Edición testing
15 de agosto de 2020, 22:44:58
ENTREVISTAS


Conversación con Julia d´Aubigny, una diva y espadachina, en su 350º cumpleaños

Por Vic Echegoyen

Después de pasar seis meses pergeñando la novela histórica “La Voz y la Espada”, ambientada en 1700 en Versalles, sobre las aventuras, amoríos y venganzas de la famosa e infame cantante y espadachina bisexual Julia d’Aubigny, conocida por sus admiradores como “La Maupin”, y por el jefe de la policía de París como “la Peste”, creía que, al ponerle punto y final, ya lo sabía todo sobre esa mujer, y no guardaba más misterios. «Por fin», pensé con alivio y nostalgia, «ya puedo devolverte a la biblioteca de historias rocambolescas de la Historia, a la vitrina con el rótulo: “Historias silenciadas para adultos”, y darle doble vuelta a la llave».


No fue así: el espectro invocado se negó a regresar a las sombras y empezó a incordiar día y noche con preguntas que me divertían, viniendo de una mujer nacida hace 350 años, y con provocaciones que hasta un periodista del Siglo XXI no osaría publicar. Comprendí que o la dejaba hablar, o no me dejaría en paz: si algo he aprendido de Julia, es que siempre se sale con la suya.

Le di cita en la biblioteca. Se me apareció en una taberna, con una botella de Borgoña en la mano. La descorchó de un mordisco, escupiendo el corcho con puntería letal al televisor que retransmitía un concurso de niños cantantes. Para ser un fantasma, pisaba fuerte: con el sombrero de plumas encasquetado sobre su melena negra, tizona al cinto y ojos como carámbanos que me clavaron en la silla, la reconocí al instante.

- Señora Maupin, si os pregunto algo, ¿quién responderá: “La Voz” o “La Espada”? ¿O tal vez “la Dama de Picas” o “el Lirio de Acero”?

- ¡Ja, ja! ¿De veras os habéis creído las enormidades que cuentan los panfletos? Soy inofensiva, lo juro. Además, aunque os retara a duelo (y os ganaría), intento no matar nunca.

- Si os referís a los panfletos de vuestro tiempo, sí los he leído, pero hasta Wikipedia dice cosas aún peores de vos: ¿qué sois, quién se esconde bajo los calzones de caballero?

- Preguntádselo a mis amantes: uno dirá que soy una mujer que maneja la espada como un mosquetero; otro, que bebo como un corso; otro, que juro como un ahorcado… y todos, que amo como el sultán de un harén.

- ¿Todos, o todos y todas?

- ¿Qué majadería es esa? Si digo todos incluyo a todos, hombres y mujeres, flora y fauna. “Todos y todas”… ¿quién se ha inventado esa ñoñería?

- Hoy se dice así, todos y todas, ellos y ellas, empleados y empleadas, mencionando siempre a las mujeres, para que no se sientan menospreciadas como en vuestra época; hay leyes para evitar discriminarlas incluso de palabra.

- ¡Vaya! En mi época no nos sentíamos menospreciadas por una palabra de menos o de más: éramos… somos amantes, madres, trabajadoras, amas de nuestra casa, y cada una se defendía como podía, con un sartenazo, un amante fornido o una espada; no perdíamos tiempo en tonterías. Las palabras son solo palabras, y la ley sirve al más fuerte: ¿o acaso hoy las palabras os protegen de un violador o un borracho celoso? No contestáis; veo que el mundo no cambia. Más vale enseñaros a protegeros solitas desde niñas, como hizo mi padre conmigo, y eso no se consigue con palabrería.

- Y yo veo que esquiváis mi pregunta: ¿todos vuestros amantes, hombres y mujeres? Pues, amén de decenas de hombres de todas las clases, pegasteis fuego a un convento para raptar a una novicia, y habéis seducido a sopranos, compositoras y a la marquesa…

- Alto ahí; nada de nombres. ¿Es que hoy ya no valoráis la discreción? Lo que ocurra tras las puertas de una alcoba ahí queda, y no le incumbe a nadie. ¡Parecéis más obsesionados por mi intimidad que los cotillas hace 300 años!

