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20 de octubre de 2019, 16:01:45
NOVELA NEGRA


"Descubrí que estaba muerto", novela negra autobiográfica del escritor brasileño J.P. Cuenca

Por Hermenegildo Verdugo

¿Qué haría usted al saber que hace muchos años, en un lugar que desconoce y en el que nunca ha estado, la Policía descubrió un cadáver que una mujer identificó con su nombre? ¿Qué haría si le informan que hay documentos que prueban que usted ha estado muerto por varios años? ¿Qué haría si alguien aportó su partida de nacimiento para probar su fallecimiento?


El escritor brasileño J. P. Cuenca se enfrentó a semejante dilema hace varios años, cuando, luego de tener un pleito con unos vecinos, fue citado a una comisaría de policía donde recibió la noticia de su muerte.

Cuenca decidió entonces convertir en arte esa anécdota, un caldo de cultivo que cualquier creador hubiera deseado recibir. Así fue como nacieron la película A morte de J. P. Cuenca y el libro "Descubrí que estaba muerto", ya traducido y publicado por Tusquets, en toda Latinoamérica.

Según el autor, con las dos creaciones buscaba encontrarle algo de sentido a esa historia extraordinaria: “Creo que fue todo un proceso de descubrimiento, de ponerse cuestiones, al final no logré conseguir exactamente lo que quería, que era encontrar a la mujer, encontrar la razón real de la historia. Pero encontré otras cosas en el camino, quizás más preciosas: comprender un poco mejor el lugar donde estoy, la ciudad donde nací, mi papel en esta sociedad y hasta dónde puedo llegar con un libro”, cuenta en entrevista telefónica.

El escritor mezcla entonces la ficción y la realidad en este relato, que además de contar los vericuetos de su sorprendente muerte, también hace una radiografía de esa Río de Janeiro del 2013 que estaba viviendo la efervescencia previa a los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol.

Se narra entonces, con cierta nostalgia, cómo se erigían todos esos nuevos edificios, que no solo ignoraban la tradición de la ciudad, sino que generaban una especie de exilio interno, pues muchas personas tenían que irse del lugar donde vivían ante la aparición de esas construcciones (el supuesto cadáver de Cuenca se encontró en una de esas edificaciones, que en aquel momento eran apenas un esqueleto de barrotes).

Aunque esa marejada de reformas en zonas históricas pudo haberse convertido en un ejercicio de reflexión, Cuenca asegura que todo terminó en una especie de intento de “borrar el pasado” e ignorar historias que no eran bonitas. “Pasó lo que siempre pasa en Río... De hecho, uno de los puertos de entrada de esclavos más grande de América entre los siglos XVIII y XIX fue Cais do Valongo, en la región portuaria de Río, y no hay un gran monumento sobre la magnitud de este hecho. Es un holocausto, es una tragedia, es una masacre y no hacemos nada para recordarlo”, dice.

La investigación se convierte también en una especie de crónica urbana, influenciada por otro autor brasileño, Lima Barreto. Según relata Cuenca, Barreto hablaba en sus novelas de otro drama similar: una gigante reforma urbana a comienzos del siglo XX que generó un masivo desplazamiento de personas de bajos recursos, que tuvieron que abandonar el centro de la ciudad, lo que desencadenó protestas en las calles.

En su historia, el personaje de Cuenca se ha convertido en un ser cínico, un escritor que no escribe, pero se la pasa de congreso en congreso, y una persona que desprecia y le huye a su círculo más íntimo.

La anécdota inicial refuerza ese ostracismo voluntario que está experimentando el protagonista, quien describe con una ironía hiriente las típicas reuniones de intelectuales en las que se solía mover. “... El circo usual de cretinos periféricos unidos por la misma autoestima delirante e inversamente proporcional a sus realizaciones”, escribe Cuenca.

“Lo que describo ahí son un poco las fiestas y las conversas del medio intelectual y artístico en Brasil, que son igual en Bogotá y en París, son la misma sensación de burbuja, aislamiento y alienación. De hecho, hago esta crítica también de una manera bastante autodestructiva, porque no me saco, no podría hacerlo”, explica.

Para el final, Cuenca se reserva una exploración más metafísica, que va tomando forma cuando decide comprar un apartamento en aquel lote que fue el epicentro de su fallecimiento y que luego se convirtió en un conjunto habitacional.

De esa manera, el escritor busca ir superando esa etapa de su ‘muerte’. “En cierto modo, me siento un poco afortunado, porque esta anécdota me dio la muerte, pero también una nueva vida, en el sentido de que fue una excusa perfecta para matar un personaje que no me gustaba más, no era útil. El libro funciona como una especie de ritual suicida de un tipo de escritor, de un tipo de hombre, de un tipo de ciudadano que yo era y ahora creo que soy un poco menos”, dice.

J.P. Cuenca nació en Río de Janeiro, en 1978. Es autor de cuatro novelas y un volumen de crónicas. Sus libros fueron traducidos a ocho idiomas. En español publicó El único final feliz para una historia de amor es un accidente (2012) y Cuerpo presente (2016). Ha sido reconocido como uno de los mejores escritores jóvenes latinoamericanos por el Hay Festival Bogotá 39 y fue seleccionado como uno de los mejores escritores brasileños de su generación por la revista británica Granta. Es columnista de The Intercept Brasil y director de A morte de J.P. Cuenca (2016), largometraje relacionado a la novela Descubrí que estaba muerto, exhibido en el BAFICI en 2016.

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