• Diario Digital | Domingo, 22 de Julio de 2018
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ENTREVISTA AL BIBLIOTECARIO DEL DESIERTO DE LAS PALMAS

Ignacio Husillos, la fuente del Desierto de las Palmas: «Si no hubiera sido fraile, habría sido almacenista»

Primero uno y luego el otro, los dos portalones de acceso al convento se cierran tras de mí. Puntual, Ignacio Husillos (el padre Nacho), sale a mi encuentro, bajo los cipreses. Lleva un librito en la mano, que me entrega; trata sobre Eufrosina, la mujer monje de Alejandría. El bibliotecario es mundano y locuaz. La empatía es su fuerte. Avanzamos hasta el recinto. A su lado el tiempo vuela, apenas habremos de preguntar: las confesiones manarán de él como de una fuente.

Ignacio Husillos
Ignacio Husillos
Ignacio Husillos, la fuente del Desierto de las Palmas: «Si no hubiera sido fraile, habría sido almacenista»

Fray Ignacio de la Palabra iba para periodista, pero la pasión y el hábito de escribir e investigar hicieron al carmelita. Su sabiduría está por encima de sus años. Bibliófilo, archivador, ermitólogo, doctor en Arquitectura, teólogo, filósofo… Es toda una fuente de información. Su último trabajo, tesis de 1.140 folios, es una guía de las ermitas que hay esparcidas en el Desierto, en Benicàssim. Actualmente el padre Nacho es bibliógrafo en la Pontificia Facultad de Teología Teresianum (Roma).

¿Qué tiene de especial la llamada a esta orden y a esta casa?
Una vez que ya me vino la vocación, tras la lucha interna, ser fraile lo veía claro. Era una seguridad para mí meterme en lo que ya conocía. Cuando reuní a mi familia para comunicar que había decidido ser fraile, mi tía dijo: «No, si tanta visita al Desierto...». Aprovechaba los veranos para ello. Y aquí llevo desde el año 2001. Tras hacer los votos perpetuos, mi madre me confesó  que me ofreció a Dios al nacer.

¿Cómo y en qué momento se produjo la llamada?
Yo frecuentaba la parroquia de mi barrio (vivía en la calle Alboraya, en Valencia). Solía ir a tocar la guitarra. Pertenezco a una familia muy metida en la Iglesia. El que era entonces encargado de las vocaciones en la Diócesis de Valencia, don Vicente Folgado, pronto me echó el ojo. A punto de empezar Periodismo, en el CEU, nos topamos en la Basílica de la Virgen, en la capilla que hay dedicada al Corazón de Jesús. «¡Ay!, me ha visto», me dije; no tenía escapatoria: quería entrevistarse conmigo y acabé accediendo. Yo tenía 18 años. ¡Vamos, que me pescó! ¡Pero yo ya me había matriculado en la universidad! Y mi pregunta era: «Pero ¿tengo yo vocación?». Él me insistía en que sí la tenía. Empecé Periodismo y deseché enseguida entrar en el Seminario, pero durante los dos años que pasé estudiando mantuve un debate interno y espiritual sobre la vocación al Carmelo Teresiano. Finalmente me vino: fue como un estallido. Ese hombre fue la mecha.

¿Qué te traerías de tus frecuentes incursiones al mundanal ruido?
[Se queda pensativo]… La conexión con la realidad cotidiana, para no vivir ensimismados. La empatía, para tener los pies en la tierra. Pero a menudo me buscan para tantas cosas, que me digo «vaya, es que no puedo, no soy Supermán». Cuando un trabajo requiere toda mi atención, mi memoria no puede abarcar otros temas por igual. Hay veces en que puedes centrarte en algo y tener abiertas pequeñas ventanas, pero ante lo bastante absorbente eso no puede ser. Es como comparar la memoria RAM con la ROM de los ordenadores.

El silencio es uno de tus temas recurrentes, al igual que la risa. En tus escritos lo vemos, bien en los libros en que colaboras, en los artículos de los seminarios o en tu tesis doctoral. ¿Cómo se compaginan el humor y el silencio?
Bien. Son complementarios. El humor que se esconde en la ironía es un tipo de silencio. Por eso la clave del buen humor es salir por peteneras, está en la gracia irónica de lo no dicho.

¿Cuál es el libro mimado de la biblioteca y qué enseñanza o esencia sacas de él?
No hay uno en concreto, y eso que tenemos algunos incunables. Cada libro ocupa su lugar en la biblioteca. Me gustan las colecciones completas, que no falte ninguna pieza (por eso me encantan los sudokus difíciles [ríe]. Hasta un folleto tiene su importancia. Tengo manía de archivero o almacenista; de hecho, habría sido almacenista si no hubiera sido fraile.

¿Dónde es más rica la meditación y en qué lugar prefieres rezar?
Para rezar, en grupo: no sé solo. Meditar, en la capilla o en mi sitio: quiero decir donde se centra todo (aunque a veces se cambia, por las circunstancias o por las personas; suerte que me adapto al día a día). Me gusta meditar en el jardín, pero puedo hacerlo viendo una serie de televisión, a partir de algo que digan, por asociación de ideas. En el tren una vez llegué a meditar mezclando la lectura de Khalil Gibran con las conversaciones de los pasajeros.

Fray Ignacio de la Palabra, escoge una sola para definirte.
Comunicación. O… relación.

Tu obra es abundante y tienes proyectos muy dilatados. Estudios sobre ermitas, tanto de aquí como de pueblos de toda España; análisis de unos 4.000 conversos al catolicismo desde el siglo I al siglo XXI; bibliografías… ¿Por qué legado te gustaría que te recordaran?
Por mi bibliografía de casi 700 páginas sobre el padre carmelita descalzo Juan de Jesús María [1564-1615]. Es una pieza de un rompecabezas, fruto de un trabajo de investigación intenso. Cuando ya llevaba escritas unas 100 páginas, se las enseñé a un fraile ya anciano que me dijo: «Bien… Estas cosas se hacen o de joven o de muy viejo» [risa frailuna]. Es importante adaptar los textos antiguos, revisarlos para que queden actualizados, corrigiendo datos erróneos que han pasado inadvertidos y aportando nuevos.

¿Cómo imaginas la vida aquí dentro de 200 años?, ¿qué destino le aguarda al convento?
Lo imagino parecido a ahora, pero adaptado a las innovaciones que haya.

Al despedirnos retoma la vena humorística, «con risa frailuna», a la que es tan adepto, y me pregunta que en qué se parecen un coche, un tren y la familia. Me quedo en silencio. Las campanas apremian, aunque el tiempo parece detenido. Dejaremos en el aire para el lector y sus lucubraciones el acertijo y la ocurrencia. «Aquí los hermanos seguimos una regla, pero, de todos, yo debo de ser el más desreglado», concluye. Sin embargo, «por sus obras los conoceréis» (Mt 7,15-20). Que así sea.