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9 de agosto de 2020, 9:39:08
POESÍA


CALAFELL: LA HERENCIA DE UN RECUERDO

Reseña del poemario "Calafell", de Fernando Sarría
Lastura Ediciones
Por Miguel Ángel Yusta

Fernando Sarría, nos presenta en Calafell un poemario donde reinan la sensibilidad y la emoción y en el que se reflejan unas vivencias de la especial infancia que condicionó la vida del poeta. Ya dijo Rainer María Rilke que “la verdadera patria del hombre es la infancia”. En ese sentido, el poeta ha redescubierto y traído de la memoria un retazo de su patria-infancia, que puede ayudar a recomponer y comprender ese endiablado rompecabezas que en muchos de nosotros constituyen unos recuerdos de infancia -a menudo adormecidos- vividos a veces en unas épocas difíciles por muy diversas circunstancias.


El autor llega con su equipaje de infancia hasta el presente y lo abre con un poemario nostálgico, pero también ácido y reivindicativo, haciendo del recuerdo, como dice Gabriel Celaya en uno de sus más conocidos poemas, un “arma cargada de futuro expansivo con que te apunto al pecho” y disparándola con certeras palabras.

Rodeados hoy de una gravísima crisis mundial, que supondrá tal vez el fin de una era, y sumidos en dificultades nunca conocidas en nuestras generaciones, aparece la reedición de un libro, tal vez el más emotivo del poeta, que se ofrece tan intenso e interesante como en su primera edición en 2012 y que transita y analiza desde la adultez el intrincado camino de una parte capital de la infancia.

Sarría es un hombre impetuoso, activo y extrovertido, mas no nos engañemos por las apariencias porque, en el fondo, está la ternura, la sensibilidad y el sentimiento que transmite en cada poema, que llega, profundizando, hasta las costuras del alma de quien lo lee o escucha. La poesía de Fernando Sarría es, como él mismo titula en uno de sus numerosos blogs, también parafraseando a Celaya, un arma que se dispara como el amor de un loco, un arma cargada también de fuerza poética, de imágenes de un potencial que la impulsa y que el poeta precisa para crear su obra.

Pero no vamos a comentar en estas líneas tecnicismos, influencias, ni estilos del poeta, sino que hablaremos de sensaciones. Porque el poemario Calafell es un libro que está lleno de ellas, recogidas en un eco, nostálgico a veces, otras reflexivo y siempre atinado, que nos traslada a una época muy esencial de su vida y nos envuelve en una atmósfera especial llena de penumbras, de olor a mar, de ternura no exenta de suave amargura y de momentos que pueden marcar, y de hecho lo hacen, toda una vida.

Este poemario tiene matices distintos, en apariencia, al devenir poético a que nos tiene acostumbrados el autor: son unos versos intimistas, cercanos, autobiográficos; un desangrarse los recuerdos, una explosión de silencios, tristeza y nostalgia pero, también, de profunda reflexión y tibia esperanza. Formalmente es conciso, certero: poemas breves, de versos como saetas que se clavan indefectiblemente en la mente y el corazón del lector y van entretejiendo una sutil red que nos subyuga a veces, nos angustia otras y, las más, nos arrebata en deseos de romperla para que pase definitivamente la luz.

El escenario de los versos está construido sobre el antiguo hospital de Calafell, ubicado en las playas de San Salvador-Comarruga y regentado hasta 1969 por la Orden Hospitalaria de los HH. de San Juan de Dios, muy activo, pues, en la época que nos refiere el poeta. Allí se trataba a niños afectados de tuberculosis infantil o de aquel brote de poliomietitis, de origen aún sin aclarar suficientemente y que afectó a centenares de niños de esa generación, dejando secuelas más o menos importantes. Yo recuerdo haber estado por el lugar en los años sesenta y siempre me pareció un sitio singular, como un gigantesco y silencioso barco varado en la playa, con la pasarela que cruzaba la carretera y lo unía al mundo, a las urbanizaciones donde pasábamos algunos días del verano. Era el sanatorio un lugar especial, casi irreal, espectral. A mí, adolescente, me producía un cierto respeto por su aire un tanto mariembadiano.

