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18 de septiembre de 2021, 5:34:59
CRÍTICAS


Vicente Valero, "Breviario provenzal": la naturaleza y el arte de la contemplación

Por Ángel Silvelo Gabriel

Contemplar la naturaleza imbuido por el rumor que desprenden las hojas de los árboles, las flores, los riachuelos y los cantos de los pájaros. Aislarse para sentir el latido de nuestro corazón, y con él, llegar a crear algo nuevo al ritmo que esa naturaleza nos proporciona. En ese triaje de las sensaciones es donde la sensibilidad del que mira, y la destreza del pintor o el poeta, comienzan a dibujar palabras que de ninguna otra forma hubieran llegado a existir. Palabras que nacen del impulso imaginario que nos mueve hacia la cima de lo sublime o lo inalcanzable.


Hacia esa búsqueda de la belleza que nos suministra el arte de la contemplación cuando la mirada del otro se deposita sobre la naturaleza. Las razones o excusas de ese estado de excitación (casi mística) pueden ser múltiples, pero solo una de ellas es la verdadera: la búsqueda de uno mismo y el afán que nos guía cuando somos capaces de mirar hacia adentro. Hacia esas entrañas que nos producen miedo y desazón cuando nos impulsan a explorar en los recuerdos, más si cabe, cuando en mitad de la naturaleza ejercen el papel de jueces de nuestras vidas. Jueces, que más allá de esa búsqueda dentro de uno mismo, también nos aproximan al concepto de belleza a través de la contemplación, porque naturaleza y contemplación van de la mano en el nuevo libro de Vicente Valero, Breviario provenzal, escrito a medio camino entre el ensayo y el libro de viaje, y donde una vez más, su personal y única manera de observar el mundo a través de los otros sigue gestando momentos de gran literatura, aquella que se produce con la única intención de su permanencia en el tiempo. Así sucede, por ejemplo, cuando se acerca al poder de seducción que los secretos de la naturaleza proyectan siempre en los artistas: «Puede que estos secretos, por tanto, sean sólo una idea, la misma que alienta la búsqueda y la palabra poética, insinuando a la vez nuestra necesidad de naturaleza, nuestro deseo de placer e inspiración, de autoconocimiento y de memoria. Puede que estos secretos solamente nos indiquen el camino necesario hacia la contemplación. Lo cierto es que sentimos que nos conciernen, que nos hablan a nosotros, que explican algo muy nuestro. Todo en la naturaleza reclama la mirada del otro: ésta es su forma de perpetuarse. Los colores, los aromas, lo sonidos: buscan a aquellos que tienen que venir para fertilizar, para dar continuidad a la vida. El secreto sería así una forma sutil de reclamo, una metáfora de la belleza del mundo.». En este sentido, Vicente Valero nos propone en este ensayo, paisajístico y literario, varias formas de hacerlo y conseguirlo, sobre todo, gracias al exhaustivo repaso de los paisajes, aromas, colores e historias que le acercaron hasta la Provenza, un espacio a medio camino entre Los Alpes y la Costa Azul francesa que, a tenor de lo que se nos cuenta y expone, es un prodigio de propuestas, interpretaciones y reinterpretaciones que no hacen sino aumentar el deseo de conocer y compartir aquello que sintieron artistas como Mallarmé o Mistral, Camus o Picasso, Petrarca o René Char. La poesía, la pintura y, como no, la contemplación ejercen aquí de fuerzas generadoras de estímulos, consecuciones artísticas e inventos surgidos del arte del paisaje. Donde la mirada del otro, junto a los recuerdos que ésta es capaz de consumar, se transforma en una nueva forma de vida que se proyecta desde las montañas, los pueblos o el cielo, a las páginas en blanco de un libro o a la nívea superficie de un lienzo. Ambas, manifestaciones de aquello que trata de persuadir al paso del tiempo como huella del momento vivido, porque no se nos debería olvidar que Breviario provenzal de Vicente Valero es un ensayo sobre la naturaleza y el arte de la contemplación.

En la última parte de este libro, escrita a modo de diario poético de la ruta trazada, Valero resurge como el poeta de la significación. Un poeta capaz de sacar a la luz los valores soterrados en la superficie de la cotidianeidad, y que gracias a su ingenio y maestría, tienen una segunda vida y el poder de aproximarnos al clamor del silencio que no se toca, pero sí permanece en nuestra memoria. Memoria del tacto de los recuerdos.

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