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18 de septiembre de 2021, 5:40:27
CRÍTICAS


La virtud de la consistencia y “El raro vicio de escribir la vida”

Ed. Huso, 2021
Por Miguel Ángel Serrano

El autor del artículo hace un recorrido por la última obra de Manuel Rico: “Un recorrido sentimental por una educación que nunca acaba”, un compendio de textos escritos a lo largo de siete y años que cobraron forma de libro en tiempo de pandemia.


Para los muchos seguidores de la trayectoria de Manuel Rico este libro no es ninguna sorpresa. Es más, parece algo debido y esperado. Emparenta, por un lado, con Escritor a la espera, una suerte de diario de los ochenta por el que desfilan escritores, cineastas y personajes varios con el telón del fondo de aquel optimismo madrileño y que es además recuento del crecimiento de la vocación y la mejora hacendosa del oficio del escritor. Pero El raro vicio de escribir la vida está unido con la obra toda del autor, como esas estructuras subterráneas de los hongos en simbiosis con las raíces. Eso es porque el volumen es también recolecta de notas escritas entre los años 2007 y 2014 y que Rico reordena en los meses del confinamiento domiciliario a causa de la pandemia, cuando la detención del tiempo y la distorsión provocada por la perplejidad generalizada parecían invitar a refugiarse en labores metódicas y un tanto melancólicas. Se tiene la sensación de leer un compendio de reflexiones sobre el tiempo ido, no necesariamente mejor, pero tal vez acariciado con manos más jóvenes, en las que aún no se daban las sequedades de nuestro tiempo. Ubi sunt…

Es cierto que la melancolía se entrevera en el libro de modo decidido. Pero lo hace porque el autor tiene una posición sólida en el mundo: sabe cómo quiere su mirada y escudriña lo que le rodea con la debida intensidad. El libro es, tal vez por eso, una procesión de obsesiones: Rico es fiel a algunos temas que siempre le acompañan, sea en sus novelas, poemas, libros de viajes o en este feraz territorio de los diarios de ciudades, esperanzas, ternes convicciones y la vida en su ritmo cabal. Parece entonces que el tiempo recobrado es también capaz de herirnos con el simple recuerdo: el autor anota el paso de horas y años por cuerpos, almas, barrios y objetos, y, puesto que le acompaña una envidiable capacidad para la viñeta (observable, con deleite, en las descripciones de viajes al lejano oriente o a Soria…) nos deja ver la decadencia tintada de amable recuerdo en ocasiones, de lamento herido en otras, de las papelerías de barrio, la ausencia casi dolorosa de tranvías, pero también de épocas en las que las relaciones humanas, o el simple juego político, parecían tener más importancia. Esa capacidad de manejar temas de manera transversal da una especial consistencia, casi un armazón, a la obra de Manuel Rico: para quien se acerque por primera vez a este escritor, el volumen le mostrará cómo la mirada guía la obra y cómo esta es capaz de desplegarse en varios formatos, como decíamos antes.

Esto es tal vez lo más interesante del libro, porque juega con un tipo de material que proviene directamente de la vida del escritor. Y las vidas de los escritores, contrariamente a lo que pueda suponerse, se alimentan sobre todo de la mirada interior. Hablaba Maupassant, con sorna y convicción, del derecho del escritor a vampirizar los acontecimientos y sucesos que llegaran a su conocimiento: una vez en la mente del escritor pasan a ser suyos. Pero no se habla tanto de cómo la reflexión constante y la selección obstinada y tamizada componen la realidad escribible. Manuel Rico sabe esto y sabe que forzar la elección es parte del trabajo cuando los temas le parecen suficientemente poderosos: saltarán entonces de una obra a otra, en una especie de paratexto casi biográfico. Así, por ejemplo, sus pensamientos sobre la influencia de los otros o sobre hechos históricos poco conocidos, como los campos de trabajo en la era de Franco, que han alimentado dos de sus novelas. El libro muestra por tanto lo que podríamos llamar la transubstanciación de la mirada en material literario después de moler, filtrar, digerir la realidad.

El autor organiza el volumen en siete partes que se explican por sí solas: Vida, en la que se desgranan recuerdos y anécdotas de lugares y hechos de esferas íntimas, como la familiar… Taller, que es precisamente eso: una ejemplificación de cómo se arma un texto, de cómo un cuento se alarga o un cuadro enciende una mecha… Memoria heredada, que trata sobre los ya mentados campos de trabajo de la postguerra… Itinerarios, que habla de los propios y los ajenos (narra por ejemplo el embrujo del pueblo de Calaceite en José Donoso y cómo por su casa desfilan grandes escritores e intelectuales), pero también viajes más o menos largos en el tiempo y el espacio… Barrio, que es una colección de paseos con una mirada a veces oblicua y dolida al ver cómo un tejido de convivencia se ve deshecho por lo apresurado del tiempo y un progreso tal vez mal entendido. Cine, cine, cine, como en la canción de Aute, con un recuerdo para las salas del extrarradio pero también para aventuras exóticas como la experiencia inopinada de Moncayo Films… Y por último, La letra de los otros, puesto que Rico es ávido lector y un gran conocedor de la poesía española: no en vano es director literario de una editorial, Bartleby, que destaca por su catálogo poético.

Como se ve, un recorrido sentimental por una educación que nunca acaba y que es sustrato de un edificio literario que va sumando plantas de manera sólida. Esta, en concreto, ofrece unas vistas a un tiempo que parece más lejano de lo que en realidad fue.

(*) Miguel Ángel Serrano es narrador, poeta y ensayista.

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