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23 de febrero de 2020, 10:09:46
ENTREVISTAS


Ángel Olgoso: "Vivir en la periferia contribuye a la invisibilidad"

Autor del libro de relatos "Astrolabio"

Por Francisco Jiménez de Cisneros

El escritor granadino Ángel Olgoso es uno de los autores de referencia del cuento en castellano. Ha publicado los libros de relatos Los días subterráneos, La hélice entre los sargazos, Nubes de piedra, Granada año 2039 y otros relatos y Cuentos de otro mundo, entre otros. Ahora reedita Astrolabio, en edición ilustrada, uno de los clásicos contemporáneos de la literatura fantástica española.


Empeñado en lograr el cuento perfecto, Ángel Olgoso se acerca en Astrolabio, un clásico del relato donde insiste en una narrativa fantástica, de cuyos maestros, temas y estilos demuestra ser un profundo conocedor. Creador de un mundo propio, de un corpus al mismo tiempo intenso y estético, asombroso e inquietante, cautiva al lector con su minimalismo barroco, con su carácter proteico, combinando —como Baudelaire— lo ideal y lo terrenal, lo cotidiano y lo infinito. Los cuarenta y tres cuentos de que consta este volumen, ilustrado por Marina Tapia, resumen su dominio del género.

¿Qué es Astrolabio? ¿Tiene el libro unidad temática?

Es un conjunto de relatos independientes, un libro poliédrico con una gran variedad de registros, en el que me permití zarandear un poco el cuento tradicional. El título hace referencia no sólo al instrumento de navegación, sino a la posibilidad que tiene el lector de visitar en un mismo libro diferentes latitudes geográficas y temporales. Remite además a la unión de dos magnitudes distintas, "astro" y "labio", lo colosal y lo diminuto, lo ardiente y lo tibio, la violencia cósmica y la caricia sutil, lo lejano y lo cercano. Creo que esta diversidad de mundos, esta variedad de texturas enriquecen el libro, éste y cualquier otro. Contiene distintos géneros y subgéneros, distintos registros narrativos, finales abiertos y cerrados. Hay revisitaciones históricas, relecturas mitológicas, piezas policíacas, metaliterarias, orientales, hay paradojas científicas, epifanías, juegos temporales, personificaciones de animales y objetos… Pareciera que lo cotidiano y lo fantástico, lo trágico y lo grotesco, lo poético y lo delirante no tuvieran la menor relación entre sí, pero pueden ser diferentes facetas de un prisma e, incluso, integrarse en una misma entidad. Uno de los primeros lectores de “Astrolabio” me comentó que le había parecido casi un menú de Ferrán Adriá, muy variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes. Y es cierto que ese ideal de depuración, de mezcla de magia, emoción y laboratorio ha estado siempre presente. Siguiendo con este símil culinario, a la hora de crear esa especie de dioramas que son mis relatos, me gusta retirar la aparatosa carcasa de la historia, los menudillos de la psicología y de la genealogía, la grasa de los tiempos muertos, y dejar sólo un texto destilado, donde a lo sumo aparece el tuétano de los personajes y el aroma concentrado de la atmósfera.

¿Qué ha supuesto publicar en una editorial como Reino de Cordelia?

Una gran felicidad. Lo cierto es que ha sido todo un privilegio que se me permita el paso a esa cueva de las maravillas que es el catálogo de Reino de Cordelia, repleto de joyas clásicas y modernas, creadas para la fruición de los sentidos, con un papel, unos detalles gráficos y una tipografía que son toda una tentación para los lectores ávidos de belleza. La heterodoxia literaria, la valentía y el buen gusto plástico de Jesús Egido como editor son fascinantes. Y no sólo publica libros de múltiples formatos y géneros, no sólo los imprime con cariño y con el resultado palpable de un encanto material, sino que presta especial atención a los autores españoles. El hecho de que Jesús confiese que edita los libros que le gustaría comprar, ya es la mejor garantía.

Astrolabio cuenta con las ilustraciones de la artista chilena Marina Tapia, ¿cómo fue la colaboración?

Una sintonía creativa absoluta. En su generosidad sin límites, Marina ya había realizado una exposición de pintura a partir de relatos míos (Onírica), con el reto añadido de integrar en los cuadros cada uno de los textos. Luego ha querido ilustrar Astrolabio, el primer libro mío que leyó y que le había dejado una impronta especial. Marina es canela en rama y su creatividad milagrosa, doy fe de ello: sus maravillosas y sugerentes ilustraciones no sólo potencian el minimalismo a la vez barroco y abocetado de los textos, sino que los iluminan con otra luz y con otras sombras, vitaminizándolos con el soplo de poesía y gracia propio de su arte y su persona, lo que ha supuesto un privilegio y un placer. Marina es esencialmente poeta -yo diría que de nacimiento- pero las palabras no son su única habitación, como para Emily Dickinson. Las palabras son, eso sí, la estancia principal de la casa creativa de Marina, que contiene sin embargo otras piezas más coloristas y comunitarias, la de la pintura y la ilustración, la de los títeres, la de la transmisión poética oral, o la del contagio por la belleza y el conocimiento.

En la nota de prensa se dice que considera Astrolabio parte de una trilogía...

