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Dolores Etchecopar: “Escuchar a Marosa di Giorgio fue para mí ‘un antes y un después’”

Dolores Etchecopar: “Escuchar a Marosa di Giorgio fue para mí ‘un antes y un después’”

sábado 30 de junio de 2018, 01:00h

Dolores Etchecopar nació el 4 de julio de 1956 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Cursó estudios de filosofía en la Universidad de Ginebra (Suiza). Fundó y coordinó los Ciclos “El Pez Que Habla” y “Santo Cielo”. 

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Dirige “Hilos Editora”.  Obtuvo la Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) en 1989. En 1998 apareció el volumen ensayístico “El pensamiento mágico-sagrado de Dolores Etchecopar” de Ruth Fernández (Editorial Nueva Generación). Fue incluida, entre otras antologías, en “Se miran, se presienten, se desean. El erotismo en la poesía argentina” (con selección y prólogo de Rodolfo Alonso, Ameghino Editora, 1997), “70 poetas argentinos” ((1970-1994) con selección de Antonio Aliberti), “Poesía argentina de fin de siglo” (Tomo IV, Editorial Vinciguerra), “Unidad variable, Bolivia-Argentina. Poesía actual” (con selección de Laura Raquel Martínez, en Bolivia, 2011) y “200 años de poesía argentina” (con selección de Jorge Monteleone, Editorial Alfaguara, 2010). Poemas suyos fueron traducidos al francés, inglés y portugués. Entre 1982 y 2010 publicó los poemarios “Su voz en la mía”, “La tañedora”, “El atavío”, “Notas salvajes”, “Canción del precipicio” (1989-1993) y “El comienzo”. La Editorial Ruinas Circulares dio a conocer en 2012 una antología de su poesía: “Oscuro alfabeto” (con selección y prólogo de Enrique Solinas).

 

          La condición de diplomático de tu padre produjo, por así decir, que tu infancia y adolescencia transcurrieran en países de Latinoamérica y Europa.

          No quisiera armar una cronología estática porque rehúyo vivir en un tiempo fechado. Pero sí puedo decir que a los dos años viajé a Estocolmo (Suecia) y los aproximadamente dos años vividos allí fueron de los más decisivos de mi vida. Guardo imágenes muy vívidas de la casa, la escalera, del crujido de sus pisos de madera, de Emma Brisa, una yugoslava que me cuidaba, de mi madre que escribía cuentos ilustrados por ella  —yo corría cada mañana a preguntarle cómo seguían—, de la nieve por la que me deslizaba con un trineo y del bosque que se veía desde la ventana. Cuando escribo procuro que las cosas lleguen a mis sentidos como lo hacían en esos días en que eran presencias que maravillaban, libres aún de los significados que opacan la percepción del mundo. Después vinieron años más oscuros. Pasábamos un tiempo en Buenos Aires y volvíamos a partir. Viví el desarraigo, las despedidas, la impronta de lo extraño. Poco recuerdo de mi estadía en Lima. El impacto de México sigue obrando en mí, Bogotá en mi pre-adolescencia también dejó rastros entrañables. Fue importante para mí vivir en otros países latinoamericanos, respiré sus atmósferas, otros colores y otra cadencia del idioma compartido, que también se trasladaron a mi poesía. A los quince años estuve de nuevo en Europa, en Berna (Suiza) y de allí volví a la Argentina donde terminé la escuela secundaria. Luego volví a Suiza, pero esta vez sin mi familia: fui a estudiar filosofía en la Universidad de Ginebra. Me faltaba un año para terminar la carrera cuando volví a Buenos Aires, donde algunos poemas míos comenzaron a salir aquí y allá, en suplementos, revistas, etc.,  y publiqué mi primer libro.

 

           Tu madre ilustraba sus cuentos y de vos se han reproducido en la Red dibujos a la tinta siendo presentada como artista visual. ¿Expusiste en muestras individuales o colectivas?

