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19 de mayo de 2022, 6:38:39
POESÍA


"Artículos de primera necesidad": el coraje desnudo de Ramón Bascuñana

Por José Antonio Olmedo López-Amor

Tres cosas llamaron mi atención sobre este libro en cuanto lo despojé del sobre de Correos que lo trajo hasta mi buzón, tres aspectos que, a lo mejor, no son tan relevantes como pudieran parecer, mucha gente ni reparará en ellos, pero a mí, como buen bibliófilo y amante de la palabra, me captaron y empezaron a comunicarme como lector. Lo primero que llamó mi atención al enfrentar este poemario, y me refiero, a esos momentos previos a abrirlo y escudriñar en su interior, fue su elevado número de páginas. 166 hojas parece un número más propicio para una antología, que para un poemario, ¿verdad? Sin embargo, yo mismo he incurrido alguna vez en una situación parecida y, si tal como Carlos Marzal afirma y otros antes que él, también así lo creo, «la poesía se escribe cuando ella quiere», del mismo modo, su extensión es algo que no determina el poeta, siempre que tomemos el texto poético como necesaria expresión y no solo como una estrategia que busca un efecto estético. Terminar un poemario en 50 páginas, terminarlo en 180, tal vez, el momento en que el pájaro decide detener su canto, y por qué, sean misterios tales cuyo enigma y nacimiento procedan del mismo indeterminado lugar del que procede nuestra inspiración.


Lo segundo que llamó mi atención, antes de abrir el libro, fue su título. Jaime Siles ha dicho en varias ocasiones —por alguna razón que desconozco— que los títulos de los poemarios no deben ser poéticos, y parece, en este caso, que Bascuñana obedece a esa misma convicción. `Artículos de primera necesidad´ es una frase muy empleada en el ámbito periodístico para referirse a los productos básicos para la vida, es decir, de uso cotidiano, que podemos adquirir en cualquier supermercado. Mezclar periodismo y poesía es una forma de sublimar lo informativo, lo mecánico, lo frío y publicitario, a la vez que desacralizar —de alguna forma— el hecho poético. Por lo tanto, mi primera impresión tras ver el título, la información catafórica que obtengo de él, anticipa una visión realista y cruda de la realidad, no exenta de ironía. La ruptura del cliché que supone colocar una frase periodística como título de un poemario, nos previene ante una actitud de juego que se resolverá didáctica y deflagradora de la interioridad a un tiempo.

Lo tercero que llamó mi atención, fue la composición de la imagen de cubierta, obra del propio autor: un bodegón de palabras fracturadas que se entremezclan, entre las que podemos distinguir términos como `futuro´, `poesía´ y `no´, algo que no presagia un interior esperanzador, más si cabe, si se nos presenta con un aspecto sombrío y acompañado de un arma de fuego, como es el caso.

Luis Sánchez Martín, editor nacido en Cartagena con quien tengo la suerte de tener una buena relación, a buen seguro ha tenido mucho que ver en estos aciertos. Desde hace tiempo, Sánchez Martín está desarrollando una labor editorial digna del editor de raza, es decir, aquel que se esfuerza por publicar buenos libros de autores verdaderos, más allá de pensar en la repercusión financiera que su inversión tendrá. De esta manera, he tenido la suerte de reseñar a jóvenes autores, y no tan jóvenes, que se han estrenado como poetas, o casi, de su mano. Autores que quizás se consagren con el tiempo, que quizás publiquen un par de libros y desistan de su empeño, o que a pesar de sus esfuerzos sus voces se disuelvan en el olvido, merced al canibalismo editorial de esta sociedad capitalista. Lo cierto es que su buen hacer como sabueso libresco, pone ante nosotros las obras de poetas que tal vez no de otra forma llegarían a nuestras manos, y eso es algo que hay que subrayar, valorar y apoyar. Con la publicación de este libro, Sánchez Martín se ha alejado de todo eso y ha dado en el clavo, pues Ramón Bascuñana es un poeta de vocación que además posee una trayectoria de más de dos décadas jalonada de importantes premios y, lo más importante de todo, de buena poesía.

