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21 de octubre de 2019, 2:16:28
CRÍTICAS


Mario Agudo Villanueva: "El bestiario de las catedrales"

Almuzara eds., Córdoba, 2019

Por Ricardo Martínez

El imaginario, como forma consustancial de todo discurso humano para sustentar una forma de enseñanza, ha estado presente siempre en los arcanos de la formación religiosa. Acaso, de una parte, por razón fundada del aserto chino que ‘más vale una imagen que mil palabras’, o bien, sencillamente, porque los ‘santos’ de las primeras lecturas infantiles vienen, una vez más, a justificar que para nuestra comprensión de las cosas, el verlas en su representación, el poder darles realidad con nuestros sentidos, les otorga más trascendencia, más fiabilidad. Así somos.


Al tiempo, tal como señala en distintos pasajes del libro el autor, es difícil atribuir un significado concreto, específico, determinado a una imagen que pueda aparecer en la iconografía de los relieves. De ahí que: “No sabemos si las águilas pareadas, a veces enfrentadas, a veces con las alas desplegadas, que encontramos en capiteles de las iglesias románicas pueden representar las almas” Y cita algún ejemplo concreto tal como “el arco toral policromado de la iglesia de San Esteban y en la fachada de la basílica de San Vicente, ambas en Ávila, o en San Pedro de Cervatos, Cantabria”.

En lo que no caben muchas dudas es en la verosimilitud de una voluntad didáctica que encierran las figuras representadas en muros o capiteles, pues su simbología viene respaldada por argumentos explicativos bien desarrollados en los bestiarios medievales, a saber: “El pelícano es enemigo de la serpiente, pues el reptil quiere comerse sus polluelos. Para evitarlo, el ave construye sus nidos en alto y los protege con un muro hecho de ramas, pero el depredador expele su veneno para matar a las crías” Y añade aún: “Tras descubrirlo, el pelicano vuela hasta una nube, se golpea con las alas para hacerse sangre en el costado y deja que las gotas caigan sobre su prole, que es resucitada. En este sentido, se interpreta el pelícano como el Señor y a los polluelos como Adán, Eva y su estirpe” Al fin, concluye: “Como el lector puede imaginar, la serpiente es el maligno”.

Todo un documental de naturaleza, de la que formamos parte, de donde deviene, mediante interpretación cristiana, la enseñanza que ha de desprenderse en todo aquel que haya sido alimentado por la fe; por la esperanza de la fe.

Aun hoy, pues, podríamos decir que la belleza armónica derivada de toda construcción podría venir aderezada de deducciones constructivas, espirituales, que nos previenen de aquello que constituye nuestro mal, nuestra amenaza: el pecado, esa privación de la gracia necesaria para obtener el bien más deseado, el cielo una vez acaecida la inevitable, inexcusable muerte.

Es así, entonces, que la imagen, en aquellos tiempos plagados de sombras culturales, eran un medio especialmente eficaz para transmitir ideas, discursos intencionados. Ello a sabiendas, por ejemplo, que “aunque cualquier símbolo tiene dualidad de significados, incluso completamente opuestos, el románico –período rico, ciertamente, en iconografía didáctica- usó ciertos animales con predilección para manifestar el bien y otros como formas del mal. Las aves como la cigüeña, el águila o la paloma simbolizan el anhelo del espíritu por alejarse de lo terrenal en busca de valores más altos. El león, por su parte, representa nobleza y fuerza. Son animales que ‘guardan’ el templo. No impiden el paso al recinto sagrado pero advierten que el umbral divide lo sagrado de lo profano.

A partir de ahí, derivado de ello, tal como diría el clásico, ‘quien leyere que entienda’.

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