- Perdonad, me choca que pidáis discreción, cuando vos vestíais como un varón, y fingíais ser un hombre y hasta un “castrato”.

- ¿Por qué no voy a vestir como quiera? Muchas mujeres de mi época vestían y peleaban como un hombre, y amaban a hombres y mujeres. Conocí a unas cuantas: las sobrinas del cardenal Mazarino, Hortensia y María; la poeta Afra Behn, la reina Cristina de Suecia, la condesa de Sussex... Y había hombres que vestían y se maquillaban como mujeres, como el hermano del Rey Sol: un militar brillante, casado felizmente, pero que también convivía con un hombre. Ni nuestro sexo ni el sexo de nuestra pareja nos definía: éramos así, y así lo aceptábamos. No era una moda, ni una forma de llamar la atención... ¡Pardiez! Releed los clásicos y los maestros medievales: así ha sido hace mil años, hace trescientos, y ahora. La Naturaleza no rinde cuentas ni se justifica. Mi marido, mis amantes y hasta mis enemigos lo aceptaron, y me asombra el revuelo que causa hoy mi vida.

- Tal vez porque pensamos que hace 300 años las mujeres, y más si eran pobres, huérfanas y plebeyas como vos, no podían estudiar, trabajar ni aspirar a ser más que una esposa y madre sumisa, invisible y sacrificada…

- ¡Ja, ja! Perdonad; sí, las había, entonces y ahora. Pero, como pasaban mucho tiempo en casa, se reunían para coser y compartir trucos domésticos para cocinar, cuidar enfermos, etcétera, y podían ayudarse entre ellas: quien sabía leer, o trabajaba en un taller junto al marido, enseñaba a las otras. En los orfanatos les enseñaban a leer, escribir y hacer cuentas, y a menudo también un oficio con el que ganarse la vida.

- Pero no negaréis que muchas veces las obligaban a casarse por dinero o para ascender en la jerarquía social.

- ¡Touché! Mi querida Cecilia huyó conmigo, creyendo que yo era un hombre, para evitar que la casaran con un viejo. A mí me casaron con un desconocido. Pero podía haberme negado, y elegir el convento, una casa de viudas para aprender un oficio, trabajar en una posada, o lanzarme a la aventura y buscarme la vida. A los dieciséis años, eso es lo que elegí: la aventura y la libertad.

Si las mujeres hemos sobrevivido hasta hoy, y triunfado en muchos casos, ha sido a fuerza de obligarnos a dar lo mejor de nosotras en el trabajo

- Pero os convertisteis en una fuera de la ley y la policía os persiguió en toda Francia.

- No me buscaban por dejar a mi marido, vestir de hombre, ni enamorarme de quien quisiera, sino por vengarme de tres malnacidos que me destrozaron cuerpo y alma, y marcarlos para el resto de sus vidas. O sea, por hacer justicia donde no la había: eso no se perdona, ni entonces, ni ahora. Pero mereció la pena; por eso, entonces y hoy volvería a hacerlo.

- La espada: un arma de caballeros, de tú a tú, que ya no se usa. Ahora hay fusiles, bombas, máquinas que transportan explosivos a distancia y los lanzan sobre el enemigo, sin bajas en las propias filas y sin mancharse las manos: ¿qué decís de las armas de hoy?

- Que son cosa de pusilánimes. Un insulto a la valentía, la estrategia y la astucia que distingue al vencedor. Toda guerra es una salvajada, pero hay formas y formas: ¿qué mérito tiene matar así? ¡Hasta el artillero de un cañón se juega la piel! Conocí a un bandido que peleaba con la navaja, a pecho descubierto, y a un general que cargaba al galope al frente de sus tropas, y ambos habrían colgado de una farola al inventor de esta barbaridad: ellos no la emplearían contra ningún enemigo.

- Hablando de enemigos, ¿qué les diríais ahora a los vuestros? ¿Existe el perdón?

