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17 de noviembre de 2019, 17:18:00
PENSAMIENTO


"Las caperuzas de la literatura" por Edvardo Zeind Palafox

Por Eduardo Zeind Palafox

La mentalidad occidental casi nunca penetra las mentalidades orientales. Leopoldo Alas, desbarrando, lo atestiguó parangonando a Valmiki con Zolá. Kant, aunque fue un filósofo que buscó la universalidad, como todos, sólo proporcionó una serie finita de categorías mentales para razonar problemas infinitos.


Leía yo la "Crítica de la razón pura", de Kant, quien plantea que no es posible concebir lo infinito con la noción de cantidad, y me preguntaba si será lo infinito vana imaginería de magos y encantadores. ¿El mundo de las sociedades literarias es más grande que el mundo de las mitológicas? ¿Y qué barruntar de las mágicas? Creo que los pueblos literarios, es decir, los que tienen consciencia de su quehacer literario, son de imaginación más pobre que los que no la tienen.

El comerciante o abogado inglés o norteamericano, poeta, que trata asuntos humanos, cotidianos, grotescos y apasionados para acercarse el pan, perfectamente sabe que sus versos pertenecen a la fantasía; el tribal, al contrario, creemos, confunde o sintetiza verso y prosa, baile y marcha, ritual y trabajo. La literatura, para existir, necesita aceptar lo irreal, al punto de no verlo. La literatura vive de lo infinito, que es creación de la literatura.

Acordémonos del capítulo del "Quijote" donde un labrador disputa con un sastre. Tal labrador quería una sola caperuza y terminó recibiendo cinco, pero del tamaño de la cabeza de un dedo. ¿No es dar caperuzas a los dedos hacer literatura, busilis poético? Ambos hombres, sastre y labrador, confundían lo literario o literal con lo real. Tan magna confusión también la padeció Alonso Quijano. Había más literatura en los personajes que creían burlarse del Caballero de los Leones que en el caballero mismo. ¿Por qué? Porque Quijano no tenía consciencia de lo que hacía, o por mejor decir, porque era poeta, de los que dicen grandísimos desatinos sin saber lo que profieren.

"Quolibet ens est unum, verum, bonum", decían los escolásticos. ¿Sabía el labrador deseoso de sus caperuzas que las que le dieron eran únicas, verdaderas y buenas caperuzas? No; no era literato y lo ignoraba. ¿Y el sastre sí era literato? Tampoco; él sabía lo que hacía. Literato es quien trabaja la fantasía creyéndola "ente" real, capaz de "dicción".

Hay cosas, decía Zubiri, que sólo "hablando", en plena "dicción", parecen contradictorias. La flor parece solitaria cuando el literato la hace áulica y lo umbrátil de la noche parece triste cuando el poeta obliga a las estrellas a pronunciarse. La poesía del literato, "hazedora", según el término griego vertido al castellano, es "prosa ornata", que decían los medievales, "dicción" cuasi silogística de cosas fantásticas. Apúntese que la literatura coordina y que la ciencia subordina.

La ciencia explica causas y efectos y la literatura también, pero a través de entes sin razón, sin "cuándo". La literatura es magia con cariz de mito y mito explicado minuciosamente, tanto como los cielos que imaginó Swedenborg. "La interdicción de lo mágico da origen a la negación histórica del mito", dice G. Scholem citado por Gay Smith en su texto "Laberintos de erudición. El monasterio judío de Gershom Scholem".

Niegan los pueblos literatos, concluyamos, subordinarse al mito histórico, incontrolable, y lo sustituyen por la literatura, que se puede urdir a voluntad, coordinar. Parece que la fantasía humana es una en todos lados. La lógica, en cambio, por doquier cambia, es diferente. Cassirer lo nota y lo escribe así en su obra "Antropología filosófica": "Precisamente, los antropólogos y los etnólogos se han sorprendido muchas veces al encontrar los mismos pensamientos elementales repartidos sobre toda la superficie de la tierra y en las condiciones sociales y culturales más diversas. Lo mismo ocurre con la historia de la religión". Es intrigante la palabra "elementales".

Mal hemos creído que lo "elemental" lo acopia la ciencia y lo literario el arte, pues acaece todo lo contrario. Lo elemental es la imaginación, que se va formando, haciendo lógica, ordenada, adaptándose al ambiente. ¿Vería un niño dislate en las cinco caperuzas mencionadas? No. Los niños no son dialécticos, lógicos, no anteponen contrarios y se atienen a lo que hay. Cualquier niño pensará que existen cinco caperuzas pequeñas porque existen cinco personas con forma de dedo que las requieren; el adulto pensará otra cosa, que no hay ni caperuzas ni gentes, sino sólo sus representaciones; y el literato, ni adulto ni aniñado, como el gobernador don Sancho Panza hará que las caperuzas se "lleven a los presos de la cárcel"… mental.

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