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16 de octubre de 2019, 14:42:04
PENSAMIENTO


Lectura literaria del inicio del Génesis


Tan necesario es pensar en las palabras que leemos en la Biblia como razonar las áridas y profundas proposiciones que los filósofos antiguos grabaron en el mármol de la verdad, que gracias a ellos puede ser comprendida por los que no hemos sido convocados por la Revelación. La voz que oímos cuando leemos con fervor el libro del Génesis es una voz de aventurero, la de alguien que se atreve a crear algo libre, algo que sabrá qué es elegir, errar. Dios, y parecerá herejía lo que diré, fue al mismo tiempo sensato e insensato. Fue bueno, lo es, por confiar en nuestro laxo juicio, mas no podemos decir que es malo por dejar que andemos cometiendo disparates y desamparando a baldíos.


En la Vulgata leemos: “In principio creavit Deus caelum et terram”. En la tierra hallamos múltiples, indescifrables estorbos, y en el cielo límpido y amplio lugar para colocar nuestros sueños. Es menester recordar que los cielos, que para Dios son infinitos, son para nosotros, mientras carnales seamos, bípedos implumes, finitos. Lo que para el Espíritu Santo es orden, certeza, para nuestra alma es caos. Mal es que afanemos los cielos no para vislumbrar a Dios, sino para escapar de las espeluncas de arquitecto tabernario en que vivimos. La luz, hecha para que veamos, para que nos alegremos, es primordial al querer armonizar lo que nuestros sentidos, siempre tan débiles, no pueden penetrar. Es la luz, pues, don para justipreciar.

Literaria, deleitable, es la descripción de la creación de la Tierra. Fustiga nuestra imaginación representarnos sitio sin humanas almas, es decir, sin sentimientos, sin odios, repudios, amores o pasiones. Sin lo anterior todos los objetos carecen de valor. Por Dios la roca se volvió símbolo y éste, en artistas o bárbaras manos, escultura o arma. Por Él todo lo que sencillamente existía cobró ser. La existencia, así las cosas, es anterior a la esencia, que se alimenta de lo espiritual, maná que nuestra boca, más hecha para el pacer que para las finezas de la Eucaristía, rara vez puede gozar.

El relato del Génesis nos aquieta, nos permite contemplar, que es, citando a San Juan de la Cruz, recibir. Recibir, como el “oír con fe”, es esperar, que es confiar. Es la confianza un volverse ciego, o desdeñar lo abigarrado del mundo, para poder ver el interior de nuestros hermanos, costales de mentiras putrefactas que para parecer aljófares gastan más horas en afeites que visitando la Sagrada Escritura, aguas que todo lo lavan y pulen. Con todo, tal interior, por ser espiritual, es como los cielos, donde cabe el infierno y hasta los vicios, en ellos metidos merced a los mojicones de la necedad, tan aplaudidos por el bergante Satanás. Confió Dios, esto es, creó los cielos, hechos de confianza, de materia nueva que no admite malicias, que son como vino viejo.

Antes de la Creación, cierto es, no había mal, pero tampoco bien. Dios, aunque bueno para nosotros, sin más “es”, esto es, no necesita predicamentos para operar o para pensar, usando metáfora humana. Volvamos a leer la Vulgata: “Terra autem erat inanis et vacua, et tenebrae super faciem abyssi, et spiritus Dei ferebatur super aquas”. Lo que aconteció el día uno es prueba de la bondad divina. Lo que era inane, lo que estaba vacío, fue convertido en sistema de señales para mareados y nuevos seres. El humano, como las plantas y los animales, aunque porfíe nunca será viejo. Lo abismal, mera oquedad o capricho de Dios, que lo llenaba, fue relegado para que nosotros conociéramos a Dios por los caminos más cortos. La palabra, enseñó Fray Luis de León, presenta lo ausente y acerca lo lejano.

