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1 de diciembre de 2020, 15:40:25
CRÍTICAS


"Luvia oblicua": Vivencia y ruido

Ediciones Pre-Textos
Por Manuel Pérez

Cuando la filosofía parece haber abrazado una doctrina científica del devenir humano, Lluvia oblicua (Ignacio Castro Rey, Pre-Textos, 2020), nos propone un retroceso a lo elemental, lo más cercano y difícil, esa inmediatez terrenal que los humanos tal vez conocen mejor en Japón o Rusia que aquí, en este conjunto de naciones tan "elevadas", tan sofisticadas e tan ingenuas.


Cuando la ciencia se ha levantado entre nosotros casi como nueva religión (los ejemplos de Greta Thunberg y el Covid-19 son conmovedores), algunos tenemos el deber de regresar al laberinto de lo mal llamado local, que es la enormidad donde juega nuestras vidas. Para cambiar el espectáculo de lo político, habría que entrar primero en lo importante, esta ambigua cercanía existencial que, gracias al norte industrial y progresista, despreciamos como algo personal y privado.

Castro Rey no nos propone una involución, que olvidemos toda evolución. Pero sí que tengamos en cuenta, en todos nuestros cambios, un fondo de experiencia mortal que debemos urgentemente recuperar. Se trata de comprender algo que nos asusta, de acompañar el desarrollo contemporáneo junto a la sombra arcaica que le sigue. Como dirían Kierkegaard o Heidegger, decir un sí a lo científico y tecnológico en cuanto operativo, un campo de saber muy limitado que deja intactas y huérfanas todas las preguntas del espíritu humano. Nuestro pensador no parece lejano a un Hegel revisitado después de Nietzsche.

Aunque el capitalismo haya avanzado en el intento ilusorio de difuminar toda frontera, Lluvia oblicua nos plantea la distancia inconmensurable entre dos universos: la existencia y la historia, la vida y el espectáculo social, las ilusiones sociales, la experiencia mortal y las ilusiones histórica. Castro insiste en la autonomía del universo primario que ya habita en nosotros y en el cual ya estamos, pero como sonámbulos, sin atenderlo.

Toda realidad es, de una manera tan solipsista como comunitaria, observada, rechazada o aceptada desde nuestro cuerpo, sus sentimientos y su patología. No hay más. La realidad solo puede ser filtrada por una inteligencia tan antigua como el mundo, una inteligencia terrenal que ni Marx ni sus herederos han escuchado.

Se trata entonces, desde la perspectiva de Lluvia oblicua, de volver a un territorio sensible absoluto que relativiza nuestras cómodas oposiciones entre el hombre y la naturaleza, yo y los otros, el mundo y Dios. Es urgente volver a una interioridad, un absoluto local (Deleuze) más peligroso, alejado y abrupto que cualquier exterior geográfico o turístico. Toda nuestra preocupación angustiosa por los desastres exteriores oculta la forma en cómo hemos arrasado nuestras interioridades.

¿Qué propone Lluvia oblicua? Como se diría en Youth, una reciente película de Paolo Sorrentino, retomar otra vez el laberinto mundano desde una buena relación con el secreto diablo de vivir. Recuperar el día desde una noche que no nos deja. Como ven, no estamos lejos de Zambrano, de Rulfo, de Borges o Valente.

Hemos caído en la enfermedad positiva de la productividad, de la apariencia hipócrita, de la visibilidad y el reconocimiento. Se trataría de volver a la potencia de existir, a la virtud de su escucha. La escucha es el colmo de la acción. En este punto, como en otros, este libro es más femenino que masculino, más "oriental" que "occidental". O si se quiere, cercano a un Occidente anterior a nuestra actual mitología del Progreso. Cargado de una violencia sensorial e inclusiva, Lluvia oblicua no es tal vez muy es apto para los creyentes en la religión civil que se ha empoderado en nuestras metrópolis.

Hace tiempo Ignacio Castro me escribió una carta privada que, misteriosamente, ha desaparecido. En ella se defendía una vieja verdad: "Cuanto más bajo esté el corazón, más alta ha de estar la cabeza". Cuanto más se sienta, más se ha de pensar. No se trata de enfrentarse como un León al mundo. Se trata, siguiendo a cierto Nietzsche infraleve, de comprender la potencia, la seriedad y la disciplina, que hay dentro de la figura del Niño. Es necesario volver de alguna manera a habitar el embrujo de una endemoniada proximidad. La sociedad te hará más difícil la vida, pero volverás reencontrarte con tus entrañas, con una vieja humanidad que nunca debimos abandonar.

¿Castro propone entonces elevar el poeta frente al filósofo? No exactamente. Todo conocimiento exige de alguna manera que estemos, que entremos. La experiencia es, junto al accidente que acontece, la mayor expresión del conocimiento. De un pensamiento cuya máxima función es convertirse en praxis que nos permita hacer de cada accidente que nos cambia un monumento duradero.

Diga lo que diga la sociedad del bienestar, hagan lo que hagan los gobiernos, vivir es un problema, el único de los problemas. Aceptar el peligro y el amor del mundo, recuperar unas redes terrenales perdidas en el enredo del espectáculo social, es una necesidad ya insoslayable después de estos meses tan difíciles. Si hay una comunidad posible es la de la continuidad de los seres, aquí, ahora, la comunidad no elegida que nos rodea. Debemos atrevernos a escuchar con cualquier acontecimiento que nos afecte, por áspero que parezca. ¿Qué se ha elegido verdaderamente? ¿Nuestro nombre, nuestro nacimiento, nuestro modo de ser? En una de sus cartas, Kafka señala que más de una noche se ha ido a dormir asustado por lo que escribía. Que nuestro cuerpo no es nuestro, sino el punto de encuentro de un sinfín de influencias externas, es una de las primeras verdades que hay que admitir.

Toda idea importante viene a nosotros, sin ser llamada. Es imposible una revolución, propia o general, sin comprender la disociación entre la razón y el sentimiento. Y la prevalencia secreta de la percepción, del universo de los sentidos. El cerebro cojea ante todos los retos cruciales de nuestra vida. Un buen tirador, cualquier arquero se sorprende cuando la flecha sale disparada y se aleja de él. Así es la razón frente a las decisiones, las de un pensamiento que siente; siempre va por detrás, sorprendida.

No es nuevo el rumor del extranjero en nosotros. Las preguntas, las respuestas aparecen cuando el estruendo del mundo civil se ha detenido. Aquella vieja imagen de la bombilla que se enciende es el signo del intruso que nos da una respuesta cuando todo está en calma, apagado.

El cuerpo sigue trabajando cuando el cerebro se ha ido a su rutinaria vigilancia. El tacto, el gusto, el olfato y el sentimiento nos dicen más de la verdad que todas nuestros grandiosos y falsos rodeos intelectuales.

Lluvia oblicua es un libro en cierto modo inabarcable. Pero todo él, con su dédalo de revelaciones y sugerencias, cabe en cada párrafo, en cada capítulo. De alguna manera, de peldaño en peldaño, nos guía a un imperativo de supervivencia que pensábamos (hasta estos días de pánico) que podíamos permitirnos el lujo de olvidar.

De alguna manera, Lluvia oblicua hereda del pensador danés Kierkegaard la angustia de estar aquí, sin remedio. Es un libro que nos ayuda porque no esquiva las preguntas que duelen, sino que más bien ayuda a abrazarlas, escuchando una sombra que nos da miedo porque se adelanta a los cuerpos.

Todo el pasado tiene que ser querido, ahora. Ahora y siempre, cuando el sentido habitual, el de una seguridad que siempre fue ilusoria, parece perderse.

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