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CRÍTICAS


"El contraataque aliado. La Segunda Guerra Mundial en Occidente. 1941-1943", de James Holland

Ed. Ático de los Libros. 2019
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez

En el mes de junio de 1941 los aliados ya han llegado a la convicción de que la guerra, contra la Alemania del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, será larga y crudelísima. La máquina bélica nacionalsocialista estaba en guerra continua contra todos, y solo los británicos plantaban cara a los germanos con éxito desigual.


El Alto Mando de la Wehrmacht estaba ilusionado con lo que denominaban como guerra-relámpago o bkitzkrieg, que había permitido una serie de victorias de una endiablada velocidad a los prepotentes soldados alemanes; desde Polonia en septiembre de 1939 (el genocida Josef Stalin invadiría la parte oriental polaca), que había sido el alba de la guerra, hasta Dinamarca y Noruega en abril de 1940. A continuación caerían los flamencos neerlandeses, la orgullosa Línea Maginot de Francia sería cogida por la espalda, y los chauvinistas franceses serían, en seis semanas, aplastados de forma inmisericorde. Para acabar con el orgullo de Francia, el armisticio, en mayo de 1940, se firmaría en el mismo vagón de tren donde, en 1918, el mariscal francés Foch obligaría a los alemanas a firmar, por medio de una rendición incondicional, la pseudopaz en el final de la Primera Guerra Mundial o Europea entre 1914 y 1918. Para más inri, el Führer Adolf Hitler se pasearía pavoneándose por los Campos Elíseos hasta la Torre Eiffel.

Ningún analista o militar de la época; en el bando de los denominados ‘aliados’; tenía la más mínima duda de que nadie podría resistir a la supremacía bélica de los alemanes de Hitler y de Göring. Mientras tanto, el reino eslavo de Yugoslavia y Grecia fueron asimismo invadidos, con un comportamiento de una crueldad más que despiadada; para, finalmente, en el mes de mayo de 1941 la gran isla del mar Egeo, Creta, estar también en posesión de los alemanes. El ejército británico se vio obligado a salir por pies, lo que le supuso otra nueva y humillante derrota. “Las imágenes de columnas de Panzer y de esvásticas que se alzaban sobre el Partenón de Atenas dominaban los noticieros alemanes y los de todo el mundo. Era evidente que Estados Unidos tenía el potencial de producir ingentes cantidades de armas, pero el potencial era una cosa y la realidad, otra; lo cierto es que las fábricas del país no producían una gran cantidad de material de guerra, a pesar de la insistencia británica en que pronto sí lo harían”.

El régimen de Berlín deseaba aplastar a aquellos caducos y trasnochados, en apariencia, sistemas políticos que utilizaban la democracia, aunque muy sui generis, como forma de relación y de expresión sociopolítica. La opinión pública de la época comenzó a pensar que las dictaduras eran más eficaces y efectivas, y defendían mejor a las clases trabajadoras que el liberalismo. Es paradójico, pero en la Alemania hitleriana el número de obreros afiliados en sus SA y SS era ingente; hasta el comienzo de la guerra el pleno empleo en la Alemania nacionalsocialista era público y notorio. Hasta tal punto era así el aserto, que el propio NSADP se vio obligado al exterminio, sin ambages, de la parte izquierdista o strasserista (por el nº 2 del propio partido Gregor Strasser) del partido, y acompañar el asesinato flagrante con el aderezo criminal de los católicos, críticos con su actuación socio-política y antijudía. La obvia noción de que Alemania era invencible, en los primeros años de la guerra, hasta la debacle de Stalingrado del Mariscal de Campo Friedrich Paulus, estaba en todas las consciencias de los europeos de la época. Esta es la razón por la que el cinismo de Winston Churchill no consideró correcto apoyar a la oposición antihitleriana, que ya estaba pululando por Alemania, desde el caso del Coronel-General Beck, y del escándalo von Blomberg y von Fritsch.

Por todo lo que antecede, los británicos tuvieron la tentación de negociar una paz separada con Alemania, entre los meses de mayo y de junio de 1940. Los altos oficiales del Reino Unido estaban francamente sorprendidos de la casi simpleza militar con la que los franceses fueron derrotados; sería Churchill el que convencería, al denominado como Gabinete de Guerra, de que era preciso luchar hasta el final. Su eslogan se haría famoso hasta para la posteridad, como ‘¡Sangre, Sudor y Lágrimas!’. El fracaso apriorístico de Chamberlain, dejaba bien claro de que no se podía confiar en aquel ‘cabo bohemio’ nacido austriaco y reconvertido en alemán belicoso hasta la náusea. Los británicos estaban relativamente protegidos: eran una isla, separada del continente por el canal de la Mancha, su Marina Real era prestigiosa, su aviación de combate o RAF era perfecta, y poseía la mejor coordinación de todo el mundo. Cuando la aviación militar germana se lanzase al ataque, para enaltecer el orgullo de su amo y señor Hermann Goering, el 13 de agosto de 1940; alrededor de dos millones de soldados estarían preparados para luchar valerosamente. “Una vez pasó la crisis provocada por el temor a una invasión, se extendió la creencia de que, con el tiempo, la Alemania nazi podría ser derrotada. En una larga guerra de degaste tradicional, Gran Bretaña estaba razonablemente segura de su victoria, pues su acceso a los recursos (petróleo, alimentos, acero, etc.) era mucho mayor que el de Alemania”.

El modus operandi estribaba en ahogar a Alemania por medio de un bloqueo económico sin prisa pero sin pausa; se deberían incrementar los bombardeos sobre las ciudades y las fábricas alemanas, lo mismo que se había realizado en la Guerra de 1914 a 1918. La megalomanía psicopática del Führer se lo pondría muy fácil; cuando, sin la más mínima razón aparente, Hitler declarase la guerra a los Estados Unidos, en contra del deseo de los muchos partidarios del nacionalsocialismo existentes entre los norteamericanos, sobre todo aquellos que no tenían simpatías al lobby judío, como por ejemplo Charles Lindbergh o Avery Brundage. A principios de junio de 1941, la armada británica estaba ganando la guerra en el Atlántico, apoyada por la pequeña pero eficaz Armada Real canadiense… Estamos, por tanto, ante otro libro extraordinario de la editora Ático de los Libros, que escoge lo mejor de lo mejor, siempre seriedad y calidad inmarcesibles.Timeo Danaos et dona ferentis, ET, Labor omnia vincit”.

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