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27 de mayo de 2022, 14:59:23
CRÍTICAS


"Colección documental de Pedro I de Castilla. 1350-1369. Volúmenes I, II, III, y IV", de Luis Vicente Díaz Martín

Editorial Junta de Castilla y León. Consejería de Cultura
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez

Estamos ante una obra, en cuatro volúmenes, auténticamente magistral y eximia, sobre uno de los monarcas más paradójicos de la Historia Medieval de las Españas. Pero, como siempre, y esto me entristece por erróneamente repetitivo, seguimos castellanizando a los soberanos, cuando la titulación CORRECTA ES LA DE REYES DE CASTILLA Y DE LEÓN O VICEVERSA.


Según la época en la que estamos, llama la atención la parca documentación que existe sobre el monarca de León y de Castilla. Pedro I “el Justiciero o el Cruel” de León y de Castilla [Burgos, 30 de agosto de 1334-REY DE CASTILLA Y DE LEÓN, desde 26 de marzo de 1350 hasta, Campos de Montiel, 23 de marzo de 1369]. La causa de ese hecho documental estriba en que el reinado del soberano leonés y castellano fue un conglomerado de constantes problemas de agitación política, luchas continuadas contra la levantisca nobleza, sobre todo dirigida esta última por la familia Trastámara; todo este cúmulo de problemas culminará con el fratricidio magnicida de Montiel realizado por su hermanastro, el conde Enrique de Trastámara, ya en el año 1369; y este crimen nefando dará origen a una nueva dinastía en el trono de León y de Castilla. “Incluso antes de la muerte de Pedro I, el Conde don Enrique intentaba justificar, sin reparar en medios, su mejor derecho al trono, a lo que los sucesos de Montiel le facilitan el paso, pues ante los hechos consumados, aceptar su argumentación resultaba lo más práctico”.

Está claro que el nuevo soberano, enfeudadísimo con los magnates de Castilla y de León, y por lo que será denominado como “Enrique el de las Mercedes”, tratará por todos los medios de borrar hasta las más mínimas huellas del gobierno de su regio hermano muerto vilmente, “aquel malo tirano que se llamaba rey”; de esta forma cínica, el Trastámara negaba, sin circunloquios, la legitimidad regia de su hermano. Quien, por cierto, era más que considerado en el Reino-Corona de León, donde era calificado como “Nuestro Señor el Justiciero”. De esta forma el nuevo soberano trataba de crear un puente dinástico entre el padre Alfonso XI de León y de Castilla y él mismo. Debo indicar que el único texto oficial sobre el reinado de Alfonso XI, la denominada como CRÓNICA DEL REY ALFONSO, EL ONCENO DE LOS REYES DE CASTILLA Y DE LEÓN, para befa del castellanismo militante no se conserva su texto oficial en castellano, sino en llingua llionesa o lengua-idioma leonés, asimismo lengua oficial de los Reinos de León y de Castilla.

Está claro que Enrique borra con saña, motu proprio, los veinte años del gobierno de Pedro I. Enrique II montó toda una parafernalia propagandista sumamente eficaz, en contra de su hermano muerto. En este menester no se encuentra solo, ya que lo acompañan el Papado, Francia, estos por enemistad absoluta; y Aragón y Portugal por la eliminación de un beligerante soberano de León y de Castilla. “De hacer olvidar, a pesar de los esfuerzos de Inglaterra, la ilegitimidad hasta que la evolución de la guerra de los Cien Años permita la fusión de las dos dinastías con el matrimonio de Catalina de Láncaster, nieta de Pedro I por su hija Constanza, casada con el duque de Láncaster, con el heredero castellano (Y LEONÉS) de la rama Trastámara. Sin embargo no se pudo evitar que el cronista Froissart recogiera en sus ‘Crónicas’ precisamente todo lo que se contaba en los campamentos de mercenarios en los que triunfaba la propaganda trastamarista que aireaba interesadamente la carencia de virtudes caballerescas de don Pedro”. Se colige, de forma fehaciente, que existió una sistemática y pormenorizada destrucción de una importante cantidad de documentos del reinado del rey Pedro I de León y de Castilla, los objetivos y los fines son prístinos, se trababa de dejar desnudo de transcendencia al reinado de Pedro I.

