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19 de octubre de 2019, 16:50:12
CRÍTICAS


"Nieve sobre nieve", de Ricardo Virtanen

Por Gregorio Muelas Bermúdez

Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) publica su tercer libro de haikus, después de La sed provocadora (Círculo de Estudios Bibliográficos y Exlibrísticos, 2006) y el celebrado Sol de hogueras (Renacimiento, 2010), en una impecable edición a cargo de El sastre de Apollinaire y con un bello título, "Nieve sobre nieve", que toma de una tanka de Fujiwara no Teika y que sugiere la blancura, la extrema pureza de una mirada limpia de toda retórica.


En este volumen Virtanen reúne cien haikus, escritos entre 2010 y 2014, que organiza en dos grandes secciones: “Vilanos de nadie”, que divide a su vez en tres apartados: “Fruta madura”, Miradas afuera” y “Momento solo”; y “Casi silencio”.

El libro, que se abre con un pertinente aforismo del propio autor, se inicia con una bellísima composición:

“A media tarde
han llegado los pétalos
de la montaña.”

Un haiku que marcará la pauta métrica de la primera parte: tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, de acuerdo con el canon occidental establecido por los grandes introductores de la estrofa japonesa en nuestra lengua, los mexicanos Juan José Tablada (1871-1945) y Octavio Paz (1914-1998). Como se sabe, no existe unanimidad en este tema, dado que la propia traslación del japonés a nuestro idioma supone la variación de una forma que admite hasta veintitrés sílabas.

Las composiciones que siguen no tienen desperdicio, todas denotan esa serena sencillez que atesora la mirada contemplativa del que sabe esperar el milagro de una naturaleza en la que a veces se insertan objetos de nuestra vida cotidiana: flotador, libro, maceta…

Nieve sobre nieve es un compendio de todos los subgéneros del haiku, pues Virtanen posee esa actitud necesaria para expresar lo que la naturaleza le dicta y que él sabe traducir con precisión y emoción contenida, no obstante, aflora en Virtanen un cierto lirismo que le hace un excelente representante de una tendencia que cuenta en nuestro país con otros grandes cultivadores, como Susana Benet y José Cereijo.

Otro de los grandes aciertos del libro es el hecho de disponer un solo haiku por página, un concepto muy zen que permite al lector concentrar su mirada en el negro de unas pocas palabras sobre el ingente fondo en blanco, que podríamos interpretar como el silencio y la nada.

Un silencio al que el autor se aproxima con agudeza en la segunda parte, pero un silencio necesario, que más bien significa ausencia de ruido, para ello Virtanen prescinde de un verso para adelgazar la voz hasta alcanzar el leve susurro de ese “casi silencio” al que aspira:

“Toda esa nieve es nuestra.
Mañana, nada.”

Nada más cerca del todo que estos haikus hechos con la consistencia de la nieve que se acumula.

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