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27 de septiembre de 2020, 10:05:19
CRÍTICAS


"El peregrino. Los años perdidos de Jesús", de Thor Jurodovich Kostich

Ediciones Luciérnaga
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez

Estamos ante una de las variadas obras, relativas a la evolución de los años perdidos del Hijo de Dios. Parece ser que, siguiendo a los mahometanos, Cristo sería descendido de la Cruz todavía vivo, y se crucificaría en su lugar al pobre de Simón de Cirene, quien tras la requisa romana, el padre de Alejandro y de Rufo, sería colgado en el madero del monte Golghota o de la Calavera.


Pues bien, el autor de esta obra retuerce, más si cabe, todo este tipo de investigaciones, para concebir la teoría de que Cristo pasó a mejor vida, sub altare Dei, en la India. Th. J. Kostich es definido como escritor especializado en antropología de las religiones, por treinta años. Su toma de postura se resume en su prólogo: “Aunque tal vez la tumba más relevante de todas, por la posible unión con sus años perdidos y por la historia que se ha tejido a su alrededor, sea la que está entre las altas cumbres del Himalaya, en la India, en la provincia de Cachemira, en la ciudad de Srinagar. Su tumba es conocida como Rozabal, donde descansa Yuzafaf, el nombre con el que los habitantes de la región conocen a Jesucristo. Acompañadme para conocer la verdad”.

Todo lo que antecede dejaría sin efecto el dogma cristiano por antonomasia, que es el de la Resurrección, cuyo paradigma es la Santa Sindone de Turín. Sinceramente, y tal como era la cultura sociológica de los seguidores de Cristo y el Israel en el que habían nacido, que problema podría existir en que negasen un posible enlace marital y tener algunos vástagos, cuando este hecho era esencial para todos los hebreos que se preciasen. Además, el más importante de sus apóstoles estaba casado, es decir Simón Pedro. Comienza sin aceptar la nacencia de Cristo en Belén de Judá y en el mes de diciembre, lo que tampoco es dogma de fe, ya que es muy posible que los nuevos cristianos tratasen de aprovechar las fiestas paganas romanas del momento, las cuales concitaban muchos seguidores.

Lo que el escritor ignora, es que los pastores eran la cola social de entre los hebreos, por lo que el hecho del anuncio a los pastores es una pura ironía por parte de Yahvéh. Pensar en que fuese malicioso el análisis realizado por Mateo y Lucas, es inexplicable. Por supuesto, que se puede aceptar la equiparación entre Jesús y el Sol Invicto, ya que hasta los papas lo aceptan. ¡Ah!, por cierto hay un error en la traducción del prefecto del pretorio que es Pilato y no Pilatos. Es público y notorio el influjo de Constantino para el enaltecimiento del cristianismo. Cristo nació entre los años 4 y 8 a. C. siguiendo la cronología de la muerte de Herodes I el Grande. Es imposible pensar en ninguna conjunción planetaria, cuando el relato evangélico indica que la estrella se colocó encima del portal. Lo de considerar a José de Arimatea como el guardián del Santo Grial y tío-abuelo de Cristo es una invención, ya que su nombre no se cita más que en dos ocasiones evangélicas.

A partir de aquí, el relato del autor se desliza hacia el desideratum, ya que indica que acompañado por José de Arimatea llegó, en un primer viaje antes de su pasión, hasta Albión y entabló contacto con los druidas. Aunque será San Agustín, en el siglo VI d. C., el que comience a sembrar la semilla del cristianismo en la tierra de los celtas britanos. Como es necesario adornar la evolución literaria, aparecen las cruzadas y el santo grial. Parecer ser que Cristo era un admirador de Alejandro Magno III de Macedonia, a la par que conocía las vidas y milagros políticos de Ramesses II el Grande de Egipto, Darío I de Persia y Nabucodonosor II el Grande de Babilonia. Entre elucubración y elucubración, el autor coloca textos novelados que sirven de ligazón para explicitar sus teorías, entre texto y texto evangélico. Será del contubernio intelectual entre el obispo Osio de Córdoba y el emperador Constantino, donde nacerá la iglesia del Santo Sepulcro, remedando el mausoleo de Alejandro Magno en Babilonia. Cristo se dirige hacia el Hindukush, camino de su destino final cachemirense; no obstante, el autor reconoce que no existe ningún texto documental que confirme que el Hijo de Dios estuvo en la India, en el Nepal o en el Tíbet, pero como, según el autor, la vida conocida de Cristo está llena de tergiversaciones, errores y manipulaciones, todo vale para llegar a Cachemira.

También aparece, ¡no faltaba más!, la relación; absolutamente falsa e inexistente; entre Pío XII y Adolf Hitler; y el secreto vaticanista de evitar que se desvelen los secretos bien guardados de los primeros evangelistas, y las cartas acreditativas del peregrinaje de Cristo a la India. Utiliza los textos del filósofo francés Esnest Renan para indicar el anarquismo de Cristo, y se equivoca en lo relativo a la divinización del Mesías, quien en ninguna circunstancia es considerado divinidad por los hebreos, sino un hombre enviado por Yahvéh-Dios. También ha seguido los textos novelados de “La vida del Santo Issa” por Nicolás Notovitch, quien escribe: “Abandonó entonces Nepal y las montañas de Himalaya, descendió al valle de Rajputana y fue hacia el oeste, predicando a diversos pueblos la perfección suprema del hombre”. El autor indica que Cristo conoce su apresamiento, y prepara con María Magdalena el ungüento que le permita sanar de sus heridas, todo ello lo ha aprendido de los druidas britanos en el primer viaje ya mencionado. Tras su pasión, y desde Egipto preparará su viaje a la India, con María Magdalena ya su esposa, con Sara y Jesús sus hijos, con José de Arimatea, y con su madre María. En suma, es preciso leer este libro para conocer otras opiniones no muy científicas sobre Cristo, por lo que lo recomiendo sin ambages. Totus aut nihil!

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