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21 de agosto de 2019, 1:37:49
POESÍA


"Viva ausencia" de Blas Muñoz Pizarro

Por Gregorio Muelas Bermúdez

Blas Muñoz Pizarro es uno de los poetas valencianos más destacados y laureados de las últimas décadas y por este poemario, que bajo el significativo título de "Viva ausencia" reúne los poemas compuestos entre 2007 y 2009, recibió el Premio “Ernestina de Champourcín” 2010 concedido por la Diputación Foral de Álava.


El libro se abre con un prólogo de Antonio Mayor, compañero de versos en la tertulia “El limonero de Homero”, que con fino olfato sabe rastrear las claves de un poemario tan íntimo como necesario en la trayectoria literaria de Blas Muñoz, que como bien señala el prologuista, ha sabido aunar con precisión estética fondo y forma para ofrecernos una poesía a la vez actual y eterna.

Viva ausencia se divide en VII apartados y un Final a modo de epílogo soñado. Como antesala a las diversas estancias por las que el poeta nos adentra, nos encontramos unos versos de un heterónimo de Pessoa, Alberto Caeiro, que sintetizan la tesis principal que inspira el libro: la soledad creadora, dolorosa y fructífera.

La primera parte, que da título al conjunto, está compuesta por siete sonetos de factura clásica, donde el poeta entabla un diálogo con el tiempo huido, un ajuste de cuentas con el pasado. Esta parte contiene el “Tríptico de tu ausencia”, de hondo tono elegíaco, donde se advierte que la ausencia de la figura del padre marcó un verdadero punto de inflexión, pues a ese gran ausente le debe el poeta no sólo la vida, sino el silencio, y la palabra rediviva.

La segunda parte, titulada “Naturaleza muerta”, está integrada por siete décimas inspiradas en objetos cotidianos como un jarrón, un guante, un sillón, un disco de vinilo o una manzana, donde el poeta anima lo inerte con ánimo de conjurar lo perdido.

En la tercera parte, “Tal vez tú”, Blas Muñoz retoma el soneto en siete bellas composiciones donde su destreza rítmica se pone al servicio de la profundidad psicológica, aquí el paisaje y los fenómenos que en ellos se vislumbran (crepúsculo, lluvia), unido a la atmósfera propia del otoño y el invierno, devienen en nostalgia.

La cuarta parte, con el título “Nada”, está encabezada por una significativa cita de Francisco Brines, que nos introduce en el único poema que compone esta parte, que merced a la deconstrucción de su estructura y la rima segmentada oficia de centro sobre el que se ordena todo el poemario.

En la quinta parte, “Unas décimas de fiebre”, nos hallamos de nuevo con siete ingeniosas décimas que son fruto del recuerdo de momentos dichosos marcados por la alegría de la pena.

La sexta parte, titulada “Ardido ardid”, la integran un poema en prosa y siete bellísimos sonetos, que bien nos sorprenden por su abruptos encabalgamientos, es el caso “Forma segunda”, o nos deleitan por su propuesta metapoética pues el poeta reflexiona sobre su arte al discernir la belleza de lo pútrido, como el vuelo de las gaviotas sobre el vertedero, y en sendos homenajes a Gérard de Nerval y la paloma de Alberti.

En la séptima y última parte, “Álbum de esbozos”, Blas Muñoz vuelve a la décima, pero en esta ocasión adaptando su forma a un modo muy particular de ordenar su discurso con la gracia y el ingenio que le inspiran la luz, el viento y la lluvia de las tierras andaluzas.

En definitiva, nos hallamos ante un poemario que gracias al magistral empleo de ciertas estructuras clásicas, como el soneto y la décima, permiten al poeta ordenar ese caos que a veces es la vida y asumir sus derrotas. Sin duda, una lectura estimulante en un tiempo donde el verso libre domina el panorama.

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