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20 de junio de 2019, 7:43:12
CRÍTICAS


Paul Valery: "Teoría poética y estética"

Machadolibros, Madrid, 2018

Por Ricardo Martínez

El buen lector hallará aquí un texto rebosante de sabiduría poética, de conocimiento literario al servicio de la idea de poesía y estética pero, en general, a favor de que el texto escrito sea la mejor representación –visible, fundada, racional incluso- de un sentido de armonía (el mismo que ha contribuido al perfeccionamiento de la educación occidental, también en su sentido genérico, universal) y, por extensión en su dimensión de riqueza, a la capacidad especulativa, curiosa; al sentido de la libertad como seres dotados de inteligencia consciente respecto de la realidad.


En uno de los apartados del libro se alude al pensamiento especulativo que, lleno de brillantez y sugerencias, define su contenido estético (y ético, al modo como querían los griegos) y en él leemos esta referencia inexcusable y explicativa: “Estas consideraciones nos servirán para ilustrar un poco la constitución de la poesía, que es bastante misteriosa. Es extraño que uno que uno se afane en formar un discurso que debe observar condiciones simultáneas perfectamente heteróclitas: musicales, racionales, significativas, sugestivas, y que exigen una relación continuada y mantenida entre un ritmo y una sintaxis, entre el sonido y el sentido” Y añade, en una especie de confidencia verbal llena de intención: “Estas partes no tienen relaciones concebibles entre sí. Hemos de dar la ilusión de su profunda intimidad”.

A tal aseveración, en absoluto ingenua, uno se pregunta, ¿y qué pasaría si nos atrevemos a traducir, a entender ficción donde se lee ilusión? ¿Sería exagerado interpretar que aquí, en esta misteriosa reflexión, radica precisamente el hondo significado de la palabra poesía, o sentido estético?

Una ilusión, una construcción pensada mediante las palabras que inducen hacia un lugar, hacia una reflexión donde se guarde no un secreto explícito, pero sí implícito, el de ese sentido de la belleza que se arropa en lo oculto, en lo inexplicable pero que, si se llega a alcanzar, toda inteligencia viviente será quién de percibir sin necesidad de explicaciones añadidas.

Valor estético, realidad poética, comunicación anímica en favor de un sentido de equilibrio, de unidad. Una percepción interior dotada de emoción y cobijo, de compañía trascendente: “Llegamos a la conclusión de que hay que querer lo que se debe querer para que el pensamiento, el lenguaje y sus convenciones, que están tomados de la vida exterior, el ritmo y los acentos de la voz que son directamente cosas del ser, concuerden, y ese acuerdo exige sacrificios recíprocos, siendo el más notable aquel que debe consentir el pensamiento”.

Hay aquí, creo, en este discurso interiorizado y reflexivo, una cierta invitación a la soledad: como forma de observar, como percepción trascendente cuya naturaleza solitaria, no obstante, no nos aparta de realidad alguna sino, al contrario, nos acerca a la unidad de ser, el ser estético.

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