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6 de diciembre de 2019, 7:44:37
ENTREVISTAS


Osvaldo Ballina: “Emocionaba escucharlo hablar a Alberto Moravia de su amistad con Pasolini”

Por Rolando Revagliatti

Osvaldo Ballina nació el 7 de febrero de 1942 en La Plata —donde reside—, capital de la provincia de Buenos Aires, la Argentina. Fue becario de la Fundación Rotaria Internacional en Estados Unidos (1965) y de la Asociación Dante Alighieri de La Plata en Italia (1978). Ha sido traducido parcialmente al italiano, al portugués y al catalán y se ha desempeñado como Jurado de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Buenos Aires y de otros organismos culturales oficiales y de entidades privadas.


Citamos dos de las distinciones obtenidas: Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Comité Central, en 1976, y Premio Consagración de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires en 1996. Como traductor de los idiomas inglés, italiano y francés, ha dado a conocer en suplementos literarios del país, poemas y prosas de diversos autores. Su poesía se ha difundido en los diarios “La Nación”, “Clarín”, “La Prensa”, en “Ñ - Revista de Cultura” y en numerosos medios gráficos y digitales. Ha sido incluido, por ejemplo, en las siguientes antologías: “Nueva poesía argentina” (Ediciones Hiperión, Madrid, España, selección de Leopoldo Castilla, 1987); “70 poetas argentinos: 1970-1994” (selección de Antonio Aliberti, 1994); “Cantos australes – Poesía argentina 1940-1980” (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, Venezuela, selección de Manuel Ruano, 1995); “Cinque poeti argentini” (Edizioni Tracce, Pescara, Italia, selección y traducción de Enzo Bonventre, 1997). Publicó los poemarios “El día mayor”, “Esta única esperanza contra todo”, “Es temprano”, “Aún tengo la vida”, “En tierra de uno”, “Caminante en Italia”, “Diario veneciano”, “Ceremonia diurna”, “La poesía no es necesaria”, “La vida, la más bella”, “Sol que ocupa el corazón”, “Sondas”, “Final del estante”, “Verano del incurable”, “Confines”, “El viaje”, “Apuntes del natural”, “El caos luminoso”, “Oráculo para dones fatuos”, “El pajar en la aguja”, “Prodigios residuales”, “Lejos de la costa”, “Profanaciones ínfimas”, “Memoria de la India”, “Refugio de altura”. Además, los volúmenes “Estamos vivos y vamos a vivir” (Poemas 1971-1992) y “Al dios que sea” (Poemas 1971-2003).

Se han expuesto, formando parte de un catálogo, poemas de tu “Memoria de la India” y dibujos en colaboración, a cuatro manos, de Belén Roncoroni y Abel Robino, quienes más que ilustraciones prefieren denominar “Ilustenciones” —crear tensión entre lo verbal y lo visual—; y más que sobre tus poemas, consideran ellos que fueron concebidos “con, dentro de, anidando en”. Alentaría a nuestros lectores a que busquen en la Red lo que menciono, Osvaldo, si nos transfirieras tus impresiones, y si coincidís, como afirman, con que una de tus principales obsesiones es lo circular.

Fue muy gratificante. Abel Robino, excelente poeta y plástico con quien nos conocemos desde hace años y compartimos puntos de vista estéticos y tenemos en común el producir siempre algo que innove y sea un paso adelante sobre lo que ya uno hizo. A Belén Roncoroni no la conozco, lamentablemente. Todo comenzó porque a Robino le gustó mucho mi “Memoria de la India” y en especial las experiencias que protagonicé “como un bárbaro en la India.” Y lo que más me agradó de todo es que los poemas se encarnaron en ellos. Se apropiaron generosamente de lo que transmitía el libro y lo usaron como plataforma para recrear visiones, sensualidad, exuberancia. Quiero aclarar que la posibilidad de ver la India desde adentro fue porque mi hijo, diplomático de carrera, estuvo viviendo dos años en New Delhi.

