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Juan Pedro Cosano
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Juan Pedro Cosano (Foto: Javier Oliaga)

Entrevista a Juan Pedro Cosano, autor de “Las monedas de los 24”

"La justicia del siglo XXI sigue siendo muy parecida a la del siglo XVIII"

Juan Pedro Cosano desde que ganó el Premio Abogados de Novela con “El abogado de pobres” se convirtió en un autor muy mediático y reconocido. Con el protagonista de esa novela, Pedro de Alemán, lleva tres novelas publicadas, “Las monedas de los 24” es la última. A medio camino entre la novela histórica y la policíaca, el autor jerezano se mueve como pez en el agua.

Juan Pedro Cosano
Juan Pedro Cosano (Foto: Javier Oliaga)

Jerez de la Frontera es un protagonista más de sus novelas, en la anterior “La fuente de oro”, recreó el mundo de las bodegas de uno de los vinos de nuestro país más exportables. Cuando habla Juan Pedro Cosano lo hace con pasión y sentimiento y si es de su tierra y de su profesión, mucho más. Este abogado que dedica sus ratos de ocio a la escritura se ha convertido en el cronista oficial de su ciudad, que si ya era conocida, gracias a él va adquirir rango de leyenda. En la entrevista nos desvela algunos de los misterios de su nueva obra y, como siempre, lo hace con razones y con mucho apasionamiento.

Las monedas de los 24” es la tercera que tiene como protagonista a Pedro de Alemán. ¿Es ya un personaje pegado a su piel?
Es un personaje sobre el que me es muy fácil escribir: está lleno de matices, es imperfecto, está colmado de claroscuros y, tal vez por eso, da mucho juego. Es, además, un personaje que ha calado entre miles de lectores. Me siento muy cómodo al tenerlo tan cerca mía.

¿Podría explicarnos a los legos que son los 24?
Eran, para que todos nos entendamos, los concejales de la época en muchas ciudades andaluzas. En el caso de Jerez, que tenía estatuto de nobleza, todos eran aristócratas de rancios linajes. Ejercían el poder municipal bajo la sombra del corregidor, el representante real en los cabildos de las ciudades.

Sus últimas cuatro novela transcurren en Jerez de la Frontera. Está decidido a ser el cronista jurídico de su ciudad.
Escribir sobre lo que se conoce facilita mucho las cosas, es cierto. Pero mis dos primeras novelas (Hispania y Las muertes pequeñas) no discurrían en Jerez. Y la próxima, una novela negra ambientada en el mundo del periodismo, tampoco.

Además, se recrea en las calles de su ciudad y las describe con todo lujo de detalles. ¿Le gusta transmitir su pasión por Jerez?
¿Quién no tiene pasión por su terruño? Pues claro. Jerez es, además, una ciudad adorable, asediada por múltiples problemas, es cierto, pero con una calidad de vida que se tiene en muy pocas partes del mundo. Y lo que me pasa a mí les pasa a muchas otras personas: son cientos los forasteros que una vez vinieron de visita a Jerez y se han quedado para siempre.

¿Va a sacar, en un futuro, a Pedro de Alemán de su ciudad?
Ya en la segunda entrega, “Llamé al cielo y no me oyó”, llevé a Sevilla al abogado de pobres, a una apelación ante la Real Audiencia de los Grados. ¿Quién sabe? A lo mejor, en próximas aventuras lo vemos en la Villa y Corte. Podría ser.

Su protagonista y usted son abogados. ¿Qué rasgos ha cogido de usted del abogado de pobres?
En lo humano y lo físico, muy pocos, por no decir ninguno. Pedro de Alemán es un tipo más guapo y más inteligente que yo, y más profundo y sensible también. Pero en lo jurídico, sí, es inevitable. Su forma de exponer los informes, de interrogar, de comportarse en juicio, de preparar estrategias… es mía, sin lugar a dudas. Para lo bueno y para lo malo.

