría de la población era campesina, aunque estaba surgiendo un incipiente proletariado gracias a las primeras industrias del peculiar proceso de industrialización ruso. Pero, además, los populistas habían analizado los distintos procesos revolucionarios europeos de la primera mitad del siglo y habían comprobado que conducían al triunfo de la burguesía y a su consolidación en el poder. El campesinado debía ser el protagonista del proceso revolucionario y no solamente porque era la mayoría de la población, sino porque tenía un espíritu o sentido comunitario que se habría desarrollado en los mir, es decir, las comunidades campesinas. Se podría construir una sociedad nueva sin tener que pasar por la fase capitalista y burguesa. El movimiento populista fue cobrando fuerza, incluyendo a algunos pensadores que luego evolucionaron hacia otras tendencias, como Bakunin, que conservó en su anarquismo algunas influencias del populismo.

En el año 1862 surgió, al calor del malestar social y la constante represión, la organización Tierra y Libertad. Al año siguiente, Chernichevski publicó una novela fundamental, ¿Qué hacer?, de gran influencia en los ámbitos intelectuales progresistas rusos. El autor defendía claramente el protagonismo campesino. Los mir eran potencialmente revolucionarios. También pensaba que debía emplearse la violencia, algo que le separaba de otro pensador muy importante de este momento, Herzen. El populismo alcanzó una especie de mayoría de edad gracias a Chernichevski pero, también a Mijailovski y Vorontsov, porque incorporaron al movimiento algunas cuestiones del pensamiento marxista, especialmente la situación de las clases populares en la fase de acumulación primitiva del capital y la crítica al liberalismo burgués. Chernichevski sufrió una condena de trabajos forzados y fue deportado.

En la década de los años setenta el populismo se empleó en la conocida como “Marcha al pueblo”, un intento de acercamiento a las clases populares para elevar su cultura pero, sobre todo, fomentar su conciencia revolucionaria. Este empeño movilizó a muchos jóvenes estudiantes y la represión zarista se cebó en ellos. Eran los narodniki, o populistas, porque narod es pueblo.

De forma paralela al trabajo de los narodniki, se intentó fomentar la movilización insurreccional y la organización de comunas siguiendo lo propuesto desde Tierra y Libertad. Pero esta organización terminó por dividirse en dos grupos. El mayoritario se llamó Voluntad del Pueblo, que optó por la práctica de los atentados terroristas contra destacados políticos y altos funcionarios. Su principal acción fue el atentado que llevó a la muerte al zar Alejandro II en 1881. El grupo minoritario, llamado Reparto Negro, siguió la tarea de los narodniki de concienciación y movilización campesinas.

Pero la estrategia del terrorismo no consiguió crear las condiciones para que estallara la revolución y el populismo entró en crisis. La muerte del zar no fue entendida como un acto de liberación por los campesinos. En el campo cundió una interpretación muy distinta de la deseada por los defensores del terrorismo. Muchos campesinos consideraron que el asesinato había sido obra de nobles descontentos por la abolición de la servidumbre. Tenemos que tener en cuenta la fuerza de siglos del paternalismo zarista sobre los campesinos y la conformación de una mentalidad arcaica, cimentada por la Iglesia Ortodoxa, que no había podido ser modificada por el movimiento de los narodniki. El zar seguía siendo el “padrecito” de su pueblo. Por fin, la fuerte represión del nuevo zar, Alejandro III, en contra todo tipo de oposición, precipitó aún más la crisis del populismo.

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