Pero vayamos al interior del libro y comencemos a dilucidar qué nos quiere contar el poeta, y sobre todo, cómo. La partitura completa se escinde en 5 grandes cantos y una coda epitáfica final. Dice Javier Gallego Dueñas en una reseña sobre este libro que los seis apartados en que está dividido bien podrían constituirse como poemarios independientes. Tienen identidad por sí mismos. Y así es, desde luego.

El primer movimiento lleva por título `Cosas que nunca te dije´, y todo buen cinéfilo recuerda al instante intimista la película de Isabel Coixet, este es su argumento: «Don es un vendedor de casas que en su tiempo libre presta servicio voluntario en el Teléfono de la Esperanza. A Ann, que trabaja en una tienda de artículos de fotografía y vídeos, su novio le ha dicho que ya no la quiere y que desea cortar la relación. Para intentar recuperarlo, ella graba una cinta de vídeo donde le cuenta cosas que nunca le dijo. Las vidas de Don y de Ann, al cruzarse, experimentan cambios fundamentales». Don y Ann, el auxilio y el socorro, el apósito y la herida. No son baladí las analogías argumentales que Bascuñana utiliza a lo largo de todo el libro con relación al mundo del cine, resultan muy significativas. Todos nosotros, poetas y lectores, somos usuarios del teléfono de la esperanza de la poesía. Una cita de Antonio Moreno que dice así: «Miro atrás y comprendo que mi vida ha dejado sus huellas con palabras» nos apunta a la posibilidad memorística y autobiográfica del conjunto, el recuerdo como palimpsesto que trasluce la prueba gráfica de lo inefable.

De esta manera comienza el primer poema, titulado `Refugio´: «Acepto la rutina de los días iguales: / madrugar, el gimnasio, / un café sin la prisa de los horarios fijos…», y se advierte enseguida que el poeta se expresa en versos imparisílabos y no utiliza rima, a excepción de algún poema, como el soneto titulado `El corazón cansado de la nada´. El recurso a la métrica demuestra el oficio de Bascuñana como orfebre de la palabra, los moldes del verso endecasílabo, heptasílabo, pentasílabo y alejandrino vertebran de principio a fin la armonía de esta desesperanzada sinfonía. He escuchado en varias ocasiones que un poema con métrica no garantiza que sea más bueno que un poema sin métrica, sin embargo, soy de los que piensan que, lo que es seguro, es que está más trabajado. La prosodia, la eufonía de su axis heteropolar acerca a su autor a esa promoción de poetas de la experiencia a la que, al menos por edad, pertenece.

Ese refugio inaugural aludido en el primer poema no es otro que la poesía. Este texto resulta propedéutico si tenemos en cuenta que lo formal y argumental del libro completo se representan en él: un yo lírico en primera persona, poemas estróficos, un discurso claro y sin ambages, la luminosa cotidianidad, pero también su cáncer: la rutina, etc. Bascuñana nos presenta un mundo en el que no somos personas, sino ciudadanos con prisas. Un mundo en el que el ser nunca llega a ser, o al menos, de manera completa, debido a sus taras, miedos, sentimientos de inferioridad y culpa, servidumbres…

La poesía refugio se concretiza en forma de atalaya en el segundo poema, la torre de marfil desde la que el poeta observa un solsticio atravesado por pájaros en vuelo, «atalaya del alma», nos dice Bascuñana, y yo no puedo dejar de pensar en ese histórico libro de caballerías que es el `Guzmán de Alfarache, Atalaya de la vida humana´, en el que en plena ebullición de la picaresca, un personaje de lo menos indicado para sermonearnos acerca de la moral, lo hace y consigue hacernos reflexionar. Ese poema en tres partes que es `Atalaya´ se resuelve afirmando que la vida es un misterio, pero antes nos interpela acerca del miedo a tener miedo, del dilema entre el olvido y la absolución de los recuerdos, y del inexorable y lacerante paso del tiempo.

