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13 de junio de 2021, 20:25:02
CRÍTICAS


"Con la tercera España. Luigi Sturzo, la Iglesia y la Guerra Civil Española", de Alfonso Botti

Alianza Editorial
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez

Este libro, más que loable, se refiere a esa tercera España católica, que fue minoritaria, pero muy crítica con los dos contendientes. El protagonista de esas campañas de opinión fue el sacerdote italiano y antifascista declarado, llamado Luigi Sturzo, nacido en 1871 y pasado a mejor vida en 1959.


Está claro que El Vaticano tenía muchas reticencias contra la II República Española, inadmisible desde el punto de vista de las enseñanzas del Hijo de Dios, de PONER LA OTRA MEJILLA, O, ¡PERDÓNALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN!; pero absolutamente comprensible desde el punto de vista humano, ya que ese régimen político irreligioso había nacido ya directamente contra la religión católica, con sus legislaciones y, sobre todo, por la quema de iglesias, obras de arte religiosas y la expulsión de los jesuitas. Está claro que hubo católicos, igual que en Italia o en Alemania que, si hubieran encontrado apoyo de la jerarquía eclesiástica y mayor compromiso explícito, se hubiesen opuesto mayoritariamente a ambos regímenes; incluyendo en las Españas contra ese amoral concepto de militarista cruzada que monopolizó el franquismo. No obstante sí lo hicieron en Alemania y se jugaron la vida sin ambages, verbigracia la Noche de los Cristales Rotos. La presión mussoliniana frente a Pío XI fue tan fuerte que Su Santidad envío al exilio al molesto clérigo antifascista. El Papa no estaba muy a favor de la existencia de un partido confesional católico, y Benito Mussolini solo deseaba la existencia del suyo. Sobre todo ello se encontraban los Pactos de San Juan de Letrán en 1929, para regularizar las relaciones Iglesia-Estado.

Su conocimiento de las Españas de los años treinta era ya exhaustivo, por medio de amistades y de relaciones epistolares. Cuando comienza la lamentable Guerra Civil entre españoles luchará, a brazo partido, para conseguir que los católicos se desenganchen del bando nacional y negocien un armisticio, que conllevase una reconciliación. El esfuerzo fue claramente vano e inútil. “Por todo lo anteriormente dicho no deja de sorprender la escasez de referencias a su figura y a su papel por parte de la historiografía española, catalana y vasca dedicada a la Segunda República y a la guerra civil. Su nombre no ha sido ignorado por completo, pero no ha encontrado hasta la fecha el lugar que indudablemente le corresponde y merece. Esta falta de atención puede explicarse por su compromiso por una solución negociada del conflicto español de 1936-1939, que fue rechazada entonces, bien por el bando republicano (con poquísimas excepciones), bien por el bando franquista (sin matices y excepciones)”.

Aquella denominada TERCERA ESPAÑA fue burlada, incluso ridiculizada, y motejada de utópica. El caso historiográfico más sangrante es el de uno de los Santos Popes hispanistas anglosajones, Paul Preston, quien cuando se refiere a esa tercera España ni tan siquiera nombra al principal representante de Sturzo en las Españas, Alfredo Mendizábal, del que Preston no hace ni mención o referencia. Asimismo se condenó, por el franquismo, al ostracismo político y cultural al cardenal Francesc Vidal i Barraquer por su oposición a dicho régimen. En los años setenta ya se comienza a realizar una aproximación hacia este clérigo. Guillem-Jordi Graells escribió sobre la influencia de Sturzo en Catalunya, algo que rebatió sin mucho sentido Miquel Coll i Alentorn. A continuación se refirieron al sacerdote siciliano analistas de la democracia cristiana española, que nunca tuvo mucho futuro en la Península hispánica, tales como Óscar Alzaga, Javier Tusell que tantos bandazos dio en su devenir político, y, por encima de todos, Domingo Benavides. “En los años siguientes no han faltado aportaciones más fragmentarias sobre varios aspectos del pensamiento y de las actividades del sacerdote siciliano, pero la situación de los estudios ha cambiado notablemente en lo que respecta a los años que tratamos aquí con la publicación de la correspondencia sturziana con los amigos británicos, franceses y españoles”.

El 1º de abril de 1939, ya cautivo y desarmado el ejército republicano o “rojo” las tropas del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde habían alcanzado sus objetivos militares, dando final a la contienda entre hermanos, y comenzando la obscuridad de la larga marcha de la dictadura hasta el deceso del dictador en el año 1975. El nuevo Papa, Pío XII, portando las sandalias del pescador desde el 2 de marzo de 1939, expresaba su gozo por la victoria de las armas nacionales en la heroica España. “Hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión, tanto en los campos de batalla, como consagrados a las obras sublimes de la caridad cristiana, en las cárceles y en los hospitales”. No se olvidaba Su Santidad de dar un pequeño toque de atención hacia los católicos y ultraconservadores del Partido Nacionalista Basco, insolidarios por antonomasia, y que según la Santa Sede se habían situado en el lado equivocado: “A tantos engañados que, con halagos y promesas, una propaganda mentirosa y perversa, ha conseguido seducir”. Está claro que el texto de ese paradójico Papa que fue Pío XII rezumaba nacional-catolicismo español. Para El Vaticano, el nuevo Caudillo de las Españas, había ganado la guerra por el designio de la Divina Providencia; aunque, utilizando la ironía más acre, quizás el Sumo Pontífice equiparase al Todopoderoso con la Legión Condor o con la Wehrmacht, algo que es para un católico, como lo es un servidor, total y absolutamente imposible. Libro magistral y sobresaliente ad integrum.Ut ab ómnibus eum iniuriis dignitas concessa defendat”.

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