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20 de septiembre de 2019, 3:46:58
CRÍTICAS


“La gota infinita del deseo”: los aforismos de Roger Swanzy

Amargaord, 2018

Por José Antonio Olmedo López-Amor

Inspirado por una exposición pictórica que ofreció el ya desaparecido y emblemático espacio cultural valenciano Café Malvarrosa, Roger Swanzy (Texas, 1963) compuso su primer libro hasta la fecha, una colección de aforismos titulada "La gota infinita del deseo" (Amargord, 2018). Inducido a la intuitiva creación y quizá somatizado por la arquitectura cromática de los artistas plásticos Salva Nebot y Ximo Amigo en 2014, este traductor y licenciado en Literatura Inglesa sometió a la síntesis y demás formalidades del aforismo todas sus ocurrencias.


Este punto de partida trasciende en algunos aforismos un cromatismo por contagio: «Santa oscuridad…»; « […] abrazo de las sombras». Ello deviene en un imaginario que encuentra su natural metáfora en lo visual.

El compendio aforístico viene precedido de dos significativas citas de Pedro Calderón de la Barca. En ellas, Swanzy nos previene acerca de la dicotomía entre el cuerpo y el alma como graduales partes de un ángulo global en el que el arte es diametral bisectriz del amor: «La unidad es la forma del agua, la sed es una esencia del alma, el agua tiene sed de ti».

Estos, cerca de cuatrocientos aforismos, han sido publicados en orden cronológico respecto a su concepción, dato que aporta el gran poeta valenciano Juan Pablo Zapater en el epílogo al libro. Esta presentación, además de formar un recorrido de lectura análogo al itinerario creativo —con todas las iteraciones temáticas y deslumbramientos que ello conlleva—, manifiesta una tendencia del autor a adelgazar sus aforismos, los cuales comienzan a resolverse entre los cuatro y un renglones para terminar culminándose entre uno y dos.

Esta tendencia a la brevedad es síntoma de madurez expresiva —teniendo en cuenta que el español no es su lengua vernácula— pero también, de la intertextualidad del libro consigo mismo: el autor aprovecha lo dicho en las primeras páginas del libro para jugar con las elipsis, la figuración enclítica o lo tácito implícito. Dicho tratamiento cohesiona sus partes y lo convierte en un macrotexto de naturaleza palimpséstica.

El diseño de cubierta del libro, a cargo de Gemma Pérez Canales, ilustra con apenas elementos un claro mensaje: todos procedemos de un acto sexual entre dos amantes. Es decir, no somos ajenos a ese amor que conduce o incluye al erotismo, al contrario, provenimos de él. Y es el erotismo solo un punto de partida para erigir una aforística al amor, al deseo, al cuerpo, a la soledad o a la belleza: verdaderos protagonistas de este viaje en pequeñas dosis de filosofía e ironía.

El tono apologético hacia el amor y sus innumerables afecciones resulta en una exaltación de la vida que compone su propia gramática del anhelo. Reconocernos en el otro, sentir en él nuestro vacío es el resorte que invita a desear, a apasionarnos. Swanzy no invoca el placer como fin de un sistema sensorial de vocación hedonista, sino como una llave que da acceso a otra dimensión de la conciencia.

El propio Zapater llama «ocurrencias líricas» a los aforismos de Swanzy y no le falta razón. Algunas de sus sentencias cuadran su ritmo con el patrón alejandrino: «Las madres tienen una voz que nos acaricia».

En líneas generales, lo lírico de estos aforismos deviene en un romanticismo que resulta elegante, dada la sensibilidad del autor, sin ser empalagoso. En ocasiones, la dificultad de evitar los lugares comunes —algo a lo que se enfrenta todo escritor romántico— es sorteada con la elección de un nuevo punto de vista del hablante lírico: «En tus entrañas, espero el relámpago que eres»; «Ella ponía el listón tan alto que él no podía pasarse de listo».

Swanzy dota a sus aforismos de humor, crítica, duda o certeza, según convenga al natural discurso de una conciencia embebida de su experiencia vital y subyugada por la significativa —y quizás análoga— abstracción del arte.

La liquidez del punto de vista abarca lo descriptivo de un nanorrelato: «El vestido cayó en silencio. Muy pronto iba a empezar el abrazo de las sombras»; la enunciación dialogística: «Eva. Todas las frutas hablan de ti»; o la definición perifrástica: «Beso. La palabra invisible que flota en cada cuadro».

El afán de Swanzy por ser original y no redundar en lo ya dicho le lleva sin tapujos a romper el cliché: «Eres la gota que colma el beso».

La perturbadora provocación que puede sentir un voyeur frente a sus tentaciones físicas se presenta salvaje o domada, según el momento angular emocional del autor en el momento de su enunciación. Decir, es pervertir, en boca del irreverente: en la desautomatización de lo correcto reside buena parte de la reinvención.

Hemos hablado de romanticismo, de sensibilidad, como temas y formas conductistas de la expresión, pero ello no implica que el autor rehúya ser visceral, carnal o hasta pornográfico en algunos pasajes: «Cautivo de calor y con la revista en la mano, las caricias nocturnas quieren convertir la oscuridad en miel»; «Descubrimiento adolescente: la saliva es un lubricante».

Es tal la correlación entre los elementos que equilibran algunos aforismos, y es tal, también, su universalidad como símbolos, que de la inversión de ambos —cuando el sistema es binario— nacen otros aforismos no escritos que nacen y viven durante solo unos segundos en la mente del lector: «La complicidad siempre busca un guiño» (pág. 50); «Saber inventarse es otra forma de mirar» (pág. 45); «Soñamos ver las fotos invisibles de los ruidos» (pág. 45).

Editados a razón de entre siete y diez aforismos por página, la poética de Roger Swanzy se revela humana y telúrica, dinámica, efusiva y palpitante. Atender la anatomía del cuerpo humano es auscultar la fisicidad del universo, contemplar la maqueta fractal de un todo dividido en muchas partes que se necesitan. En la alteridad se representa esa sed de unión que padece el huérfano de axiomas y de tiempo; en el amor, la gravedad de los cuerpos: «La seducción es la estructura oculta del cosmos».

Roger Swanzy nació en Denton, Texas, en EEUU, en 1963. Licenciado en Literatura Inglesa y Norteamericana en Austin College, Sherman, Texas (1986). Trabajó como artista escénico en el Dallas Theater Center durante dos años (1986-1988). Obtuvo una beca del Gobierno de Taiwán para estudiar chino en Taipéi (1988-1990). Actualmente es traductor autónomo especializado en traducciones técnicas, comerciales y literarias. Ha realizado traducciones para catálogos de exposiciones de varios artistas españoles como Gabriel Alonso, Juan Cuéllar y Marina Núñez, entre otros. En colaboración con Editorial Media Vaca, ha traducido el libro, La vida secreta de los libros (Media Vaca, 2003). Reside en España desde 1990 y actualmente vive en Valencia.

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