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8 de agosto de 2020, 2:55:24
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Thomas Mann, "La muerte en Venecia": la belleza envenenada

Por Ángel Silvelo Gabriel

Los lugares comunes que habitan dentro de nosotros y, sin embargo, pasan desapercibidos para nuestros sentidos hasta que aquello en lo que nunca nos fijamos o sentimos se apodera de nuestra zona oscura de una manera fortuita para zarandearnos en lo más íntimo y remoto de nuestro ser, como si de repente nada hubiese tenido sentido hasta entonces, es el marco de un cuadro cuyo fondo es el de la desesperación.


Una desesperación que representa la ruptura que nos viene anunciada por los sentidos y no por la razón, lo que nos hace dudar de ella. Sin embargo, nada podemos hacer para evitarla, porque cuando esa vocación secreta sale a la luz es igual al nacimiento de un nuevo ser. Un monstruo interior que una vez que se libera nos traslada hasta ese abismo del que no podemos separarnos, por mucho que sepamos que ese nuevo ser es la expresión única de la belleza envenenada que el destino ha decidido poner en nuestra vida. La muerte en Venecia de Thomas Mann es ese canto del cisne que se produce cuando no cabe esperar nada más allá de la repetición tozuda y pertinaz de nuestros días y, que en el caso del protagonista de esta novela corta —el escritor, Gustavo Aschenbach—, es la ilusión de realizar un viaje que le acoge durante un paseo del mes de mayo por los alrededores de Múnich, cual Robert Walser que se hubiese hecho presente en la persona de Aschenbach: «Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones». Unas visiones que, al final, le llevarán a la ciudad de Venecia, llegada y punto final de sus aspiraciones más oscuras. Venecia, junto a su destino, le esperó con sus baños de sol, sus calles estrechas y estranguladas, sus monumentales palacios e irrepetibles iglesias, y el viento tórrido y húmedo que recorría sus plazas y canales. Una Venecia que supuso un punto de inflexión en el carácter moral tanto de su vida como de su obra: «Para que cualquier creación espiritual produzca rápidamente una impresión extraña y profunda, es preciso que exista secreto parentesco y hasta identidad entre el carácter personal del autor y el carácter general de su generación… ¿Por qué había de extrañar, entonces, el hecho de que lo más peculiar de las figuras por él creadas tuviera su carácter moral?»
La muerte en Venecia de Thomas Mann supone ese enfrentamiento muchas veces invisible entre lo deseado y lo realizado, donde el camino de la búsqueda de la belleza se transforma en una nueva forma de encontrar aquello que nunca fuimos capaces de admitir que nos pertenecía. Para Aschenbach tomará la forma de un cuerpo bello y transparente, el del joven polaco Tadrio: «¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? Un artista que finalmente sucumbe por la fuerza de los sentidos ante esa belleza espiritual que le vence». Solo y perdido en sus propias divagaciones, de las que apenas huye cuando visita la ciudad encantada de Venecia y su embrujo, marcha con paso firme hacia aquello que ni siquiera él conoce o es capaz de admitir, porque como dice el propio Thomas Mann, en boca de su protagonista: «Así los dioses, para hacernos perceptible lo espiritual, suelen servirse de la línea, el ritmo y el color de la juventud humana, de esa juventud nimbada por los mismos dioses para servir de recuerdo y evocación, con todo el brillo de su belleza, de modo que su visión nos abrasa de dolor y esperanza.». Un dolor y una esperanza que se desvanecen en el horizonte que nos acerca al final de la vida.

Thomas Mann, con un depurado estilo de la concreción y el ritmo a la hora de mostrarnos todo un inabarcable universo, se apoya en el discurso entre Sócrates y Fedón para reafirmar el carácter destructivo que a veces posee la belleza en sí misma como productora de espejismos que sólo percibe aquel que los sufre: «La belleza es, pues, el camino del hombre sensible al espíritu, sólo el camino, sólo el medio, Fedón… “La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea”». Y es en esa ambivalencia, entre razón y deseo, donde La muerte en Venecia se transforma en la belleza envenenada.

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