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18 de agosto de 2019, 3:45:14
CRÍTICAS


Henry David Thoreau: "Poemas"

Cátedra, Madrid, 2018

Por Ricardo Martínez

Un ilustre precedente suyo, Walt Whaitman, descubrió ya por sí la importancia –sublime, expresiva, sentenciosa donde las hubiere- de la naturaleza en el seno de la poesía. Como imagen, como referencia, como argumento. Su libro ‘Hojas de hierba’ podríamos decir que constituyó en su día todo un ejemplo estético para tantos poetas, españoles y no (Por cierto, en lo que afecta a nuestra lengua, creo que ningún lector atento debe ignorar la extraordinaria versión que hizo nuestro poeta León Felipe de una parte de esa extensa e intensa obra).


Thoreau renueva, pues, y de algún modo confirma la importancia de la naturaleza dentro del discurso poético. Ha de entenderse, creo, no obstante, el significado de la naturaleza como algo mas allá del desnudo mundo material que implica, sino, implícitamente también, la palabra limpia, colorida, expresiva; el discurso natural, directo, con su inevitable componente ética. Sí, considero que, en el fondo, el poeta que hace uso como recurso principal para su poesía la visión y el pensamiento de la naturaleza, lo que hace es construir un discurso metódico, interior, espiritualizado; una invitación a una forma de trascendencia, a una forma de armonía.

Así cuando leemos: “Nací en tu orilla fluvial,/ mi sangre fluye en tu corriente/ y serpentea siempre/ en el fondo de mi sueño” Aquí el poeta describe con sensibilidad pero a la vez parece acoger en sí no sólo la visión de un paisaje, sino su pensamiento del mismo, una manera de invitación en favor de alguna forma de bien, más o menos expresa.

Y, a mayor abundamiento, en otro apartado estético en el poema que titula ‘Contemplad estas flores’: “Contemplad estas flores,/ vivamos con el tiempo,/ no soñando con hace/ tres mil años. Arriba, y/ yazgan esas columnas, no os agachéis/ para ofrecer un contraste al/ cielo; ¿dónde está el espíritu/ de esa época, sino en este/ día de hoy, este verso?

Pura materia hecha poesía, desmenuzada con mano experta y sensible para que el lector –el de ahora, el de siempre- sienta el contenido delicado de lo ajeno haciéndolo propio y, a la vez, se sienta como partícipe de una creación, la Naturaleza, que, para el corazón sintiente, nunca remata, nunca tiene fin.

“Habla con tal autoridad,
con tono tan sereno y altivo,
que el Tiempo ocioso callejea
y me deja a solas con la Eternidad”

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