- ¡Ah, habéis descubierto el nudo gordiano entre teólogos y humanistas, entre el duque de Luynes y yo! ¿Existe el perdón para crímenes imperdonables? Veo que tampoco vosotros habéis resuelto ese dilema, al que tarde o temprano todos nos enfrentamos… Sé que Dios, en mis tiempos, y lo que hoy llaman sicología, nos empujan a perdonar: la diferencia es que antes el perdón era un regalo, un sacrificio generoso que hacía la víctima a su verdugo sin pedir nada a cambio, ni siquiera su arrepentimiento, y hoy se lo regala la víctima a sí misma para olvidar y sentirse bien; el fin que persigue hoy, aunque comprensible, es egoísta. No, no siempre es posible el perdón; solo la justicia, y a falta de ésta, la venganza.

- Y a una mujer de hoy, artista o trabajadora, ¿qué le diríais?

- Si es artista no puedo enseñarle nada, porque es una mujer dos veces trabajadora. Entonces y ahora, seguimos libradas a nosotras mismas. Si hemos sobrevivido hasta hoy, y triunfado en muchos casos, ha sido a fuerza de obligarnos a dar lo mejor de nosotras en el trabajo, el escenario o el campo de duelistas, sin esperar concesiones ni trato de favor, porque sería admitir que somos inferiores, y no estamos a la altura. En la escuela de pajes de Versalles o en la pista de prácticas me pegaban igual que a los chicos; si me fallaba la fuerza o la pericia, era mi problema, y era yo quien debía superarlo, porque en la vida real la espada no permite ni un fallo, o lo pagas con la muerte: esa fue mi primera lección. En el arte, y en la vida, para sobrevivir y triunfar la mejor escuela de todos es el esfuerzo, el fracaso y la adversidad. El mundo no era mucho más injusto que ahora; cierto que la ópera de mis tiempos era una leonera donde el director nos prohibía casarnos, había un tenor famoso que asaltaba a las coristas sin que nadie lo denunciara (hasta que yo le enseñé modales), y ciertos divos pagaban a sicarios para que propinaran palizas a sus rivales… ¡Ah, qué tiempos! Ahora las mujeres tienen más posibilidades, pero muchas las desaprovechan, esperando que alguien, un maestro, un padre, un juez, un… ¿cómo los llamáis, “políticos”?... les conceda su aprobación, en vez de tomar la iniciativa.

- ¿Qué os parece la ópera hoy día?

- ¿Comparada con mis tiempos, cuando la gente cantaba con nosotros, hacía bromas o tiraba petardos en la sala? ¡Un cementerio! El público se porta como el convidado de piedra, quieto y callado en su butaca, sin alegría ni espontaneidad. Los cantantes se imitan unos a otros y no se arriesgan a hacer algo distinto, o romper las reglas. ¿La música? ¡Ya la tocábamos hace 300 años, o menos! En mis tiempos, si no ofrecíamos novedades cada par de meses, el público y los mecenas nos crucificaban. ¿Dónde están la pasión, el riesgo, la originalidad de la ópera, la de verdad?

- No dejáis títere con cabeza. Ahora sí, en guardia: ¿qué lamentáis de vuestra vida, qué cambiaríais, y como querríais morir?

- Lamento, por la responsabilidad que me toca, la muerte de mi madre, mi padre, mi marido, y otras personas que me amaron más de lo que merecía. ¿Morir? Lo he intentado, creedme. ¡Pero no me dejáis! Aquí sigo, por culpa de cabezotas que se empeñan en resucitarme con ensayos, novelas y obras de teatro. ¿Cuánto tiempo seguiré errando en vuestro mundo? No lo sé; depende de vosotros, y con vuestra manía de escarbar en el pasado buscando soluciones a los dilemas del presente…

- …creo que será mucho tiempo. Ya que estáis atrapada en el presente, ¿qué tres deseos pediríais para vos?

- Una nueva ópera escrita para mí, y no sobre mí. Un amante, un contrincante, o ambas cosas, que despierten mi interés. Y que las mujeres descubran el poder de la voz, y de la espada.

Puedes comprar el libro de Vic Echegoyen en:

Todoliteratura.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.todoliteratura.es