          Sí, mi madre dibujaba y tejía tapices. Creo que ella me transmitió la poesía sin darse cuenta. Durante mucho tiempo pensé que la poesía me había llegado a través de la gran biblioteca de mi padre que era un lector hedonista y empedernido, pero actualmente intuyo que su transmisión vino por cauces más invisibles que tenían que ver con esa secreta concentración que mi madre dedicaba al dibujo y a los tapices. Y lo advertí al conectarme yo con el dibujo y la pintura, aunque en mi caso es una actividad marginal, puramente lúdica, no ocupa el lugar central que doy a la escritura. No sería serio de mi parte hacer muestras ni ningún gran movimiento hacia el mundo con mis dibujos y pinturas, dado que es algo a lo que no me dedico sino que lo practico esporádicamente por puro gusto, quizá una manera de continuar el secreto materno, mínimas puntadas en las tapas negras de los libros de hilos editora, como figuritas de un pequeño teatro de cartón.   

 

          Tu padre, Máximo Etchecopar, además de haber publicado el poemario “Breve y varia lección”, entre otros volúmenes ensayísticos dio a conocer “Lugones o la veracidad”, “Esquema de la Argentina”, “Con mi generación”, “El fin del Nuevo Mundo: sobre la independencia de los pueblos americanos” e “Historia de una afición a leer” (en la edición de Editorial Universitaria de Buenos Aires, se añade en la tapa: “Ortega, nuestro amigo”). Y el amigo mentado es el filósofo español José Ortega y Gasset, fallecido un año antes de que vos nacieras. Establezco así mi invitación, Dolores, a que nos hables de tu padre escritor y de lo que a vos te halla llegado de la amistad entre él y Ortega.

          “Breve y varia lección” es un libro de aforismos. Mi padre era un lector fervoroso de poesía pero de su autoría solo editó prosa. Su amistad con Ortega y Gasset representó para él, creo yo, el encuentro más decisivo de su vida. Ortega distinguió la mirada de mi padre en medio de una multitud de personas que habían ido a escuchar una de sus conferencias, y a partir de allí empezó una amistad entrañable. Mi padre era muy joven por entonces, estaba más cerca de los veinte que de los treinta años; salir a caminar con Ortega todos los días que duró su estadía en Buenos Aires, fue una iniciación al pensamiento, a la manera de los discípulos de Sócrates que también pensaban conversando y caminando. En reiteradas oportunidades me volvía a contar la diferencia abismal que él había experimentado entre el acceso fulgurante, instantáneo, al fluir del pensamiento de Ortega, y el de otros intelectuales que tuvo ocasión de frecuentar. Fue un deslumbramiento para él que se prolongó  a lo largo de toda su vida, hizo que  su propio pensamiento diera un giro radical hacia un pensamiento historicista. También Ortega, que era un filósofo que escribía con la elegancia de un literato, reunió en mi padre su afición por la literatura y por la filosofía.

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          ¿Has recibido cartas que atesores?

          Sí, cartas entrañables de poetas muy admirados como René Char (la tinta se está desvaneciendo por haber estado expuesta a la luz durante mucho tiempo), Humberto Díaz Casanueva, Edgar Bayley, entre muchas otras; celebro que me hayan tocado años en los que el mundo virtual todavía no había abolido las cartas!

 

          Algún indicio en Internet me dio a entender que conociste personalmente a la escritora uruguaya Marosa di Giorgio (1932-2004).

