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19 de julio de 2019, 3:38:38
ENTREVISTAS


Ignacio Miquel: "Mi novela es un relato sobre las ficciones en las que vivimos, sobre las mentiras que nos construyen o contribuimos a construir"

Entrevista al autor de "Las confabulaciones"

Por Francisco Jiménez de Cisneros

Ignacio Miquel ha publicado en septiembre, al amparo de la editorial Drácena, una espléndida novela: Las confabulaciones. Aparte de la madurez de su prosa, sólida y rica, este relato sustentado en un juego de apariencias, desborda el realismo casticista de la tradición novelística hispana hacia un plano narrativo inusual en nuestras letras, pues Las confabulaciones es una novela con “truco” —o, si prefieren, de “misterio”, del tipo británico, pero teñida de la socarronería hispana—, que deja perplejos cuando no entusiasmados a sus lectores. Por ello nos hemos decido a entrevistar a su autor para que nos desvele algunas claves que le incitaron a componer este magnífico y delicioso relato.


El protagonista del relato, Julián, madrileño, mal escritor a ratos, haragán consumado, dependiente abúlico de una librería, pongamos que sea de El Corte Inglés —es una suposición, pues en la novela no se dice cuáles son los grandes almacenes—, de pronto, cumple el sueño de todo escritor nóvel: ganar un premio con repercusión mediática. En esto consiste el arranque de la trama de su relato. Y, no obstante, a usted le ha ocurrido algo, sin tanto brillo ni focos, parecido, pues la crítica ha saludado Las confabulaciones con elogios, incluso con entusiasmo; hasta ha aparecido en un programa de la televisión nacional. ¿No siente un cierto paralelismo con su personaje?

No lo había pensado, pero efectivamente podría verse cierto paralelismo entre la peripecia inicial del personaje y lo que puedo estar viviendo como autor que goza de cierto reconocimiento; parece un caso más de la vida imitando al arte, o que al escribir sobre un personaje que logra un éxito literario estuviera propiciando su realización, lo cual no deja de tener su gracia, porque sería un caso de autoficción profética autocumplida. "Ten cuidado con lo que escribes porque a lo mejor se acaba cumpliendo". Casi estoy tentado de escribir ahora algo sobre alguien a quien todo lo sale bien y le llega a tocar la lotería. Pero, bromas aparte, contra lo que pudiera parecer no es un libro autobiográfico. A Julián le he prestado experiencias y lecturas, sí, yo también trabajé como él en una librería, pero no es un trasunto mío, porque desde que comenzó a andar por el papel Julián fue generando un pensamiento propio y su peripecia en nada se parece a la mía. Él es un poco más joven que yo, probablemente más agudo y divertido, pero sin duda más vago, más descreído que yo, que además he tenido mucha más suerte que él. Para mí el gran acierto de la novela, la inspiración fundacional, fue dar con ese personaje narrador. A los poetas los dioses les dan los primeros versos, a mí me enviaron un personaje.

En "Las confabulaciones" hay un juego de plagios sorprendente; pero hay mucho más; hay un juego de apariencias que confunde al protagonista y, por supuesto, al lector. Aquí se haya el nudo, además con mucho humorismo, de la trama de su relato; ¿pero este juego lo prolongaría a nuestra sociedad o sólo es la anécdota de su novela?

Sí, toda la novela es un juego de espejos. En principio es un juego estrictamente literario; es, digamos, el engranaje del relato, pero indudablemente tiene una lectura filosófica sobre la naturaleza irreal, aparencial de lo que llamamos realidad. Podría decirse que es por tanto un relato sobre las ficciones en las que vivimos, sobre las mentiras que nos construyen o contribuimos a construir. Pero la novela también viene a conjurar, con humor, ese gran temor que subyace en todas las teorías "conspiranoicas" para explicar la realidad. El propio título es en sí un juego de espejos por la doble acepción del término confabulación que, además de conjura o complot, en psicología se refiere a las historias que ciertos pacientes se fabrican para explicarse lo sucedido, lo cual me permitía esparcir cierta sospecha sobre lo narrado.

Uno de los personajes reales de la novela es Luis Roldán, el exDirector General de la Guardia Civil, aunque sea un personaje de fondo y que más bien ubica al lector en el tiempo cuando transcurre la acción; ¿qué diferencias observa entre aquellos años noventa y los actuales? ¿Podrían suceder ahora el juego de enredos de su novela o cobraría otra dimensión distinta, digamos digital?

El relato está ubicado en un tiempo muy concreto: los años 90 del siglo pasado, en una sociedad predigital donde solo había periódicos impresos, cartas enviadas por correo ordinario, cabinas de teléfonos, bares llenos de fumadores…Parece una cosa muy remota, podría decirse que es una novela histórica que intenta reflejar el ambiente y la forma de vida de hace 20 años. Pero el único personaje histórico convocado es Luis Roldán, aunque no aparezca más que en esos otros espejos que son los medios de comunicación, o las pesadillas del protagonista. Creo que la trama podría trasladarse perfectamente a la actualidad. El amor de una madre que trata de sacar adelante a un hijo inadaptado es un tema eterno; la amistad, el amor, la necesidad de ser reconocido y los engranajes de la educación, de los premios literarios, de la política… no han cambiado mucho. Probablemente, Julián, como buen outsider, sería además un neoludita antitecnológico. La principal diferencia con los tiempos actuales es que las posibilidades de engaño y simulación ahora se han quintuplicado y que las instancias que pueden controlar nuestras vidas son más distantes o se esconden detrás de algoritmos…

La madre de Julián, el protagonista, es un personaje capital en la trama y su resolución; ¿considera que el “amor de madre” es tan atosigante como en su novela o su personaje es un caso especial de madre? ¿Se estaba usted vengando de alguna “mamá” en especial?

