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Las hilanderas
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Las hilanderas

Las Hilanderas (la mujer de nácar)

El hombre buscaba en el cuadro.

Un cuadro que, para él, poseía una secreta armonía y, a la vez, era tan próximo a la realidad, tan naturalista.

Velázquez había pintado ese cuadro, Las Hilanderas. Y aunque representase una época anterior, (el lejano siglo XVII; otro mundo, otra realidad) se desprendía de él casi una necesidad de encontrar, de hallar un vínculo con la realidad más próxima, más inmediata. El observador, necesariamente, propendía a caer en la tentación de darle vida, si no al tema en general, algo imposible, sí a un detalle, al matiz que le hiciese íntimo en el tiempo, diluyendo así la distancia entre su siglo y el nuestro.

Claro que para ello, pensó, el nexo habría de venir no tanto del detalle material (afectado también, necesariamente, por el paso del tiempo) como por un matiz significante, emocional, que se derivase de su contenido, que le hiciese expresivo por su emotividad (cualidad sobre la que el tiempo transcurre de un modo distinto al natural)
La sugerencia del querer observar así le venía de una especial concepción didáctica que tenía su profesor de arte, y que él todavía recordaba. “Habéis de hacer tangible, verdadera, toda representación pictórica. Así llegará a significar para vosotros algo más que un conjunto de colores. Adquirirá la condición de algo vivo, algo que siente y respira. Intentadlo, por favor, intentadlo siempre.

Seguro que el pintor, aunque lejano ya, quería decir eso, quería deciros eso a cada uno de vosotros” Y él musitaba para sus adentros estas palabras cada vez que acudía a un museo.

Recordaba, también, esa mañana de primavera en que se había encaminado hacia el museo, que un compañero había sugerido algo en el cuadro como en desorden, como dejado al desgaire. Se trataba de observar, pues, de analizar, de escrutar amparado en el silencio (y el cariño por la pintura).

Sin acertar a justificarlo del todo, su mirada se detuvo en las dos mujeres que ocupan el ángulo inferior derecho. Absortas, la una en el hacer y la otra en el observar, hay, en efecto, algo como que se queda suspendido en el aire y que invita a una consideración más detallada de la escena.

Y fue así que en el desorden que lleva el trajinar con los hilos en la escena, en esa labor que es muy cuidadosamente material pero también tiene mucho de poética (en esos sitios suelen nacer, también, los pensamientos de amores) ahí había un vínculo con el momento presente. Un vínculo no perdido, en esos escenarios no se pierde nada; digamos que extraviado. Y, ¿dónde estaba?

Perpetuó con ahínco el mirar (el pensar), con voluntad entusiasta y sentido agudo el joven investigador, cuando… halló la luz. El efecto, el detalle, lo significativo no provenía de arriba, de ángulo. No se trataba de tratamiento material alguno. No. El caso es que no provenía de lugar alguno y a la vez estaba ahí. Se olvidó un momento; miró, distraído, al soslayo donde dio con el rostro de una joven muy hermosa de un mirar-pensar casi furtivo, y retomó el cuadro. No era una traición de sus sentidos; estaba ahí…

El matiz lo halló no en la mano técnica, en el proceder material. No era el grado de luz ni el escorzo de la joven que espera con el hilo suspendido en la mano. Provenía de la callada tristeza (¿esa supuesta añoranza de amor?) de la hilandera distraída, la que mira y no mira. Ese fulgor interior, intenso y vívido, daba algo así como una luz añadida al hilo tensado que, en ese momento, pasaba delante de sus ojos.

Sí, se trata de la mujer de nácar, la de la derecha en primer plano. El hilo está abajo, oculto en parte en el ovillo, oculto en parte como casi todo que afecta a hombre y mujer…
El observador del cuadro, al fin, lo advirtió. Y lo pensó, dando presente al cuadro.

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