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19 de agosto de 2019, 8:18:58
CRÍTICAS


La tiranía de la novedad sin bandera

Por Eduardo Zeind Palafox

Sobremanera ensanchados están los libros todos para el que no tiene qué decir o no puede pergeñar libros, ha dicho en epigrama famoso el crítico antiguo Marcial, que con "melodía de intelección", con nervudas razones y con persuasivas apelaciones costumbristas desbarraba los ministros de la latinidad.


Todo libro de filosofía, por su escéptico ser, por preguntante, es revolucionario, agitador, cuasi sabio, manual de escolios, archivo de suspensiones, norte de la duda, espejo de la verdad, flor interrogativa, y muchos han sido los bien escritos. Menester no es cundir el alto mundo letrado con réplicas, con terceras y cuartas partes del nunca bien alabado `Quijote´. Sócrates, que no escribió libros substanciales, que predicó en paludes y álveos históricos, esto es, que en almas imprimió verdades novísimas, noemas salvíficos, canoras nociones platónicas, se hizo ley, tradición o prurito de incredulidad, y a partir de él, ha señalado Nietzsche, se escamoteó la inocencia, y por tal todos deseamos ser satíricos.

El teatro antiguo, entablado de Eurípides, Esquilo y Sófocles, de todos los maestros del diálogo, o sea, de la pregunta acometedora y provocativa, raíz es de nuestro arte todo. Burlas y críticas arrebujadas hay en Platón, en Cicerón, en Marco Aurelio, en Quintiliano, en Plutarco, en lo que San Agustín apostrofó para persuadir averroístas, en las disputaciones medievales de clérigos ingleses y franceses, en Escoto Erígena, en las refutaciones a Escoto, en las estructuras del Infierno del Dante, en el `Hamlet´ de Shakespeare, en fin, por doquier. Del rey bueno decimos que fue laxo, de la miel que mosquéase, del asesino que gustó del arte, del vencedor que borracho era, del perdedor que enamorado vivió, y hacemos desmesuras con grandezas, ambiciones con virtudes, flojedades del vicio, como dice nuestro Alonso Quijano. Simulamos inocencia amando la paradoja, encontrándole a lo bello orígenes innobles, comparando el rojo de chafarrinón cualquiera con el rojo de Kandinsky, adorando ídolos nuevos de oriundez dudosa, mancomunando lo que no puede anejarse. ¿Para qué? Para tener un tema.

Ramón María del Valle-Inclán, ínclito estilista que más ocupado estuvo en mundificar su escritura que en escribir mundos nuevos, ofrécenos una novela llamada `Tirano Banderas´, obra que afana atalayar, como muchos lo han hecho ya, la vida de un político maldecido por su ignorancia. ¿Qué novedades y nuevos usos estéticos nos brinda Valle-Inclán? Nos regala esperpentos, y nada más, envueltos en léxico gaucho que opaco parece metido en sintaxis castellana, en ensangrentadas confusiones, así como mujeres ultrajadas, jinetes socarrones, gachupines increíbles, arengas militares y jurídicas, onomatopeyas que pretenden escoliar esencias, filosofías de taberneros, teología fragmentaria, o por mejor decir, nada nuevo, pues `El recurso del método´, libro de Alejo Carpentier, es más fiel y preciso al desdorar los tiránicos asuntos.

Paréceme que Valle-Inclán arrojó sus prosas "al caldero del papel" sin saber, como poeta, lo que hacía. Pero no quiero, vergonzante, caer en el hermetismo comentado por Ortega en sus `Meditaciones del Quijote´. Villoro, que prologa la versión del `Tirano Banderas´ que tengo a la vista, sostiene que Valle-Inclán, al escribir el libro tenía dominio pleno de los recursos literarios, mas dubitable es su decir. Pero, ¿quién soy yo para denostar las embebidas en sangre rosas de don Ramón? Sea José Ortega y Gasset, estudioso de la fenomenología y del orden mental, quien truene contra don Ramón. Ortega prorrumpió palabras contra las "novelas" que contradicen su mote, que no son "novedades". ¿Fue novedad `Tirano Banderas´? ¿Qué imágenes, qué loas emersonianas, qué zarabandas quijotescas, qué tecnócratas trapatiestas, qué erudiciones nuevas nos agenciamos luego de leer `Tirano Banderas´? ¿Por dicha los esperpentos acaudillados por Don Ramón forman nuevo mundo? Una imagen nueva, para serlo, debe mostrarnos leyes desconocidas, jamás pensadas conductas, asesinatos arrempujados por ideas hasta hoy no meditadas, trazos y trozos del hombre que deviene.

`Tirano Banderas´, anotaría Borges, difícilmente será eterna novela, pues lo eterno es de jaez espacial, no temporal. Ortega, filósofo animado en fuentes estéticas y quiméricas, señaló que los libros de ideología suprimido han a los de arte. ¿Qué es una ideología? Una herrumbrada filosofía ciega harto capaz de decir lo transcrito, fragmento del `Tirano´: "El caudillaje criollo, la indiferencia del indígena, la crápula del mestizo y la teocracia colonial son los tópicos con que nos denigran el industrialismo yanqui y las monas de la diplomacia". Uno lee el `Tirano´, que procura pulir con léxico cosmopolita los problemas universales, y siente que lo leído fue escrito por el mero afán de escribir, siente uno gana de decir lo del `Quijote´: "Lo que levantó tu hermosura, han derribado tus obras: por ella entendí que eras ángel, y por ellas conozco que eres mujer".

Mucho estilo y mucho discurso y poca trabazón hay en el `Tirano´ y en todos los personajes que merodéanle. He aquí una lista de requerimientos para hacer una novela verídica, según Ortega: tener talento, tener dónde usarlo, fraguar personajes nimios que secunden magnas tramas y ser precisos al presentar. Alimentamos la fe en nuestro arte imaginando que lectores empobrecidos e ideológicamente escuderiles agradecerán nuestras ilustraciones, mas no acaece tal. El `Tirano´ habla de "relajar cláusulas" y de "biomagnetismo" al modo naturalista. ¿Por qué? Porque Valle-Inclán, imagino, hombre que se hizo poeta en México, es decir, creador inspirado por `chapopotli´ no sembrado de edificios, veía en México un país "relamido de desdenes" propicio para urdir novelas para soflameros `snobs´, o sea, saturadas de episodios y de fruslerías, que no de capítulos históricos.

Críticas literarias

 

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