Yo tuve una madre adorable y muy poco controladora, así que no sufrí en mis carnes un amor materno atosigante como el protagonista. Creo que en la maternidad, -y en la paternidad, soy padre y lo sé - existe siempre esa tentación de intentar dirigir la vida de los hijos para evitarles sufrimientos. Pero la elección de una madre fuerte y controladora es más literaria que vital. Creo que bebe en una tradición literaria española en la que se da más importancia a la figura materna sobre la paterna en la formación del heroe. En muchas obras de nuestra literatura, como Fortunata y Jacinta de Galdós y La Regenta de Clarín, Bernarda Alba… la madre es decisiva y el padre no es más que el nombre de un muerto. Pero mientras que la doña Maruja galdosiana ejerce su poder desde la cocina, la alcoba o el cuarto de costura, desde donde maneja los hilos en silencio, la madre de Julián pertenece ya a otra era: es una mujer independiente, una empresaria. Maneja los hilos abiertamente, bueno, quizá no tan abiertamente. Además, a diferencia de la madre de la tradición galdosiana, que transmite la inmovilidad de lo dado y los valores de la tradición, lo que transmite la madre del héroe de Las Confabulaciones son valores modernos: el éxito a cualquier precio. En cierto modo la novela hace parodia de esa tradición que representa en sus ficciones a mujeres controladoras que “castran” el poder creador del hombre o que tratan de que el hombre ponga los pies en el suelo, como sucede en El Quijote. No hay venganza pues sino relectura.

Creo que en la maternidad, existe siempre esa tentación de intentar dirigir la vida de los hijos para evitarles sufrimientos

Pese a haber diversas parejas, incluso un enamoramiento del protagonista, Julián; "Las confabulaciones" es una novela donde el amor queda reducido a un juego de intereses; ¿no cree que ser, tan digamos sincero, con las relaciones erótico-afectivas puede restarle lectores? ¿O piensa usted así, que en toda relación erótica hay un componente interesado determinante?

No sé si endulzar la visión del amor podría añadir lectores a esta novela, pero desde luego sí restarle fuerza. La visión pesimista del amor, como de la sociedad en sí, nos la da el protagonista desde su desengaño. Pero su mala experiencia no lo convierte en un cínico, porque el protagonista se ríe de su mala suerte en asuntos del corazón y el sentimiento que predomina es el del perdón. Es un pesimismo risueño. No es que sea para tirar cohetes, pero al menos es un buen principio para el comienzo de algo. Aunque efectivamente en la trama se trasluce cierta visión pesimista por la mercantilización de los afectos, hay sin embargo ejemplos de amor al margen de esa trama de intereses: la historia de amor de Arsenio con la vecina, el idilio imposible con la camarera o los amantes abrazados en un banco que Julián contempla con envidia. Yo por mi parte albergo la esperanza, como quizá el propio Julián, de que Olga, la rusa de la historia, llega a sentir algo más que piedad por él; y de que en algún momento, más allá del punto final, logra el milagro del amour partagé. Como ve, en el fondo soy un romántico.

Su novela tiene un fuerte componente ambiental madrileño, no exento de toques de casticismo, sin embargo, por el tipo de trama bebe también en la novela anglosajona de misterio —aunque, en lugar de crímenes en Las confabulaciones se trate de una pesquisa entre pícaros—; esto demuestra un auténtica singularidad de enorme mérito: mezclar el realismo apicarado de la novelística hispana con la novela de misterio netamente británica; ¿fue un plan preconcebido o lo fue aflorando durante la escritura de Las confabulaciones? ¿Se siente, en esto, heredero de un escritor en particular?

Hubo una deliberada intención de escribir algo digno de ser leído y que atrapara al lector. Desde el principio tuve claro que la intriga debía ser un ingrediente importante porque, al fin y al cabo, ante el lector no somos más que Sherezade tratando mantener vivo el interés a la vuelta de cada página. Pero no me considero heredero de un escritor en particular. Sí creo que me ha influido la lectura de autores ingleses, no necesarimante de misterio, como Martin Amis, Barnes o Boyd, herederos de la tradición de Evelyn Waugh en el culto de un sentido del humor que se ha terminado por convertir en una seña de identidad británica. Pero también Nabokov, y por su puesto el Lazarillo y Cervantes, que impregnan la obra de escritores como Mendoza, Landero, Longares o Bryce Echeñique que también he leído con provecho. Creo que hay muchos libros detrás de Las confabulaciones. Me gusta comprobar como cada lector descubre uno. Hay quien ha visto El hombre que fue jueves, otros, Las nuevas confesiones, El guardián entre el centeno, Juegos de la edad tardía, Ubu Rey, o el mismo Quijote. Creo que no se puede leer Las Confabulaciones y no acordarse de La Conjura de los necios. De alguna manera puede que todos ellos están en mi novela. Creo que todos coinciden en dar importancia a la palabra y al humor para construir una visión perpleja de la sociedad.

Toda la crítica ha señalado que, pese a tratarse de su primera novela, Las confabulaciones es una obra de obra de un novelista maduro; ¿cómo ha sido esto posible? ¿Hubo experimentos anteriores apararte de su obra poética?

La verdad es que no, no hubo ninguna tentativa previa, más allá de algún relato corto o los poemas que he ido escribiendo. En la imaginación puedo haber concebido alguna que otra novela que nunca pasó de ser una escena esbozada o un esquema mental. Pero supongo un escritor se hace leyendo, por ósmosis, como decía García Hortelano. De repente, un buen día sale todo lo acumulado y la cosa fluye…Lo que sí hubo es mucho trabajo y mucha autoconciencia de lo que hacía. Le aseguro que la novela no la escribí en dos meses.

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