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19 de agosto de 2019, 20:24:32
PENSAMIENTO


Las razones vitales del soneto 145 de Sor Juana Inés de la Cruz

Por Eduardo Zeind Palafox

Impertinente, filosófico lector, sabed que el palique que lees quiere ser el andamio de una monografía, trabajo recto, duro e imparcial no idóneo para cabezas como la mía, tan dada a las diversiones poéticas, bagatelas históricas y husmeos biográficos. Los amedrentamientos de la academia donde calculo el ir y venir de la fama de los poetas y de sus libros me han movido a releer la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, quien de acuerdo a los juicios del perito don Marcelino Menéndez y Pelayo es juglar superior a muchos de los de España.



No querría que mis párrafos fueran fisga y causa de grimas y hastíos, por lo que paso a la cuestión que me atañe, que es clarificar someramente qué quiso manifestar la mexicana magnífica en su Soneto 145. He aquí el portento:

Este que ves, engaño colorido,
que del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;

éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,

es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:

es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Ay, lector, mi cabeza, garbullo de autores, piara de algarabías y festín de greguerías sin provecho, es inepta para conocer la raigambre de cualquier soneto mediano o grande, de Boscán o de Dámaso, razones por las que estibará sus conjeturas, necedades y herejías filológicas en la sapiencia de don José Ortega y Gasset. Tal secuacidad allanará, exornará y dará veracidad a mis hazañas, si algunas por destino tengo.

Cosas harto distintas son el percibir y el estimar, dice el descubridor de la “razón vital”, Ortega, matización superior que nos instala en el cuarteto primero del susodicho soneto. Pero importa, antes de glosar, definir el estimar. Estimar es valorar y valorar es preferir, elegir lo superior a lo inferior. Vayamos al poema:

Este que ves, engaño colorido,
que del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido.

¿Afana Sor Juana que descreamos de ojos, oídos, yemas? Vulgar afán sería. Se perciben líneas, colores y formas, pero no valores; éstos se estiman, y sobre todo en el arte, primoroso ardid consistente en silogizar o enjuiciar con cualidades. En El tema de nuestro tiempo Ortega cuenta que Jesús descubrió al mundo el valor de la humildad luego de recibir la bofetada, ejemplo que aguza nuestro entendimiento y que nos hace percatarnos de la intención de Sor Juana, a saber: mostrarnos que lo esencial sólo brota cuando se ha ido para no volver, cuando sólo queda en la memoria, que es colección de retratos. Aventad colores y líneas, y si después queda algo todavía, eso será lo esencial, decimos con León Felipe.

La sabiduría paciana que en el libro Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la fe encontramos asevera que en el señero soneto de marras no hay dialéctica, sino un “emblema verbal” o monólogo lacónico. ¿Qué es un “emblema verbal”? Un grupo de valores avencidados horizontalmente que disputan por la prominencia. Sor Juana, además de retratarse y de insinuar la existencia del tiempo, nos educa para que sepamos jerarquizar valores. Antítesis materiales y lógicas demuestran lo que decimos.

Sor Juana pone en discreta lid “banalidad” y “artificio”, “flor” y “viento”, “resguardo” y “hado”, “diligencia” y “error”, “afán” y “caducidad”, es decir, imperativos vitales y culturales, respectivamente. Dichos parangones plantean una pregunta moral, ética, que desde el título se anuncia, que es así: “Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad que llama pasión”.

Todo retrato es sincrónico, diacrónico y alegórico, y Sor Juana así lo entiende, pues escribe: “éste, en quien la lisonja [sincrónica] ha pretendido/ excusar de los años los horrores [alegóricos],/ y venciendo del tiempo los rigores [diacrónicos]/ triunfar de la vejez y del olvido”. Horror sufre el concupiscente platónico, esclavo de la “cupiditas”, al ver el rostro avejentado de su idolatrada, para él más idea que humanidad.

Los catorce versos, dice Paz, son una “construcción verbal perfecta”, o por mejor decir, excelente obra dramática embutida en métrica italiana. ¿Dónde actúa el autor del soneto? En el que para ella fue tiempo airado, lugar donde cadáveres, polvo, sombras y ausencias eran los protagonistas y sustentadores de la verdad, que no de la pasión, que es… “algo que pasa”, citando a Paz.


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