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21 de julio de 2019, 4:41:58
CRÍTICAS


Julian Barnes, "La única historia": el recuerdo descarnado del desamor

Por Ángel Silvelo Gabriel

La emoción expresada con la frialdad que nos marcan los recuerdos. Recuerdos que, como cortinas traslúcidas, solo nos dejan apreciar siluetas difuminadas por el tiempo. Siluetas que debemos reinterpretar con la memoria.


Una memoria siempre selectiva y caprichosa; una memoria que tiende a reafirmar aquello en lo que creemos y que nos ayuda a separar de una forma definitiva la realidad de la ficción. En este sentido, no es de extrañar que el propio Barnes nos diga que: «La memoria es la identidad; al hacernos mayores la memoria se degrada y la que queda se hace más maleable y eso me preocupa como escritor; y es peor con los recuerdos preferidos e importantes: cuanto más hemos hablado de ellos menos confiables son en la medida de que los vamos modificando imperceptiblemente; la memoria, me temo, tiene que ver más con la imaginación que con la observación». Imaginación y observación que deambulan de una forma magistral entre la primera, la segunda y la tercera personas a lo largo de la novela, lo que le permite al narrador situar al lector en diferentes planos de realidad, cercanos unos y más distantes otros. Un efecto que nos deja comprobar la tensión del recuerdo descarnado del desamor desde diferentes perspectivas, eso sí, todas ellas frías y distantes como un relato de Chéjov. Ahí es donde Barnes abre una senda de exploración para el lector, pues éste se mostrará más cercano o distanciado de la fervorosa inocencia y el alejamiento de la realidad de sus dos protagonistas: el joven Paul de 19 años, y la mujer madura Susan Mclead de 48 años. Todo ello, bajo el impacto y el reflejo social de una Inglaterra de los años sesenta que se aproxima al punk y a la ruptura sin límites con la vetusta sociedad victoriana.

Con todo, lo que más sorprende de esta novela titulada, "La única historia", es ese deje de aparente distancia de su protagonista con la historia de amor que le dejó marcado para siempre, tanto a la hora de narrar el inicio de su idilio, como en la parte posterior de alcohol y derrumbe que se instala dentro de ella. A medida que avanza la novela, la crudeza del pasado es como un caballo de tortura sincopado que se perpetúa entre la cruda cotidianeidad de Susan y ese último recuerdo que para Paul supuso su amor. Ahí es donde escarbar en los límites de los recuerdos nos lleva a visitar ese solar vacío que nos enfrenta con el fracaso; un fracaso al que Julian Barnes despoja de toda falsedad o intrépido alumbramiento de fantasías que nunca existieron. Esa pulcritud en su prosa con la que nos presenta La única historia es un perfecto ajuste estilístico narrativo entre realidad y ficción, pues nos deposita más allá del sentimentalismo teñido de falsete. La firmeza y la verdad de esta historia se sostienen en su crudeza y verosimilitud, sin por ello, dejar de lado al amor y sus múltiples manifestaciones y consecuencias, porque Barnes nos presenta la ambivalencia y la doble cara que el amor abate sobre cada persona y, lo hace, «bajo la creencia que existe una autenticidad distinta de la memoria, y que no es inferior». Una autenticidad el universo descarnado del amor desde la lejana distancia de los recuerdos.

"La única historia" es ese juego perfecto y tenaz sobre aquellas experiencias que nos marcan para siempre, más si éstas se producen en la juventud, porque la vida y, sobre todo, el amor, no entienden de esos espacios intermedios en los que en apariencia no ocurre nada, porque tal y como nos dice el propio autor: «la función del escritor hoy en día es describir con la mayor verdad posible, y con belleza, para tener el mayor impacto», aunque este sea el de describir el descarnado recuerdo del amor.

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