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14 de octubre de 2019, 17:45:29
CRÍTICAS


"Los cansados" de Michele Serra

Por Antonio Martínez Asensio

Nada tan apasionante como reflexionar, a partir de cierta edad, sobre la relación con nuestros hijos, sobre todo cuando, desde su adolescencia hasta su madurez, uno piensa que les ha perdido, que son extraños, seres, tal vez, de otro mundo.


Michele Serra ha escrito una novela deliciosa sobre la relación de un padre con su hijo, que acaba de pasar la adolescencia, con el que no se entiende y al que no entiende. El narrador describe a su hijo como “un perfeccionista de la negligencia”, siempre tirado en el sillón, con su ropa desaliñada y revuelta, calzado con unas enormes deportivas haga el tiempo que haga, pasando las tardes en el sillón, perdiendo el tiempo. “Todo se queda encendido, nada apagado. Todo abierto, nada cerrado. Todo empezado, nada terminado.”

Tal vez porque a los padres nos preocupa el poco tiempo que nos queda, tal vez porque queremos comunicar a nuestros hijos nuestras experiencias, sin entender que necesitan su tiempo, diferente, y que su mundo ya no es el mismo. “Tú eres el consumista perfecto. El sueño de todo jerarca o funcionario de la presente dictadura.” Y tal vez sea cierto. Hay una escena en una tienda de sudaderas que no sé si es hilarante, realista o terrorífica.

Mientras el padre trata de convencer a su hijo de que le acompañe a una excursión, la subida al paso de Nasca (“no sabes lo mucho que te gustaría”, es “una experiencia de salvación”, “te lo pido por favor”, “¿cuánto querrías para venirte conmigo?”) va observándole, contando su propia visión de una juventud extraña. En un momento de la novela recoge a una amiga de su hijo y está con ella hasta que su hijo aparece, y se da cuenta de que es una juventud que no cumple ninguna de las normas sociales a las que estábamos acostumbrados y que comunicarles, tan solo, la emoción de un bello paisaje, una tormenta sobre el mar, es un esfuerzo imposible. Como cuando lleva a su hijo a la vendimia y éste se levanta a la hora de comer, pidiendo un desayuno, ajeno absolutamente a su entorno. O como cuando describe la forma en la que los jóvenes son capaces (o no) de estar viendo la televisión, mientras chatean con el teléfono y juegan a algo en la Tablet y aun así monopolizan el mando a distancia, como si hubiera manos o neuronas suficientes.

Hay reflexiones muy interesantesen Los cansados sobre la relación de nuestra generación con nuestros hijos, porque la forma de comunicarse, la cultura, las referencias, han cambiado tanto que a veces parece que somos otra especie, los bárbaros y los romanos, un nuevo comienzo, algo tan diferente que es imposible de entender.

Luego puede que solo ocurra que estamos envejeciendo, que tenemos miedo, que nuestro tiempo ha pasado, que estamos asustados, que creemos que no están preparados y, como el narrador, en esa bella escena final, solo nos damos cuenta de lo que ocurre cuando les vemos, por encima de nosotros, y sabemos entonces que somos nosotros los que nos hemos quedado atrás.

Una novela corta, interesante, tierna, divertida, que te invita a pensar, que te propone el juego de entender, de ponerte a favor para mostrarte luego la realidad. Una novela que nos habla del amor por los hijos, cuando crecen, de los matices de ese amor, de las dudas, de los miedos, del dolor de envejecer, de la necesidad de sentirse comprendido, de la comunicación, de los nuevos tiempos, de los viajes que nunca haremos, de la dificultad de dejarles marchar, del tiempo perdido.

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