          Cuando conocí a Marosa, en una lectura que hizo en Buenos Aires, la primera vez que vino, fue un antes y un después. Escucharla fue sentir que se abrían todas juntas las puertas de la poesía, era asistir al sueño despierto de una voz intemporal que se colaba por los poros de la lengua, sin barreras, sin censuras, pura eclosión de la inagotable infancia del lenguaje traída al centro de la escucha por la delicada fiereza hipnótica de Marosa, con quien me crucé pocas veces; me hubiera gustado ir a sus tertulias en la mítica confitería de Montevideo, pero no pudo ser. Apenas la frecuenté, después de los recitales, en algún bar donde ella se mantenía hierática y tersa. Me llegaron sus palabras en una postal cuando leyó un libro que le envié; era sumamente gentil e inasible fuera del círculo encantado de su voz. 

 

          Pasiones y entusiasmos. ¿Dirías que has ido pudiendo, en general, distinguirlos y entregarte a ellos acorde a la gravitación?

          Sí, eso creo. Pasión y entusiasmo me depara la poesía, que también está en cierto cine, en cierto teatro, en algunos cuadros y esculturas, en cierta danza, en cierta música y también en dominios que no son del arte, como en los encuentros que nos dan alegría y nos rescatan de la inmovilidad de nuestras costumbres sentimentales y de pensamiento. Momentos de contemplación de ciertos instantes de un paisaje también son de la poesía. La lectura es una de mis pasiones. Me entusiasman algunos espacios habitados de  las ciudades antiguas, de algunas casas, las librerías de librero, los bares antiguos, algunas calles. Hay objetos que me entusiasman también, por lo que sugieren, marionetas, cajas, fotos, estampas, juguetes antiguos, relojes de arena, lupas, los libros, los lápices y los cuadernos, los diccionarios, los cuentos infantiles ilustrados, etc.

 

          En la novela “El hombre duplicado” de José Saramago, me detengo acá: “Eso que cierta literatura perezosa ha llamado durante mucho tiempo silencio elocuente no existe, los silencios elocuentes son sólo palabras que se quedan atravesadas en la garganta, palabras engastadas que no han podido escapar de la angostura de la glotis.” ¿Comentarías, vincularías…?

          Dicho así, despectivamente, como lo hace Saramago (no leí “El hombre duplicado”), “silencios elocuentes” suena a retórico, a falso, y… sí, las palabras se prestan para todo tipo de usos. Pero hay otro silencio, el que habita la poesía, que no es “elocuente”, sino todo lo contrario, un silencio vacío de significado que permite que el poema irradie muchos sentidos, uno o varios en cada lector. Es el silencio que salva al poema del poeta, de los saberes que lo llevan a querer utilizar el poema para informar sobre algo que él ya tiene cocinado de antemano en su mente. Cuando es así el poema resulta un mal poema, uno que nace muerto, porque dice únicamente lo que dice, no abre un espacio radiante, necesario para la comunión entre un poema y su lector. El silencio es tan intrínseco y necesario al poema como las palabras. El silencio del poema nos garantiza que estamos siendo invitados al misterio del mundo, a contactar con aquello que abisma el lenguaje y nos deja sin habla pero en comunión con el misterio en el que estamos inmersos.

 

          ¿Con qué autores —de renombre— “no te pasa nada”? Y por extensión, ¿con qué directores cinematográficos, con qué artistas plásticos?

          Es aventurado proclamar de una vez por todas con qué autores de renombre “no me pasa nada”. Me ha sucedido que en ciertas etapas no me decían nada determinados autores que más tarde sí me hablaron, porque yo estaba preparada para escucharlos. Hay otros autores que ni siquiera llegué a leer porque imaginé que no me pasaría nada con ellos. Puedo decir que en términos generales no me pasa nada con los autores en los que predomina una intención didáctica, una militancia exterior a la escritura, con los moralistas, con los que hacen de la trivialidad auto-referencial una cruzada anti-lírica, con muchos narradores que no ocasionan una experiencia de la escritura misma, que solo apuestan a lo argumental. Resulta más fácil nombrar a artistas destacados de otros campos: no me pasa casi nada con pintores como Fernando Botero, Dalí, cierto Picasso, Marinetti y otros pintores futuristas; los directores de cine Greenaway y Chabrol tampoco me han interesado, para nombrar dos representantes del cine de autor que es el que prefiero.