«Bajo la piel quemada / las aguas subterráneas del deseo», el tiempo alcanza la categoría de un dios impasible e inexpugnable que nos va erosionando poco a poco y nos obliga a reflexionar sobre la muerte. Como ya hiciese en su anterior poemario, `El dueño del fracaso´, Bascuñana enfrenta en su poema `Observaciones en torno a la vejez´ la imagen de sus padres siendo ancianos y no puede dejar de pensar en su declive, en ese anunciado final que va llegando de forma mecánica. Queda pues, tras la sensación de orfandad, un deseo de amor que tampoco cristaliza en una persona cercana, por lo que el blanco de la página, más que un vértigo o angustia al horro vacui, supone para el poeta una forma de equilibrar las cosas, aunque sea en la ficción. El hablante lírico escribe en el centro de la página, con una tinta que esplende roja como su propia sangre, la palabra `decepción´: «Una caricia, / una mirada leve, una palabra. / Un gesto simple. No encuentro nada. / Me inclino sobre el folio. La decepción / escribe este poema un instante después / de que la noche me acoja entre sus brazos».

Sorprende encontrar en la página 21 el poema titulado `Cosas que nunca te dije´, el cual da título al bloque, donde el poeta se sincera de una manera inusual ante su virtual alma gemela, que cada verso podría convertirse en un arma que lo vuelva vulnerable: «Que el amor es un juego donde perdernos siempre»; «Que el amor justifica / escribir el poema / cuyos versos se mueren nada más recitarlos». De haber sido decisión mía, hubiese colocado este poema, dada su sangradura verbal y vocación de ofrenda, como colofón del libro. Reside en esa desnudez un riesgo que trasciende lo literario y comulga con la obligación que adquiere el verdadero artista a comportarse de forma coherente con referencia a su propia obra. Varios poemas con el amor como tema central servirán al poeta para cristalizar un pesar que alza el vuelo con salmódicos versos. La puridad del discurso evita ángulos negros, la puntería de una voz madura que abre su pecho y nos regala la flor que lleva dentro, despierta en nosotros, como lectores, por supuesto, la empatía, pero también la extraña necesidad de hacer lo mismo. La poesía de Bascuñana se vuelve dialógica en cuanto su hambre de respuesta nos interpela. El lector encarna una otredad ansiada a la que, por ser lector, le es imposible comunicarse, pero sin saberlo, con su lectura e interpretación termina y cierra un mensaje que quizás ha sido escrito para él.

A propósito de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, recientemente distinguida con el Premio Cervantes, y su posición frente al dolor, en una ocasión dijo que tenía dos opciones: o bien convertirlo en odio y rencor, o transformarlo en solidaridad, literatura, afecto, poesía; y afirma que se decidió por lo segundo. Si tiramos del hilo que un presentido dolor nos propone en los poemas, llegamos a esa convicción de transubstanciación del dolor en arte por obra y gracia de eso que llamamos escritura poética. Esta escritura se revela como la forma de, sino superar, sí soportar una desesperanza tácita, paciente, en lontananza, que parece presidir todos los escenarios.

Algunos temas que trata en el libro, temas recurrentes en toda su obra, son preocupaciones que se repiten, como los títulos de algunos poemas: lo efímero del éxito, la farsa de los días, la derrota y cómo la asumimos; temas a los que regresa una y otra vez con la intención de trascenderlos y, sin embargo, de esa imposibilidad nace el pesimismo: «Unas pocas palabras destiladas / con terca voluntad de mago o alquimista / que no podrán salvarnos / de la cronología del fracaso / ni de la ceremonia final de la derrota».

Este libro devela una particular relación entre su autor y el cine. No solo por títulos como `El exorcista´, `Adiós a las armas´, `Sin novedad en el frente´, aunque estas dos últimas fueron también novelas leídas por el poeta, o por personajes o frases que nos recuerdan el universo cinematográfico, sino también por su concepción determinista. Bascuñana es muy visual, compone muchas descripciones como escenas rodadas por un cineasta que sabe lo que quiere, como imágenes que se suceden ante nuestros ojos para herirnos con su forma, su color y su luz: «Una luz diferente / que inunde el corazón de las tinieblas / con sombras más profundas, / aromas y colores, / un paisaje distinto».

