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3 de junio de 2020, 6:28:54
ENTREVISTAS


Entrevista a José A. Zorrilla, autor de "El espía en Saratov"

Somos un país muy aislado. Todavía hoy casi nadie habla inglés.


Con el primer ejemplar ya en nuestras manos, tras su reciente aparición en el mercado de la novela de espionaje "El espía en Saratov", el autor José A. Zorrilla amablemente responde a las cuestiones más relevantes que nuestra revista digital TodoLiteratura ha formulado en nombre de los lectores:


Estamos ante una novela de espionaje, ¿no es sorprendente en la literatura española?, y en cuanto al título ¿qué es eso de Saratov?

De hecho yo solo recuerdo "La rusa" de Juan Luis Cebrián. El espía es algo inédito en España porque ni hemos tenido intereses globales ni lealtades cruzadas desde hace siglos. Piense que Kim, el de Rudyard Kipling, trataba de evitar que los rusos invadiesen la India y Philby era el hijo de un alto funcionario inglés que terminó trabajando para el Rey Ibn Saud y convertido al Islam. Saratov es un puerto del Volga, una ciudad en su día prohibida para los extranjeros donde terminó sus días desterrado Chernishevsky, el que escribió el primer "Qué hacer" de la historia rusa.

No todos los lectores son doctos en Rusia, como usted, ¿Qué es el "Qué hacer"?

"Qué hacer" es un libro muy famoso de Lenin en el que explica cómo ha de funcionar el Partido Comunista ruso. Nada de aficionados. Unos pocos profesionales. El título es un remake del "Que hacer" de un prerevolucionario, Chernishevsky, que terminó sus días desterrado en Saratov y al que conmemora una estatua en el centro de la ciudad.

¿Hubo todavía más libros con el título "Que hacer" en la literatura rusa?

Si, claro, el del colega de Lenin, que luego se hizo socialdemócrata, Martov, y el de Jordania, el menchevique que llevó Georgia en régimen de socialdemocracia los tres años que duró su independencia después de la Revolución.)

D. José entendemos que sabe bastante sobre Rusia, y la antigua URSS.

Menos de lo que quisiera, pero viví en ese mundo seis años. Moscú y Tbilisi. He viajado también por el país. Pero no he cogido nunca el Transiberiano.

En esta novela nos habla de las lealtades cruzadas. De hecho el protagonista es un ejemplo de éstas.

El protagonista se hace llamar Luis en Europa y Anton en Rusia. Es hijo de republicanos comunistas españoles, pero espía para la CIA. Por añadidura tiene la nacionalidad francesa por haber nacido en París en el exilio.

¿No son muchas nacionalidades para una sola persona?

En España sí. En otros países no tanto. Somos un país muy aislado. Todavía hoy casi nadie habla inglés.

¿Si he entendido bien, el protagonista es un niño de la guerra?

J.A.Z.- Exactamente. Luis Anton se queda huérfano en París y es reclamado a Moscú por el hermano de su padre que colabora en Relaciones Internacionales del Politburó. Se forma en la Escuela Española y en la Universidad de Moscú. Por razones que no puedo explicar porque son el McGuffin de la novela, se le ofrece trabajar para el Servicio de Información francés y dice sí. Cuando Mitterrand llega al poder los Servicios le ofrecen pasarle a la CIA y, atraído por el reclutador, John, un tipo muy liberal y de excelente formación, dice sí.

Y en la novela estamos en ese instante de la vida del protagonista ¿esa sería la escena inicial?

Veinte años después, una llamada de teléfono de alguien que asegura venir de su reclutador y viejo amigo, le lleva a almorzar con un correo de la Casa Blanca. John A. Feldt, número dos de Eurasia en la CIA y control suyo durante todos estos años ha desaparecido en el curso de un crucero fluvial por el Volga. Luis figura en el testamento vital que todos los agentes de la CIA están obligados a firmar. El correo le pide que le encuentre o que les diga lo que le ha pasado. Con este motivo Luis va a volver a la Rusia, que nunca ha dejado de ser tan su patria como España. Y en el curso del viaje por toda la antigua URSS va rehaciendo los momentos claves de su vida. Al final de tan largo periplo habrá averiguado lo sucedido, pero no solo lo que le ha pasado a John, sino, y sobre todo, porque él mismo, comunista hijo de comunistas, terminó siendo espía al servicio de Washington.

¡Qué vértigo! ¿No son demasiados kilómetros y demasiadas preguntas?

Estamos en tiempos de crisis. El lector tiene que tener valor por el dinero que paga. Les prometo unos dilemas morales de aúpa -algo no muy distinto de John le Carré- y cantidad de geografías exóticas y paisajes desconocidos. ¡Con decirle que llegamos hasta Kirgistán!

Así que tenemos viaje, aventuras, espionaje y ¿amor? ¿Hablamos un poco de amor?

Profundo y redentor. Como en la Divina Comedia. La mujer ministro de un culto trascendente. Sí, hablemos, es obligado porque uno de los temas que van a surgir en el curso del viaje es precisamente ese, el amor. El protagonista, dada la naturaleza de su trabajo, está condenado a la soledad. Y en el curso de su viaje se va a encontrar con alguien que le vulnera especialmente, me refiero por supuesto a una mujer, y él no sabe por qué. Ese misterio terminará también por resolverse.

Oiga, que eso es el amor de antes de la guerra.

Rusia viene de Orígenes y nosotros de San Agustín. Allí todo es otra historia, hasta su noción del amor. Betty Friedan y el feminismo allí no tienen recorrido.

Malas noticias, para quienes no entiendan la belleza del amor en aquellas latitudes. Y volvamos a su novela: ¿Camellos?

Me he quedado en yurtas de nómada. Quizás en la próxima novela...

Pues no son pocos los misterios que esconde la novela.

Bueno, es la historia de una vida. Y de una vida muy especial que empieza en París, sigue en Moscú, luego en Madrid... para qué seguir.

Finalizamos constatando la viva imaginación que pone al servicio de los lectores.

No tanta. Mucho de lo que digo es verdad, aunque no se sepa. En cuanto a geografía he estado en todos los lugares que describe la novela. Incluso en los más exóticos.

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