Por eso creo que es un hallazgo lo de “Ilustenciones”, que no es otra cosa, convengamos, que la magia y milagro de la palabra como eco que se mete en el otro: uno nunca sabe hasta dónde llega o en qué resulta. En este caso, para mi satisfacción y gratitud, se materializó en las “Ilustenciones”. De ahí que como señalás, una de mis obsesiones es lo circular: el poema que se cierra en el otro como un círculo, el alma humana, con sus tiempos, para mí es también un círculo, lo total, la completud.

Y es prolongando la conexión con las artes plásticas que te pregunto cuál es tu tarea como presidente de la Asociación Amigos del Museo Provincial de Bellas Artes; y si han ido modificándose tus preferencias al paso del tiempo en cuando a pintores o tendencias pictóricas.

La Comisión de Amigos, que tengo el honor de presidir por primera vez, cumple una tarea de apoyo a la labor específica del Museo que lleva el nombre de uno de mis pintores favoritos y que nació aquí, en la ciudad de La Plata: Emilio Pettoruti (1892-1971). A decir verdad, me gusta toda la buena pintura y es algo que siempre fue una curiosidad para mí, recorrer museos por toda Europa, ir a las muestras en La Plata y en Buenos Aires. Lo que busco es investigar otros lenguajes, otras formas, cómo se conjugan y cómo se complementan. Por lo general, en pintura como en poesía, prefiero los lenguajes de ruptura que me proponen algo diferente, no previsible. Entendiéndose por esto, el iniciar un nuevo camino, aun perderse en los laberintos de un imprevisto hallazgo. Algo que quiero mencionar: ver cuadros de Rabindranath Tagore en la India. Yo ignoraba su faceta pictórica.

“Navegando” supe que trataste a Ezequiel Martínez Estrada, y que a Eugenio Montale no sólo lo tradujiste, sino que también has conversado con él. ¿Recrearías para nosotros aquellos encuentros?

Ezequiel Martínez Estrada fue el escritor más bondadoso que conocí. Yo venía de soportar los bombardeos en Magdalena en la revolución del ‘63. Fue algo atroz. Un amigo que iba a Bahía Blanca me invitó a acompañarlo y a conocer a Martínez Estrada, con quien mantenía una larga amistad. Me trató con gran comprensión y me enseñó muchas cosas, aparte de lo literario. Pero lo más impresionante eran los dos gorriones que lo acompañaban por toda la casa. Y se le posaban en los hombros. Les abría la ventana y no se iban. “¿Ve lo que se logra con amor? Así lo hacía Guillermo Enrique Hudson, por ejemplo”. Acababa de escribir el libro sobre Niccolò Paganini. Creo que la Argentina no fue justa con él, como tampoco con Leopoldo Marechal.

A Eugenio Montale lo conocí en abril de 1981: vivía en la via Bigli, de Milán. Era muy cortés, algo parco y como sumido en la tristeza. Me habló de su infancia en la Liguria y de que le habían complacido las traducciones al español realizadas por el poeta argentino Horacio Armani. Cuando yo le señalaba los valores de su poesía, esbozaba una sonrisa y me decía que le hubiera gustado ser tenor. Era amante de la ópera (fue crítico para el “Corriere della Sera”). Cuando le mencioné su premio Nobel, me comentó que le trajo también muchos problemas: le llovían libros solicitándole su opinión, y no faltaba quien le pedía dinero. Después de un momento de silencio, Montale dijo: “La gran deuda de la Academia de Suecia es con Cavafis”.

¿Puede ser que nos des un pantallazo de los viajes de estudio que realizaste?

Los viajes de estudio inevitablemente terminaron siendo viajes de escritura sin habérmelo propuesto. Quizá haya sido —y es— el contacto con “otras voces y otros ámbitos”. El más intenso fue el primero a Estados Unidos, precisamente a New York y New Jersey, auspiciado por el Rotary International. Formé parte de un grupo de estudio representativo de diferentes disciplinas. Fue una experiencia que marca una vida, porque los organizadores locales configuraban el programa de actividades según la especialidad de cada uno. Además estábamos alojados en hogares cuyos miembros tuvieran afinidad con la actividad de cada candidato. Como era gente muy influyente en la comunidad, nos abrían las puertas de los lugares que elegíamos o con los escritores que, en mi caso, quería contactar. Así fue que pude conocer y dialogar extensamente con Edward Albee. Esto es, que nos movíamos desde adentro. Sería largo detallar los nombres y cosas. Pero digamos que yo iba a las universidades, a las escuelas, a difundir mis traducciones al inglés de los poetas argentinos contemporáneos, sobre los cuales no tenían ni idea. Paralelamente participaba en mesas de lectura de poemas. Todo era multiétnico y lo curioso —¡qué interesante el fenómeno poético!— es que el auditorio quería escuchar a los poetas leyendo en su lengua nativa, aunque no entendieran nada después de la versión inglesa. Era lo que más le gustaba.

