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18 de septiembre de 2021, 6:17:45
CRÍTICAS


Julio Llamazares, "El río del olvido": la memoria y el paisaje

Por Ángel Silvelo Gabriel

Caminar sobre el pasado y los recuerdos igual que un águila sobrevuela su territorio desde el punto más alto de sus dominios. Alejarnos del olvido para sentir lo más cerca posible aquello que un día fuimos.


Volver con la idea de reconquistar el tiempo sin miedo a que el pasado nos arañe la memoria. Evocar, porque en el fondo se trata de eso, evocar lo que una vez creímos nuestro o aquello a lo que creímos que una vez pertenecimos por el simple hecho de que el destino nos hizo llegar a la vida desde ese lugar sin nombre que solo nosotros conocemos. Escudriñar la ribera del río montaña arriba con el único afán de devolver a nuestra memoria el placer de redescubrir el paisaje, porque como nos dice Julio Llamazares en el prólogo de El río del olvido: «El paisaje es memoria», igual que «los caminos más desconocidos son los que más cerca tenemos del corazón», de ahí esa necesidad de llegar a lo más alto para regalarnos esa vista tantas veces repetida en nuestros sueños y, a pesar de cómo dice el propio Llamazares, a sabiendas de que «una mirada jamás se repite». En la pureza de esa mirada es donde el autor leonés pone el objetivo de este libro de viajes a medio camino entre la confesión, el asombro y los recuerdos. Añoranzas de niño reinventadas a través de los ojos del hombre que desanda el camino transitado para llegar al principio de sus días. En este libro hay una reivindicación de ese nacimiento puro. Un nacimiento puro al mundo que uno trata de preservar en la memoria y que juega con él a través de las personas con las que conversa o se tropieza; o con los accidentes geográficos a modo de cascadas y puentes milenarios que unen y posibilitan el camino; o mediante los lugares y entornos más singulares, sobre todo, para una persona de ciudad y sin embargo tan cotidianos para los hombres y mujeres acostumbrados a dirimir sus vidas entre las montañas, la nieve, el frío, o ese verde intenso y profundo que atraviesa la mirada de quien lo contempla. Esa singularidad a la que se enfrenta el viajero no es la única a la que debe hacer frente, porque del mismo modo el silencio que le acompaña es el más ilustre compañero de su gesta existencial con la que trata de revivir una nueva vida. Existencia de pajares en los que dormir sobre un colchón de paja o hierba seca, trozos de pan prestados con los que acompañar las latas que antes de salir echó en su mochila, o la posibilidad de recrear casi en cada pueblo las aventuras y hazañas de unos olvidados que allí son los auténticos reyes de su destino, porque esa es la verdadera ventura en el reino del olvido, donde el eco que retumba entre las piedras de las casas es una forma de asistir a su permanencia en el tiempo, a su pasado glorioso y a su ruinoso presente, encasillado en el mejor de los casos con la bonanza del tiempo y el calor que trae consigo el verano.

Unos y otros acompañan a Julio Llamazares en este ejercicio donde la memoria y el paisaje van de la mano y se juntan con historias de duendes, lobos, guerras, exilios o afrentas que nada más permanecen intactas en los corazones de aquellos que pueblan las montañas por las que transcurre el río Curueño, excusa geográfica y vital de un viajero perdido en su propia memoria y que rebusca en la de los demás sus miedos y certezas, y su amplitud a la hora de abrir su alma al mundo, por mucho que éste se encuentra constreñido al trazado de un río que recorre las montañas para más tarde morir cuarenta kilómetros más abajo en el puente de Ambasaguas. Llamazares, poeta por convicción, se acerca aquí a los grandes poetas románticos que, en su alejamiento de la sociedad industrial que se estaba forjando, huyeron al campo y a la naturaleza para encontrar la inspiración y el trasunto de sus composiciones en los cielos azules y los mares, los árboles y las campiñas, el silencio y el viento. Como muy bien nos dice Llamazares en El río del olvido: «el paisaje es, además, la fuente principal de la melancolía. Símbolo de la muerte, de la fugacidad brutal del tiempo y de la vida —el paisaje es eterno y sobrevive casi siempre al que lo mira—, representa también ese escenario último en el que la desposesión y el vértigo destruyen poco a poco la memoria del viajero —el hombre, en suma—, que sabe desde siempre que el camino que recorre no lleva a ningún sitio.»

El paisaje y el tiempo. El paisaje, memoria inseparable de nuestra vida. De aquel que lo recorrió. De aquel que lo recuerda. De aquel que lo sueña.

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