Sea como sea, a pesar de los esfuerzos realizados no se ha conseguido obtener dos documentos que subrayarían la legitimidad dinástica, verbigracia las Cortes de Sevilla de 1362 y el Ayuntamiento de Bubierca de 1363. No obstante, de ambas cuestiones otorga carta de naturaleza fidedigna el canciller Lope de Ayala: “Y en ellas se establecía el orden de sucesión al trono, en las primeras a favor de don Alfonso tras reconocer las Cortes, título póstumo, la legitimidad del matrimonio de Pedro I y María de Padilla, lo que le convertía en heredero al trono, y poco después, tras su muerte, en el Ayuntamiento de Bubierca se establece y se jura el derecho a la sucesión, sucesivamente, de sus tres hijas –Beatriz, Constanza e Isabel- dando con ello respuesta a lo que la propaganda trastamarista difundía”. Estos documentos iban directamente contra la línea de flotación de la nueva dinastía; está claro que el maquiavelismo de Enrique II “el de las Mercedes” no podía permitir, en ninguna circunstancia, la existencia de esa documentación tan adversa para sus intereses. “Quizá fueran suprimidos con ellos todos los que hacían referencia a la boda de Pedro I con Blanca de Borbón, uno de los puntales de la propaganda trastamarista y que quizá su correcta seriación hiciera cambiar en muchos aspectos la valoración del reinado”.

La mejor forma de eliminar todo tipo de críticas a su reinado, por parta del soberano Trastámara, fue la de ignorar, taxativamente, todo lo que se había hecho en el reinado de su hermanastro, negando toda la legislación emitida y consiguientemente su pertinente documentación. Se confirmarían todos los documentos procedentes del reinado de Alfonso XI, ignorando lo realizado por Pedro I de León y de Castilla. Se trataba de subrayar todo lo inútil que había sido la documentación sobre la legislación-regia de Pedro I. “En algún caso se han llegado incluso a cometer auténticas aberraciones diplomáticas y jurídicas. Tomando una sentencia de Pedro I de 1365, que al no poder ser confirmada por el nuevo rey, se hace una falsificación, como si la sentencia hubiera sido dada unos años antes, en 1344, por Alfonso XI para de esta forma pudiera ser confirmada por los Trastámara, que sin poner el menor reparo procede a ello, siendo este documento Alfonsino el que es posterior y sucesivamente confirmado por los reyes que le sucedieron. En este clima y con estos comportamientos como norma no es extraño que sean muchos los documentos de don Pedro que no se han conservado según era habitual en la Baja Edad Media castellana”. Si se acepta que hay una nueva dinastía en Castilla y en León, la conservación de documentos diplomáticos sobre el anterior reinado, produce un claro demérito en ella. El Trastámara pretendía, obviamente, dejar bien claro que se pretendía un ascenso social claro, y un control político de la sociedad de León y de Castilla. “No conviene olvidar que nos encontramos en un momento en que se va generalizando también la documentación en papel, material que se caracteriza por su fragilidad, e indudablemente, las rápidas órdenes de guerra se expedían en esa materia, lo que sin duda influyó decisivamente en su desaparición”. A falta de la existencia de documentos que puedan rebatir la propaganda, esta puede campar por sus respetos.

El reinado de Pedro I se construye, para su estudio, en la magnífica Crónica del Canciller Pedro López de Ayala, quien tenía la misma edad que los dos actores principales enfrentados, es decir Pedro I y Enrique II. Este personaje siempre fue fiel al rey legítimo de cada momento, primero con Pedro I, y luego con Enrique II, cuando este último, en el año 1366, consigue que su hermano abandone los Reinos de León y de Castilla, tras la feroz batalla de Nájera. Luego se aparta de la vida política, hasta que Enrique II aprovechará su categoría intelectual y cultural para colocarle a la cabeza de la diplomacia de los Reinos de Castilla y de León, dirigiendo sus avezados esfuerzos hacia las Cortes de Aragón, del Vaticano, de Francia y de Portugal.; siendo el factotum absoluto de la política exterior e internacional de dichos reinos. “López de Ayala es, pues, un magnífico conocedor del reinado de Pedro I, pero sobre todo, cuando escribe su Crónica, un fiel servidor de la dinastía triunfante y quizá desde su perspectiva de diplomático fuera consciente de que la única labor positiva que cabría llevar adelante era la pacificación del reino, y la víctima de ello hubiera de ser, tal y como se habían desarrollado los acontecimientos, don Pedro”. Obra magistral, fuera de serie. Cum laude. Estamos ante una obra tan completa, y tan paradigmática, que llena un hueco infinito sobre el reinado del monarca Pedro I de León y de Castilla, y que recomiendo vivamente.Rex tamen, atque idem egregius virtute bellica”.

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