Desde este escenario, revivido en una visita llena de nostalgia, el poeta nos transmite esas sensaciones con la perspectiva del niño que fue y que estuvo allí ingresado, pero con el fino análisis del adulto que ve cómo despierta un sueño de la infancia que creía dormido para siempre en el fondo de su subconsciente. Y descubre y desnuda esa parte esencial de su vida a través de una clave lírica, cargada de imágenes de una enorme fuerza, de una hábil intemporalidad y trufada de gotas germinales de acidez y rebelión.

Calafell comienza con estos versos reivindicativos, definitorios que, como una declaración de intenciones, componen el primer poema del libro (pág. 17) “Si puede resarcir el tiempo / la deuda pendiente...”; para continuar con (pág. 18): “Tal vez nunca lloré lo suficiente/ en el momento de recordar”, justificando (pág. 19) tener que ser “capitán de barco con cinco años” en un mundo con “un demiurgo azul enumerándolo todo”.

El poeta nos introduce así en su mundo de “soledades y mar” de intimidad y miedos donde unas avellanas guardadas en su puño cerrado, o unos cromos, cuatro tebeos y dos canicas ocultos debajo de la almohada eran tesoros y nexos que le unían a la esperanza.

Nos habla de las noches y los días, del “frío del hierro de las camas del hospital” (pág. 48) cuyos barrotes seguramente tocaba antes de dormir para percibir la seguridad de lo tangible, de los pequeños paseos con “la luz, el viento, la soledad como compañía” (pág. 23) (era el único que podía caminar de los ingresados). De las búsquedas y descubrimientos, de la percepción, distorsionada a traves de la anestesia, de los “hombres de verde” hurgando en su pierna... (pág. 24).

Y, a través del dolor, de las cicatrices, la posibilidad de correr por la arena en diálogo con el mar (pág. 28) y, por ello, de tomar conciencia del sufrimiento, de la amarga decepción de quienes no podían hacerlo, de los otros, de los que se quedaban “fijos e inmóviles, / atados a lo único que ahora tengo de ellos: /su recuerdo en mi memoria” (pág. 29).

Dentro de este camino poético, el mar tiene un protagonismo importante: el mar de un niño visto hoy por el hombre, descrito en uno de los más hermosos poemas del libro (pág. 33) y, a través del mar, constante en todo el poemario, se mitigan en parte las sensaciones imborrables: la muerte, la soledad, el siencio, el miedo, la impotencia, la presencia de los frailes con sus castigos, recompensas y claroscuros: “Todo lo oscuro traía la voz de un fraile” (pág. 43) y también las pequeñas lagunas de luz -llenas de inmensa amargura- en las visitas dominicales que “nos regalaban gaseosas en botellas de cristal transparente” (pág. 41).

El edificio, las terrazas, los jardines, el mar, las tormentas del Mediterráneo, los días largos y las noches más largas y desoladas, van desgranando recuerdos que el poeta nos transmite a veces en un susurro y otras con un grito desesperado, hasta que acontece la deseada vuelta, el regreso a casa, el fin de un viaje aferrado al pequeño equipaje, al tesoro que había guardado tan celosamente y salvado en la travesía esencial (pág. 60).

A la postre, un despertar esperanzado, una conclusión y la liberación final reflejados en el hermoso poema que cierra el libro (pág. 65) y con él ese viaje al pasado en el vehículo del presente.

Son estos poemas portadores de la virtud de trasladarnos a un mundo que existió y que siempre ha de existir: al interior de unas experiencias infantiles guardadas celosamente durante años como en una burbuja y que el poeta expulsa de alguna manera para liberarse, aunque sin renunciar totalmente a ellas, pues perviven, y, como todas las vivencias infantiles, conforman de alguna manera nuestro caminar vital. El poeta convierte en positivo ese trayecto y Calafell es un libro poéticamente hermoso, un camino a través de las playas del dolor y de la incertidumbre hacia la luz liberadora. Los poemas constituyen una batida por ese espacio de los miedos y las sombras que siempre pueblan nuestras vidas. Fernando Sarría ilumina este territorio definitivamente, lo desmenuza, lo trae al presente, sublimado, y lo expone como un testimonio de voluntad y firmeza frente a los avatares que indefectiblemente van asediando nuestras vidas, creando una alegoría de valor universal.

La vida no es fácil, pero el hombre que supera las dificultades y se acrisola en el dolor, es siempre dueño de un tesoro muy valioso. Si, como en este caso, lo convierte en arma poética, es seguro que dispara contra los fantasmas y despeja definitivamente el camino hacia la mayor joya de ese tesoro: la continua superación.

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