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22 de julio de 2019, 7:40:56
CRÍTICAS


Jonathan Holslag: "Tres mil años de guerra y paz. Una historia política del mundo"

Pasado & Presente, Barcelona, 2019

Por Ricardo Martínez

No sería exagerado exponer aquí, creo, la importancia del miedo en la oscura trayectoria del hombre histórico, a sabiendas de la importancia de la guerra en la construcción de esa historia plagada de hechos violentos. La especie humana siempre se ha perpetuado, siempre se perpetuará, pero ay! de la especie débil respecto de la fuerte, pues ésta saldrá victoriosa y dominará.


En este sentido -y combinando, curiosamente, dos procedimientos distintos en ese devenir histórico- podemos leer un pasaje en este libro tan profusamente documentado como explícito en sus fines y clarificador en la narración detallada, un párrafo que resulta muy oportuno al marco de presentación argumental: “El espectacular ascenso de Asiria fue posible porque varios reyes capaces ocuparon el trono sin ninguna disputa sucesoria. Su fortaleza radicaba en una combinación de reformas económicas, necesarias para mantener satisfecha a la población” Hasta aquí quedan esgrimidos los motivos de progreso, digamos, haciendo uso de los métodos incruentos. Ahora bien, justo a continuación, se ofrece un relato argumental completamente distinto donde no parece que los argumentos pacíficos hayan predominado; esto es, se reproduciría la fórmula ‘homo homini lupus’ en su valoración más cruenta.

Es cuando, a continuación del párrafo anterior se trata de dar otra de las razones que justificarían el espectacular ascenso de Asiria, momento en el que se alude a la innovación militar: “Los asirios perfeccionaron sus tácticas de asedio de asedio, con arietes y torres de sitio móviles; experimentaron con camellos y con la caballería como alternativas a los enfrentamientos con carros de guerra. Mejoraron las técnicas para templar el hierro y convertirlo en acero. La propaganda destinada a aterrar a los enemigos era bien clara: rendir tributo o morir” Y prosigue el relato con ejemplos harto gráficos para la obtención de sus fines mediante métodos nada amables: “En las incripciones de los muros del palacio de Assurnasirpal II en Namrud podemos leer: Hice prisoneros a sus hombre, jóvenes y viejos. A algunos les corté los pies y las manos; a otros, la nariz, las orejas y los labios. Hice una pila con las orejas de los jóvenes y un torreón con las cabezas de los viejos (…) A los niños y las niuñas los quemé en una gran hoguera” En fin, como para no dejarse convencer por el mejor en la guerra.

Quede de manifiesto aquí, reitero, que el texto es de una riqueza documental y expositiva extraordinarias, lo que hace del libro un trabajo necesario de consulta y conocimiento en el desarrollo de las contiendas guerreras como ejercicio de dominación, ejercicio que en ocasiones una trágica ironía histórica quiso llamar “el arte de la guerra” Arte bien impuro, vive Dios.

A este respecto tal vez no vendría fuera de lugar el recordar aquí la famosa anécdota de la consulta al oráculo realizada por uno de los contendientes antes de la batalla librada entre Persia y su vecina y enemiga Grecia. El oráculo, amparándose tal vez en su condición de tal (entiéndase, vaga definición después del análisis de vísceras de animales y otros métodos más o menos científicos) respondió de un modo bien fácil de interpretar: “Morirás no vencerás”.

¿Es posible, siguen preguntándose los intérpretes de la historia, que un simple signo de puntuación inclinase la balanza de una manera tan trágica, por obvia? ¿Todo un giro en la historia por la simple ubicación de un signo ortográfico? ¿Es que nadie probó a poner la coma después del adverbio ‘no’ en lugar del tiempo verbal ‘vencerás’? Una vez más correspondería al vencedor, al final, hacer la lectura correcta; puso la coma en su sitio y, con ello, su poder (Otras veces las versiones de la Historia guerrera citan distintas respuestas del oráculo: "Irás vencerás nunca en batalla morirás" Pruebe el contendiente a colocar las comas).

El hombre, y los oráculos, y las ansias de posesión y dominio no tienen remedio. De ahí que haya que volver a recordar la historia. Ahora bien, si es a través de libros como el que nos ocupa el tiempo empleado no habrá sido en vano: la didáctica más precisa, para quien quera entender, está garantizada.

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