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21 de septiembre de 2020, 18:37:10
ENTREVISTAS


Entrevista a Stanley G. Payne, autor de “El camino al 18 de julio”

“La Guerra Civil pudo haberse evitado hasta el último momento”

Por Javier Velasco Oliaga

Stanley G. Payne tiene, en España, fama de polémico. Quizá porque dice lo que muchos no quieren oír. Lo que está claro es que es uno de los hispanistas británicos más reputados y llega donde algunos callan. No le importa ser políticamente incorrecto, hace tiempo que esto le trae al pairo. Lo que le importa es que sus opiniones sean avaladas por datos y hechos. “El camino al 18 de julio” es su último libro, en el que sostiene que la Guerra se pudo evitar hasta el último momento.


El hispanista británico ha publicado más de una veintena de libros sobre la historia de España y de Europa. Entre sus biografías destaca la que escribió sobre Franco junto a Jesús Palacios y sus estudios sobre la Segunda República Española y las causas de la guerra se encuentran entre sus libros más vendidos y que más polémica han suscitado; entre otras cosas, porque no se casa con nadie y ha encontrado culpables en ambos bandos.

Pero si hay un culpable, -de los muchos que hay-, del estallido de la Guerra Civil, ese no es otro que el presidente de la República: Niceto Alcalá-Zamora. “Se condujo de una manera muy egoísta. Por un lado, no quería que la derecha fuese muy fuerte y, por otro, no quería entregar el poder a la izquierda. Quería un equilibrio que estuviese dominado por él. De ahí que encargase gobiernos a fuerzas minoritarias para poder ser el moderador de la situación política. Hasta que no pudo más y se lo entrego a la izquierda”, explica el conocido hispanista en la entrevista que mantuvimos en su última visita a España.

Para el historiador de la Universidad de Wisconsin-Madison el adelanto de las elecciones a febrero de 1936 fue una medida totalmente irracional, más cuando aún quedaban dos años para las elecciones pero no quiso consentir que José María Gil-Robles formase gobierno después del caso del estraperlo que hundió a Alejandro Lerroux y al Partido Radical y puso a Portela a cargo del gobierno y convocó elecciones. “Cambió gobiernos a su antojo, pero no se atrevió a hacerlo antes de su destitución.

Stanley G. Payne sostiene que las izquierdas eran “fuertes y violentas y Lerroux y Gil-Robles eran legalistas. En aquellos años, España tiene la izquierda más radical que cualquier país occidental. Si está en el poder, hace lo que quiere, pero si está en la oposición quiere cambiar las reglas de juego. Eso es lo que pasó con la revolución de Asturias de 1934: Fue una auténtica revolución social de carácter armado y muy violenta”, expresa.

“El proceso de las elecciones del 36 fue más largo de lo normal y se falsificaron muchas actas, por lo que se podría decir que no fue legítimamente elegido. Se sabe que en seis provincias, con un total de 16 escaños, se manipularon los datos”, señala con convicción. Ya estudiosos tan ecuánimes como Javier Tusell demostraron las manipulaciones que hubo en las elecciones del 36. “Si el recuento hubiese sido fidedigno hubiésemos estado ante un empate técnico”, afirma el historiador.

Para Payne, “la derecha no fue tan violenta como la izquierda. Bien es verdad que los falangistas sí se comportaron de manera criminal, al igual que los movimientos revolucionarios de izquierda”. Esa violencia se mantuvo hasta el estallido de la guerra y la derecha, en su opinión, tampoco estuvo muy atinada, ya que en el periodo entre las elecciones y la guerra, “hubo dos líderes en la derecha. Por un lado, estuvo Gil-Robles y, por otro, José Calvo Sotelo; ambos jugaron limpiamente a favor de la democracia”, apunta.

No pueden decir lo mismo otros líderes republicanos. “Alcalá Zamora llegó tarde a todos los sitios y Manuel Azaña negó todo diálogo con las derechas. Se condujo de forma muy unilateral y fue deslegitimado por los sucesos”, señala con cautela. Los informes que en los días previos a la guerra presentaron ambos líderes de la derecha en el Congreso y en la Comisión Permanente fueron obviados sin ni siquiera tratarse y no se hizo nada para contener la violencia de las turbas respecto a la quema de conventos e iglesias.

En opinión de Stanley G. Payne, el detonante de la Guerra Civil pudo estar en el asesinato a sangre fría de Calvo Sotelo por los guardias de Asalto. “No hubo ninguna dimisión, ni se hizo nada por saber lo que ocurrió. Franco, hasta ese momento, no estaba a favor del golpe de estado. Pudo ser este hecho el que le decidiese a tomar las armas en contra de la República”, desgrana.

El hispanista británico cree que el tiempo transcurrido desde la guerra hace que aparezcan estudiosos más ecuánimes. “Hasta ahora, en España los historiadores han estado muy ideologizados y hay un afán demasiado académico. En Reino Unido hay una cierta tradición de divulgación histórica que hace el estudio de la historia más dinámico e interesante”, concluye.

Es muy interesante la tesis que mantiene Stanley G. Payne en “El camino al 18 de julio” porque hasta ahora la mayoría de los historiadores sostenían que la Guerra Civil no se pudo evitar. Sin embargo, sus razones son de peso y se ha molestado en analizar el nefasto papel de Alcalá-Zamora, que en sus memorias se trata de auto exculpar de todos los acontecimientos sin asumir su culpa. Como bien dijo el líder socialista Juan Simeón Vidarte en sus memorias: todos fuimos culpables.


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