Curiosamente, el primero en tener esa percepción fue el escritor Miguel Ángel Muñoz quien, en la entrevista que me hizo para El síndrome Chéjov, aventuró que Los demonios del lugar, La máquina de languidecer y Astrolabio daban la medida perfecta de una especie de trilogía, que La máquina era una síntesis entre el fantástico expansivo y total de Los demonios y el planteamiento poético y concentradísimo de Astrolabio. Me pareció una reflexión muy atinada y, desde entonces, la bauticé en su honor como “trilogía involuntaria”. Si el sombrío Los demonios del lugar fue un descenso concéntrico y alucinado a los infiernos, y Las frutas de la luna una visión de conjunto de la especie, una cosmogonía con aura fatalista, Astrolabio tiene una atmósfera menos oscura, su caligrafía es mucho más lúdica. De hecho, está muy presente el juego formal en el tratamiento de los distintos temas y registros, como una sucesión de sensaciones físicas y placer intelectual. No obstante todo lo cual, literariamente vengo del estilismo y la imaginación (por citar unas pocas esencias españolas, Cunqueiro, Azorín, Miró, Aldecoa, Perucho, García Pavón, Dieste, Gonzalo Suárez o Ferrer Lerín), un cauce nutrido por dispares y exigentes afluentes, y en sus confluencias he aprendido que escribir es un fin y no un medio y que el objetivo único es el texto.

"El romántico que hay en mí sigue buscando fuego sagrado y consuelo en la literatura"

Suele recurrir al misticismo, ¿qué le atrae de él?

En este libro sólo hay un par de relatos que se acerquen a esas experiencias místicas, pero suponen una vía apasionante para la literatura imaginativa. De todas formas, aun reconociendo que no somos más que pobres realidades pasajeras, el romántico que hay en mí sigue buscando fuego sagrado y consuelo en la literatura, en la belleza, que proponen una exquisita conciliación de las asperezas de la realidad con la idealidad del arte. Al escribir, no sólo te zambulles en las aguas miríficas de la libertad, sino que logras la satisfacción impagable de abolir el tiempo y el espacio; no sólo transcribes la realidad, sino que interpretas el mundo, subjetivas la materia, consignas los sueños, te asomas lo más profundo de la condición humana. Me temo, además, que para escribir más de medio millar de narraciones hay que recurrir, por fuerza, a un amplio muestrario de temas. Por otra parte, es lógico que me atraiga algo que etimológicamente designa lo cerrado, arcano o misterioso. Las experiencias místicas, los placeres inefables, las percepciones extrasensoriales y las manifestaciones físicas como la bilocación son temas apasionantes, vetas que la literatura de fabulación puede explorar con toda naturalidad.

Luchaba por cada átomo de imaginación, por poner sobre el papel, de la mejor manera posible, una visión genuina

En todos los relatos de Astrolabio hay cierta invitación al pensamiento, a la reflexión. ¿Los cuentos deben hacer pensar?

Claro, por algo tenemos la misma necesidad de misterio que de explicación, pero esos pensamientos deberían venir por añadidura, a posteriori, no durante la acción. Me gustan los relatos que acompañan al lector mucho tiempo después de su lectura, como un ascua incandescente de la que no puede desprenderse. Muchos de mis relatos, al ser visiones entre lo real y lo onírico y tener un contenido simbólico, se prestan a distintas interpretaciones. Me gusta que el lector se enfrente a cada relato no sólo como un acabado artefacto narrativo sino, también, como una revelación. Cualquier registro es válido en un relato si con él se consigue dar en la diana del lector y hacerle sentir o reflexionar: como dice la máxima del maestro presocrático, espera y hallarás lo desconocido.

¿De qué relato del volumen se siente más satisfecho?

No podría decantarme por uno sólo de sus textos. Humildemente, pese a las dudas que siempre acompañan la búsqueda gozosa y dolorosa del trabajo creativo, pienso que en este volumen hay al menos una docena que se acercan a la idea que tenía en mente cuando comencé a trabajar cada uno de ellos (El papel, Árboles al pie de la cama, La mujer transparente, El lamento del dinosaurio, Tributo, La ciénaga, Los buenos caldos, El incidente Avellaneda, Todas hieren o Caballeros de los puentes). Ese equilibrio tan difícil entre forma y contenido es lo que suele hacerlos especiales para mí. Pero también destacaría el relato que abre el libro, Espacio, que supone toda una declaración de intenciones a favor del poder de la brevedad, de la prosa depurada y exigente, de su aterradora economía, de su mágica fulguración.

¿Sigue siendo Granada sinónimo de ciudad de escritores? ¿Deben pagar sus creadores un peaje por la lejanía?

No hay duda de que vivir en la periferia contribuye a la invisibilidad, no sé si fatal o afortunadamente. Y si para escribir es importante armarse con una perseverancia inhumana, con una coraza contra la desilusión, hacerlo en provincias alejadas de la Corte lo es aún más. Durante casi tres décadas, respiré el vivificante aire del fracaso, choqué contra un muro de silencio, acostumbrado a que mis libros fueran rarezas o carecieran de distribución. Como decía Bernard Shaw, florecí antes de los veinte años, pero casi nadie aspiró mi aroma hasta después de los cuarenta. No me importó ir sumando lectores uno a uno, de forma literal, porque además de guiarme por mi individualismo un tanto feroz sólo luchaba por cada átomo de imaginación, por poner sobre el papel, de la mejor manera posible, una visión genuina.

En Granada sigue habiendo una concentración cultural apabullante (la Academia de Buenas Letras, el Ateneo, el Centro Artístico, el Centro Lorca, La Asociación del Diente de Oro, la Universidad, el Institutum Pataphysicum Granatensis, del que soy fundador y Rector, etc.) y una nómina caudalosísima de poetas y narradores, muchos interesantes y algunos extraordinarios, que intentan someter sus sueños por escrito con un enorme grado de pasión y de talento. Es lógico que los creadores nos esforcemos por alcanzar cierta visibilidad, pero el camino principal, el que nunca debemos abandonar, es ese camino misterioso que va hacia el interior, porque -según Novalis- es en nosotros y no en otra parte donde se halla la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro.

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