Pero no queda ahí. `Artículos de primera necesidad´ es una obra rica y amplia, profunda, que no se agota tras una primera lectura y propone, tras varias incursiones en su orografía, nuevas propuestas, nuevas interpretaciones. Como por ejemplo, una lectura en clave de conciencia crítica. El bloque titulado `El arma´, título que referencia a Gabriel Celaya, quien fuera uno de los adalides de la poesía social en la generación de medio siglo, está dedicado por entero a denunciar injusticias sociales, pero no solo cometidas por entes abstractos o colectivos a los que somos incapaces de asociar un rostro o nombres y apellidos, sino también es una dura crítica a nosotros mismos, como entes pasivos de un sistema que opera con crueldad gracias a nuestro estatismo: «No decir nada. / No hacer nada / y ver cómo se ahogan / en la tele / y también cómo mueren / en guerras insensatas». También la fotografía sirve de inspiración, como en el poema `La niña del napalm´, el poeta encuentra un posicionamiento frente a lo retratado y frente a lo no retratado, porque hoy todos sabemos que en una sociedad de la imagen tan morbosa y tecnodependiente, algunas fotografías ocultan su inmoralidad detrás del denominado «derecho a la información».

De manera decidida, el poeta cree que en tiempos de paz, la poesía no combativa es admisible por cuanto deleite y prebendas provee a quien la degusta, pero en tiempos de guerra, como los que nos ha tocado vivir, la poesía no combativa es una frivolidad. No podemos ver cómo alguien se ahoga en un río y nosotros, armados de nuestra inspiración y afán de causar un efecto estético desde nuestro lugar de confort, en lugar de ayudarlo, describimos el agua. Por lo tanto, la poesía social florece en este libro por convicción. Llamar a las cosas por su nombre es posicionarse, es determinar la perspectiva desde la que se dirige uno al mundo. Suscribo la crítica feroz al capitalismo, a la deshumanización, a la violencia. Quedo abstraído frente a la metapoesía que cuestiona su propia naturaleza, el acto de crear que propone una reflexión sobre el arte de crear, el lenguaje interrogándose a sí mismo. Hay una valentía inédita en el hecho de auscultar nuestro propio corazón, pues a veces, podemos darnos cuenta de que no se percibe ningún latido.

Son muchos, muchísimos los motivos por los que esta poesía se defiende sola. Siempre digo que la vocación aclara los discursos. Me encanta ir descubriendo a través de las citas o de versos de otros autores que aparecen el letra cursiva los referentes artísticos y de pensamiento de todo autor: lo que hoy se llama intertextualidad. En este caso, las fuentes no podían ser más universales y autorizadas: Virgilio; ese tríptico dedicado a Félix, Paca y Guadalupe; Gil de Biedma; Miguel Hernández; Anna Ajmátova; Gamoneda; Margarit; José Hierro; Pessoa, etc. El diálogo con la tradición es constante y enriquecedor. No he encontrado por ningún lado escrito el nombre de Luis Alberto de Cuenca, pero intuyo que en el estilema de Bascuñana residen algunas de sus resonancias, porque estoy seguro que —y él lo es— antes de ser un buen poeta, uno debe de ser buen lector.

Leerte a Ramón Bascuñana ha sido como saltarse varios años de amistad e ir directamente a un plano de cercanía solo posible con personas sinceras, con personas auténticas que se entregan y abren en canal, que valoran lo bueno de la vida, y con lo malo, moldean libros como este, que nos conmocionan y hacen reflexionar, que no es poco. Para terminar, hago míos unos versos en los que habla de una utópica salvación, una aspiración a la redención que todo héroe o antihéroe merecen, me he sentido muy identificado con el rescate no confesado de la poesía que sentimos aquellos que habiendo vivido por y para ella, más allá de si lo merecemos o no, conservamos la aspiración de morir algún día también entre sus brazos: «Me salvó la poesía / de ese triste destino de los días iguales / y los mansos espejos que repiten los gestos / de aquellos que se atreven / a cruzar por delante de la vida».

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