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18 de septiembre de 2019, 3:00:14
POESÍA


Los mundos de Antonio Hernández en "Viento variable"

Por Manuel Rico


Con Nueva York después de muerto, Antonio Hernández ocupó el espacio más relevante de la poesía española de 2014. Premio de la Crítica y Premio Nacional, concitó unanimidad en todos los ámbitos y mostró a un poeta maduro, en pleno dominio de sus recursos y con capacidad para combinar tradición y modernidad, entidad meditativa y vanguardia. Era, en cierto modo, un libro circular, con un “leit-motiv” estructural (Lorca, Rosales, Nueva York) que recorría el texto de principio a fin. En el fondo, Nueva York después de muerto era un libro poema.

Hace algo más de un año, Hernández volvió a las librerías con un libro radicalmente distinto aunque engarzado con sus grandes obsesiones y con su mundo lírico (y literario: es un mundo que también está en sus novelas): "Viento variable". Con él volvía al concepto libro de poemas o poemario, alejándose de la concepción orgánica y unitaria del libro premiado con el Nacional aunque contemplado en conjunto el volumen nos ofrezca una mirada unitaria (“Estos poemas quieren ser uno solo cohesionado“, advierte Hernández en la nota preliminar). Viento variable está compuesto por cerca de un centenar de poemas, integrados en ocho grandes apartados. No existe una temática que actúa como columna vertebral y en él confluyen todos las vectores, sentimentales, estéticos y culturales, que han dado forma al universo (a la cosmovisión) literario de su autor. Eso no quiere decir que no exista un clima, que el conjunto del libro no aparezca dominado por un “estado anímico” que condicione el tono, el pulso de los poemas. No es algo casual: el propio autor confiesa que su escritura se realizó, de manera sostenida, entre 2010 y 2015. Ese clima, sustentado en una mirada al mundo desde la cima de la edad y de la experiencia, se refleja de un modo fiel y esclarecedor en el poema “Aturdimiento” y en sus versos iniciales: “Hoy me ha querido dejar / su asiento en el autobús / una joven. Hasta entonces / yo era un joven, o un adolescente/ sin bastón como ahora”.

Esa conciencia de la edad desata loa resortes de la memoria y lleva al poeta a asumir una suerte de meditación existencial que no solo aborda la relación del sujeto con la vida, con su historia personal, sino, también, con las lecturas y con su posición estética a lo largo del tiempo. En los tres poemas que abren el libro todo eso queda establecido: en “Relativismo”, el valor de la individualidad y del humanismo como proteína del texto; en “En el parque”, la dimensión colectiva, el valor del otro y de los otros (“En un banco cercano, un hombre / de raza negra descansa en paz”) y en “Un mal día”, la presencia de lo oscuro, del enigma, del misterio.

Tres vertientes de la realidad y de la existencia que habrán de colarse en cada uno de los poemas pese a que las perspectivas y los motivos anecdóticos de cada uno de ellos sean diferentes: el acercamiento al presente con el tamiz físico y psicológico de la vejez próxima; la enfermedad y la sombra de la muerte; los herederos, en este caso los hijos y, como novedad emotiva y reflexiva, los nietos que protagonizan una peculiar cotidianidad estival en el poema “Entre las aguas”.

No hay experiencia sin memoria, sobre todo sin la que hunde sus raíces en los viejos paraísos, especialmente en el de la infancia y adolescencia. Hernández, con textos cargados de emoción y de hallazgos verbales, nos acerca al mundo del abuelo, de los primos, a los libros (Juan Ramón al fondo) amados y a las huellas que en la vida dejan los mitos religiosos aprendidos en la edad más temprana. Esa pasión por la memoria se concentra de manera intensa en el poema “Paraísos perennes”, un recorrido por los momentos que han marcado la biografía, desde las tardes de merienda con pan y chocolate hasta la evocación del nacimiento de los nietos. Junto a ese acercamiento a la memoria, será el amor en sus distintos estadios y gradaciones (desde el deslumbrante de los primeros días hasta el del umbral de la vejez), con todas las heridas y fragilidades que los años aportan el complemento imprescindible del recorrido sentimental del poeta.

Hernández nunca ha descuidado la vertiente civil, comprometida de su escritura. En ninguno de sus libros está ausente. En Viento variable no solo forma parte de lo que yo llamaría “respiración humanista” del conjunto, sino que alcanza cotas precisas, directamente reconocibles cuando aborda la memoria de la Guerra Civil, pero, sobre todo cuando alude a determinados protagonistas colectivos del presente: tullidos, mendigos, inmigrantes, parte esencial de los submundos que conviven en la ciudad con la opulencia y la desmemoria. Incluso cuando alude a algunos referentes literarios, musicales o poéticos, hay siempre una impregnación civil (Machado, Celaya, Alberti, Neruda, Vallejo) que convive con las más íntimas resonancias (sobre todo Juan Ramón, pero también Baudelaire, Verlaine, Rimbaud).

"Viento variable" es un libro en espiral que horada en el mundo y en los mundos de Hernández, que radiografía el trasfondo de la experiencia. Un libro sólido. Uno de los mejores del año de su publicación. De lectura necesaria.

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