 

          ¿Qué opinás del pasado?

          ¡Qué enorme pregunta! ¿Cómo contestar a eso? No tengo una vivencia estática del pasado, como si fuera un lugar de escenas cristalizadas en el tiempo, sino como algo que se mueve conmigo, que cambia y se actualiza según lo que voy pudiendo destilar. No me llama volver al pasado si éste no modifica mi presente y se modifica en él. Creo que todos los tiempos confluyen en el presente que es donde operamos, vivimos, escribimos…; lo que no sigue sucediendo con nosotros son interpretaciones que inmovilizan nuestras almas.

 

          ¿Rol que cumple la literatura en la actualidad?

          Yo diferencio literatura de poesía, y prefiero hablar de esta última. El rol de la poesía en el mundo actual sigue siendo despertar al lenguaje que nos atraviesa día a día, lastrado y opacado por los discursos de los poderes dominantes que capturan nuestro espíritu, nuestras emociones y nuestro pensamiento, esterilizando la soledad de cada ser humano. La poesía nos recuerda que nada nos pertenece, que somos vulnerables a lo inconmensurable, que pretender apoderarnos de los significados nos empobrece y nos aísla, que hay un hambre que es del alma, que somos creadores de mundos, que cada uno de nosotros es impar, único, por eso la voz para llegar a otro tiene que volverse singular, para no quedar presa en la jaula del ego. La poesía requiere de lectores dispuestos a una entrega activa, a salirse de las velocidades alienantes del sistema para experimentar otra duración, otra percepción del mundo.

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          Jorge Luis Borges en su prólogo a la “Antología Poética” de Leopoldo Lugones afirma: “La presencia de Hugo es evidente en ‘Las Montañas del Oro’; la de Albert Samain, poeta menor, en ‘Los crepúsculos del jardín’; la de Laforgue, en el ‘Lunario sentimental’”. Y más adelante sigue: “Dos altos poetas americanos, Ramón López Velarde y Ezequiel Martínez Estrada, heredaron y trabajaron su estilo [el de Lugones], más afín a ellos que a él.” ¿Qué presencias o herencias dirías que pudieran advertirse en tu poética?

          Tuve muchas influencias a lo largo de mi vida. Rimbaud, Federico García Lorca, César Vallejo, Jacobo Fijman, Héctor Viel Temperley, Paul Celan, Ungaretti, Michaux, Francisco Madariaga, Mark Strand, para nombrar solo a algunos de ellos (a los que sumaría influencias de otros lenguajes, como el cine de Andréi Tarkovski y el teatro de Tadeuz Kantor). No sé si la presencia de estos poetas puede registrarse en mis poemas en un sentido tan taxativo como lo plantea Borges para los autores que destaca, pero en ellos ciertamente encontré revelaciones fulgurantes y propiciatorias para escribir.

 

          “Obras narrativas”, “Ejercicios estilísticos”, “Modelos de orquestación literaria”, “Literatura sincopada y ‘pura’”, son expresiones con las que a veces se definen o presentan ciertos textos de, por ejemplo, Peter Weiss y Samuel Beckett. ¿Algún comentario?...

          No leo mucho este tipo de crítica literaria, en la que pululan términos y conceptos de la índole de los mencionados en la pregunta. De Peter Weiss solo vi la magnífica versión cinematográfica que hizo Peter Brook de su obra sobre la representación de la muerte de Marat. La lectura de Beckett, su escritura críptica, siempre me resultó profundamente atractiva y movilizadora, adherí inmediatamente a la dificultad de su escritura, me resisto a encerrar en categorías académicas la experiencia única y renovada que me deparan sus textos.

 

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Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Dolores Etchecopar y Rolando Revagliatti.

 

http://www.revagliatti.com/010606_etchecopar.html

 

 

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