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18 de septiembre de 2021, 7:18:20
CRÍTICAS


"Arte, botín de guerra. Expolio y diáspora en la posguerra franquista", de Arturo Colorado Castellary

Ediciones Cátedra
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez

Se resume en este libro cuales fueron las causas de la existencia de esta obra. “Para el franquismo, la República era la enemiga del patrimonio y de la religión, cuyo poder estaba controlado por los ‘rojos’, y en su territorio dominaba la barbarie, el caos, la iconoclasia y el robo de los bienes patrimoniales. Sin embargo, esta acusación, que mantendría con insistencia machacona durante toda su existencia, escondió durante décadas la labor de salvaguarda republicana de las obras de arte y su destino en la inmediata posguerra”.


La colección es paradigmática y lo expresa claramente, ‘Grandes Temas’. La portada es esclarecedora, aunque el impacto en blanco y negro de todo lo rapiñado es impactante. El autor, que es profesor-catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, ha estado más de treinta años investigando el hecho relativo a lo que ocurrió con respecto al arte en la crudelísima guerra civil entre españoles, y lo que se produjo en la paradójica postguerra. Durante el período de la guerra civil, sensu stricto, el autor considera, y no tengo argumentos para rebatirlo, aunque se colige que el bando republicano no cuidó tanto el patrimonio como indica, y mucho menos si el mismo era religioso. “Se hizo un importantísimo esfuerzo durante la guerra por proteger el patrimonio nacional, desde campañas populares de cartelería concienciando a la ciudadanía, anuncios de radio y prensa, hasta incautando piezas que se almacenaron y guardaron en grandes depósitos como los sótanos del Museo del Prado o el Arqueológico o de iglesias, para protegerlas de los bombardeos sistemáticos franquistas, con total interés de restaurarlas a los propietarios en tiempo de paz”.

En el mes de febrero de 1939 el gobierno legal de la II República consiguió evacuar con destino a la ciudad helvética de Ginebra, el montante de 1.868 cajas dentro de 71 camiones con obras pictóricas magistrales de la gran pinacoteca española, léase el Museo del Prado, además de obras provenientes del Banco de España, de la Real Academia de San Fernando, de la Catedral de Cuenca, e inclusive de colecciones privadas verbigracia la del Duque de Alba. El notorio Palacio de Liria de los duques de Alba de Tormes, grandes de España natos en la ciudad del Reino de León de Alba de Tormes, que se encontraba incautado por las milicias del Partido Comunista de España, ahora se había convertido en museo del pueblo. “Las fotografías tomadas durante estos meses de ocupación muestran hasta qué punto este fue un caso modélico de cuidado y atención tanto del edificio como de los bienes artísticos. El 17 de noviembre del año 1936 se produjo el bombardeo franquista sobre el palacio, que quedó destruido, pero se salvó gran parte de la colección porque la República llevó las piezas a Valencia primero y luego a Ginebra”.

Durante la guerra civil, todo lo relativo a la protección y cuidado del patrimonio estaba al cuidado y protección del cartelista y pintor Josep Renau, quien sería el encargado de conformar, en el año 1937, la junta del Tesoro Artístico; para conseguir llevar a buen puerto sus planes nombró como director de esa entidad al pintor Timoteo Pérez. Este nuevo organismo republicano confiscó para su salvaguarda unas 5.599 obras, que añadir a las 1.156 que fueron enviadas a Ginebra; y se dejó marcado el nombre de los propietarios de las obras. “Hubo otros organismos políticos que hicieron semejante labor pero no anotaban ni llevaban registro tan detallado de la procedencia de las obras. La Agrupación Socialista Madrileña incautó 458 o la CNT/FAI 430, por ejemplo. La base de datos de mi análisis son de unas 16.503 obras protegidas”. Según el profesor Arturo Colorado Castellary, en el frente nacional o bando franquista, “el esfuerzo bélico por garantizar la victoria primaba por encima de cualquier consideración, de modo que la cuestión patrimonial quedaba relegada a un lugar muy secundario”.

La obra realiza una investigación pormenorizada en relación a una cuestión esencial, y que se refiere a cuál fue el comportamiento del gobierno franquista, al terminar la Guerra Civil, al conseguir recuperar las miles de obras almacenadas o con las que habían sido evacuadas por los republicanos. Como es de esperar se realizó, por la propaganda del bando vencedor, una auténtica hagiografía sobre la recuperación de algunas obras de arte religiosas. “La Virgen de Covadonga se protegió en la embajada de España en París, y la versión franquista fue que la había salvado una mujer muy devota. O el también clarificador caso del Cristo de los Cerdanes de la diócesis de Cuenca, que según el franquismo milagrosamente había estado escondido en la casa de un feligrés, cuando en realidad se protegió en los almacenes de la delegación conquense de la Junta del Tesoro Artístico”.

Según lo que antecede, el franquismo trató por todos los medios a su alcance de requisar y confiscar todas las colecciones de arte de aquellos españoles que perdieron la guerra o que se encontraban en el exilio. La voracidad pública y notoria de los Franco conllevó que, de forma moralmente inexplicable, se quedarán con una importante colección de obras de arte y de bienes inmuebles. “Evidentemente el franquismo benefició a los suyos. Hay que empezar por la familia Franco, que sacó provecho…Desde la Casa Cornide, un palacete del siglo XIX. O las dos pilas bautismales que Carmen Polo incautó de la iglesia de Muxía, además de dos esculturas del maestro Mateo procedentes de la catedral de Santiago”. Sobresaliente, esclarecedora, magnífica obra literaria. Plena recomendación sin ambages. Vanitas vanitatum et omnia vanitas”.

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