Aquello estuvo envuelto en el clima de rebelión por la guerra de Vietnam sin represión, a excepción de alguno que otro encontronazo.

Lawrence Durrell escribió que los viajes nacen, no se hacen. En mi caso fue así. El primer viaje fue a la edad justa, como un paso al futuro

¿Y del segundo?...

Lawrence Durrell escribió que los viajes nacen, no se hacen. En mi caso fue así. El primer viaje fue a la edad justa, como un paso al futuro. La segunda beca la gané por concurso en la Dante Alighieri de La Plata. Y también me llegó a la edad justa —a mitad del camino de nuestra vida—, cuando uno empieza a vivir la madurez vital y, otra vez, en mi caso, de palabra. Italia no me negó nada. Tuvo muchas características parecidas a la de la primera beca (lectura, encuentro con artistas, etc.). No quiero ser redundante en este sentido. Como se verá en mi bibliografía hay dos libros “italianos” que fueron escritos “in situ”. Pero a partir de entonces el clima, las imágenes de dicho país se fueron infiltrando en todos mis libros sin excepción. “Confines”, esbozado en Sicilia, “El viaje”, en Venecia, y habría más ejemplos todavía. Desde entonces, regresé y regreso cuando puedo.

En Roma visité a Alberto Moravia, justo el día en que ponía punto final a su novela “Il guardone”. Era un hombre de una inteligencia fría, con mirada escrutadora, muy fino y elegante, características de su ascendencia véneta. Emocionaba escucharlo hablar de su amistad con Pasolini. Le gustaba mucho la poesía francesa. Sobre él —como sobre Montale— escribí artículos para el suplemento literario de “El Día” de La Plata.

¿De los dos volúmenes antológicos de tu obra fuiste el responsable? ¿Con qué pautas se efectuaron las selecciones?

Simplemente se buscó unidad, concisión, y representatividad de un criterio de escritura. La primera antología fue realizada por el poeta Néstor Mux. La segunda antología la confeccioné yo incorporando parte de la primera. Pienso que no tengo nada de qué arrepentirme, aunque aparezca jactancioso, porque es exactamente lo que quería poner y ahí va todo el riesgo. Un escritor tiene que arriesgar en cada libro, procurar nuevas zonas de conocimiento. De otro modo, sería como plagiarse a sí mismo.

Mencionaste a “Confines”: ¿poesía en prosa o prosa poética? ¿Qué opinás que cuadra mejor para denominar los textos que conforman ese poemario?

Los límites entre géneros se han extendido (o desaparecido). Para mí es poesía. Y el poema en sí determina su forma. Eso es todo. Los ejemplos serían innumerables en este sentido entre los más grandes poetas. “Prosa poética” me resulta gracioso. Yendo a instancias diferentes, ¿tendríamos que calificar de “poesía en cine” a tantos films maravillosos? En mi particular visión toda obra de arte tiene el ADN de la poesía, que es como el agua: adopta la forma de aquello que la contiene.

¿No prevés algún volumen que reúna exclusivamente tus versiones al castellano de escritores de habla inglesa, francesa e italiano?

A esta altura de mi vida, he dejado de lado la traducción y no me atrae esa tarea. Estoy abocado (cuando tengo suerte) a mi costado creativo. Por otra parte, la traducción poética me ha resultado siempre muy complicada por todos los resquicios, ritmos, sonidos. Nunca me sentí del todo satisfecho con el producto final. La traducción de un poema es absorbente al punto tal de volver un obseso por una palabra al traductor. Así es por lo menos en mi caso.

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Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de La Plata y Buenos Aires, distantes entre sí unos sesenta kilómetros, Osvaldo Ballina y Rolando Revagliatti.

www.revagliatti.com

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