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6 de agosto de 2020, 4:08:23
CRÍTICAS


“Los viejos camaradas” de Santiago Carrillo


Por Joaquín Álvarez-Coque

Santiago Carrillo publicó recientemente el libro Los viejos camaradas donde hace un breve repaso sobre las diferentes personalidades que han pasado por la Juventud Socialista Unificada en tiempos de la Segunda República, de las Juventudes Comunistas y del Partido Comunista de España (PCE).




Por el libro, escrito con una cercanía propia del autor, deambulan los viejos camaradas comunistas de casi todo el siglo pasado. Algunas veces con cariño, otras con un tono agridulce, también característico del autor, y sin ajustar las demasiadas cuentas pendientes que tiene Carrillo con sus correligionarios, nos traza retratos de los conocidos e idolatrados Julián Grimau, al que trata con un cariño especial, José Díaz y Dolores Ibárruri, sobre la que pasa de puntillas, ya que hace relativamente poco tiempo escribió de elle una biografía muy acertada.

También dedica unas palabras a Fernando Claudín y Jorge Semprún, quienes renegarían del comunismo estalinista que defendía Carrillo en una primera instancia y que abandonarían, con otros líderes europeos, para formar una corriente eurocomunista de corta y fracasada trayectoria. Tampoco olvida a los miembros de la familia Azcárate, con la que el autor sigue en contacto hasta hoy y que ha tenido tanta influencia en los medios de comunicación, sobre todo desde las páginas de El País.

Además, los jefes militares, guerrilleros, activistas de la clandestinidad y responsables del “aparato” y la Pirenaica pasan por estas páginas para terminar por conformar un documento incomparable, de primera mano, de un cierto número de personas que, en palabras del mismo Carrillo, al margen de reyes, caudillos y jefes muy destacados, ocuparon un papel en la historia del siglo XX español.

El libro se lee con facilidad, Carrillo posee una dilatada experiencia política y la sabe reflejar con una pluma ágil y fácil. En unas ocasiones se muestra crítico con algunos de los dirigentes comunistas que pasan por estas páginas, en otras, se muestra indulgente con otros líderes. Y la obra tiene un tono que aporta pocas novedades y demasiadas impresiones personales erróneas. Aunque en algún pasaje dice que se muestra auto crítico, no es del todo cierto, y es demasiado indulgente consigo mismo. Más cuando la crisis del PCE partió de su liderazgo personal y todavía no se ha repuesto.

En el libro se le escapa, en ocasiones, su verdadera forma de pensar. En los tiempos de la república apoyó las políticas más extremas y peligrosas: en la página 24 hace mención al pensamiento de los líderes radicales del PSOE, que dejaron al margen a la personalidad más inteligente que tuvo este partido durante este periodo y que fue Julián Besteiro. “La amenaza fascista venía de la CEDA, del fascismo católico… La amenaza de Indalecio Prieto y Largo Caballero de que si la CEDA entraba en el gobierno llamarían a la revolución social”. Cosa que realmente hicieron y se produjo el levantamiento de Asturias en el 34.

¿Cómo concebía Carrillo al partido comunista? Pues lo concebía como un ejército donde la democracia quedaba aparcada para la consecución de un fin. Tendencia ésta que fue la predominante sobre nuestro conflicto bélico y que abocó a un ejército desmoralizado y poco preparado y que condujo al desastre y, consecuentemente, al exilio de la cúpula comunista que fue lo suficientemente inteligente para poder huir en masa.

Carrillo reconoce errores personales y de partido. En la posguerra se mostró clarividente cuando afirmó que la “dirección del partido está estancada políticamente y muy alejada de la realidad de España”. Se dio cuenta de ese gran problema y abogó por la vuelta clandestina de dirigentes políticos del partido a la España dictatorial, fueron muchos los dirigentes que volvieron a organizar o bien la estructura del partido o bien a preparar una resistencia armada del maquis. Esos dirigentes pasan por estas páginas, en la mayoría de las ocasiones con una pincelada gruesa pero no exenta de cariño por su sacrificio que, en muchas ocasiones, les llevaría a la muerte.

Entre estos líderes destaca Julian Grimau al que admira por su “gran espíritu de sacrificio al servicio del partido, al servicio de una causa” (Pág. 149). También tiene palabras emocionadas a todas estas personas que terminaron sus días ante un pelotón de fusilamiento por defender en el terreno una ideas que otros sólo defendieron sobre el papel.

Son muchos los personajes que pasan por estas páginas, muchos acabaron su vida de forma violenta, otros defendieron sus ideas en la cárceles del régimen franquista con valentía. Carrillo tuvo la inteligencia de mantenerse al margen de estos valientes defensores de unos ideales, que en muchos casos abandonaron por el rígido corsé ideológico que tenía un partido que fue el único en defender la democracia en tiempos de dictaduras. Simón Sánchez Montero fue uno de estos líderes valerosos que desde la cárcel supo ver el valor de la amnistía y de la reconciliación.

A todos ellos va dedicado el libro, una obra con un alto valor memorialístico que nos descubre a algunos protagonistas olvidados del exilio, tanto interior como exterior, y que nos vuelve a recordar a los que ya conocíamos. El texto se acompaña de una surtida colección de fotos del archivo particular del autor que realzan su valor en sí mismo. Con el libro podemos o no estar de acuerdo, pero sí que es necesario para grabar en nuestra memoria a personajes desconocidos de nuestra historia.

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