Y usted, ¿qué características desearía adquirir de Pedro de Alemán?
Su lucha por la decencia. Es encomiable. Su pelea por sobreponerse a sus pasiones y vencerlas.

¿Le gusta reflejar la escenografía judicial de la época? ¿Cree que podemos aprender algo de ello?
Me encanta la solemnidad de los juicios de entonces, el lenguaje jurídico, los escritos forenses, las providencias y autos… He encontrado en una biblioteca virtual una joya: La “Práctica judicial forense de los tribunales de España y de las Indias”, de Francisco Antonio Elizondo. Todo abogado debiera leerla. Y verá que la abogacía, sin cultura, es una técnica estéril. Qué lástima que la conceptuación del abogado como humanista se haya perdido.

En la novela hemos podido observar una cierta crítica hacia la justicia. ¿Se siguen teniendo los mismos males actualmente que los que relata?
Aunque parezca mentira, es tres siglos no hemos avanzado demasiado. Lo hemos hecho en la defensa de los derechos humanos, pero males de entonces siguen vivos hoy: las dos varas de medir, el diferente acceso para ricos y pobres, la premiosidad de los trámites, la desigualdad de las partes en el proceso. Quien lea mis novelas verá que la justicia del siglo XXI sigue siendo muy parecida a la del XVIII.

En la novela nos encontramos con muchos fallos de la Justicia y una falta absoluta de misericordia hacia los reos. Eso hace al protagonista un tanto descreído y crítico sobre su profesión. ¿Debemos creer en la imparcialidad de la Justicia?
La justicia es impartida por hombres y, por tanto, en cuanto que el hombre es esencialmente falible, es imperfecta. Debemos creer en la voluntad de la justicia, pero no en la Justicia en sí.

¿La situación ha cambiado?
Seguimos igual que entonces. Sigue habiendo leyes injustas, en cuanto que los conceptos “ley” y “justicia” no son sinónimos. Siguen existiendo errores judiciales. Siguen existiendo en la justicia diferentes ópticas con las que se contemplan a los justiciables.

También, nos encontramos a un protagonista que además de abogado se convierte en un investigador, casi un detective del siglo XVIII. ¿Por qué le ha hecho adoptar un papel así? ¿Era su lógica evolución?
Creo que en las anteriores entregas, Pedro de Alemán también se veía forzado a realizar actividades detectivescas. La diferencia entre esta novela y las otras es que, en las primeras, el lector conocía el desenlace desde el principio, y el interés residía en ver cómo Pedro de Alemán alcanzaba el mismo conocimiento que el lector. En “Las monedas de los 24”, el desenlace es a lo Perry Mason. Hasta las últimas páginas y el último juicio, el lector no va a saber la verdad de lo acontecido.

Seguimos viendo que su lenguaje se adapta muy bien al de la época. ¿Cree que es interesante hacerlo así?
Procuro que el lenguaje destile un aroma dieciochesco, clásico. Pero también intento no abusar de los culteranismos. Y creo que el resultado es una obra de fácil lectura pero en la que el lector se va a encontrar con palabras eufónicas que jamás deberían perderse.

¿Le ha costado reproducir ese estilo?
Me ha costado no abusar de las palabras añejas, pero, por lo demás, el tono de la narración de las novelas de Pedro de Alemán se me hace muy fácil y muy cómodo.

¡Voto a bríos! que sus personajes no paran de maldecir. ¿Era usual en la época? ¿Era costumbre hacerlo así?
Creo que sí. Los juramentos aún eran habituales en el XVIII. Y ayudan a darle a la narración ese perfume clásico del que antes hablaba.

¿Tendremos abogado de pobres para mucho tiempo?
Dependerá del lector y de la editorial, por supuesto. Pero en mi mente ya pulula una cuarta entrega: el enfrentamiento final entre Pedro de Alemán, nuestro abogado de pobres, y el marqués de Gibalbín. Creo que se lo debo al lector.

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