Dios, tan móvil, para que no desvariemos simula ser cosa fija. Y es lo fijo lo que permite la existencia de la palabra, que es camino cómodo y amable para comprender los deseos del que nos hizo.
¿Qué querrá Dios para nosotros? Que como Él seamos luz… luz que repudie lo del mundo y venere lo del cielo y que en poco tenga las casualidades y en mucho lo que hace falta. Quiere que seamos luz que separe las aguas de las aguas, lo que fluye hacia la muerte y lo que fluye hacia la vida. Quiere que luz seamos, luz que se una a las lumbreras y no que sirva para andar de noche. Lumínicos nos espera, en fin, para que podamos ver las semillas de las cosas y no sólo las cosas. Imposible conocer la totalidad de las cosas es, pero es posible conocer sus esencias. Que haya la luz de Dios y además, como leemos, “lumbreras”, significa que hay dos tipos de luz: la que ayuda a los ojos y la que ayuda al espíritu. La luz para los ojos ilumina formas, y la que es para el espíritu lo substancial. Es más ciego el que sólo ve formas que el que sólo ve substancias.

Lo substancial es perdurable y en lo perdurable es lo posible. La luz espiritual ve en la rosa del jardín todas las pretéritas rosas y también las porvenir. Dicha luz, luego, alumbra el tiempo, no el espacio. El tiempo, que no tiene extensión, está hecho de imágenes, que sólo pueden existir en las mentes. Éstas son el tabernáculo de la luz divina, y cuando la otra luz no está guía nuestros pensamientos, que sin Dios, es decir, sin su benevolencia, son tinieblas. Fue buena la luz para Dios, pues merced a ella el hombre, al no poder discernir, puede usarla para andar. ¿Dónde anda el hombre con la divina luz? En sí mismo, no ensimismado.

Solemos andar en nosotros con luz de lumbrera, que ilumina siempre fragmentariamente. Las lumbreras sólo pueden esclarecer o razones o sentimientos o motivos o angustias, pero no todo a una. Bien habló San Juan de la Cruz: “Y sentirás sus tinieblas mientras las embista la luz. Pues si no las ilumina la divina luz no pueden las almas ver sus tinieblas”. Cual necio nos negamos a ver la totalidad de nuestro “yo”, que ante la luz parece fragmentado, afeado.

Pero hablemos ya del orden que Dios siguió al crear su obra, y preguntémonos por qué acató tal orden y no otro. Pudo crearse antes al hombre que a las plantas, mas se hizo lo contrario. Aprendimos, por llegar a lugar donde el tiempo ya había actuado, a distinguir lo que se acerca a la muerte y lo que recién llega a la vida. Seguro es que nuestro antecesor, Adán, contemplando las muchas plantas que esparcidas andaban, notó que unas eran jóvenes y otras ancianas, que las primeras coloreadas eran y que las segundas palidecían. Más se percibe, habrá pensado, lo que yuxtapuesto a la vida está. Vida, para él, era todo lo que estimulara sus ojos. Una planta que ilumina nuestra imaginación con verde es más que infinitas plantas desteñidas.

Vio, conjeturamos con el permiso de Roma, que según la lógica de Santo Tomás será eterno por ser ella eterna, en los cansados animales la culminación de la vida de una simiente, con lo que entendió la idea de “fuerza”, que los años aminoran. Los edénicos paisajes, aunque alguna fijeza tenían, no eran los mismos con águilas que sin ellas. Natural es creer que lo que miramos es propiedad de lo que en él encontramos, y sorprendente que los propietarios nos dejen habitar en buena paz en sus desiertos. Muy distinto es ser los primeros, vemos, que los postreros. El ala del ave, vista antes que el brazo, parece rudimentaria, pero después parece cosa perfecta. Adán, razonando su incapacidad para volar, se habrá preguntado por las funciones de su fuerte brazo, que no fue capaz de hacer lugar para recostar la cabeza.

Los años, que calmos van derruyendo nuestra ignorancia, es decir, que van limpiando nuestra conciencia, nos enseñan engañosamente que todo lo pretérito es más rico que el hoy. Imaginamos que lo acaecido, lo que huyó, es siempre joven, lo que nos abre las puertas de la siempre nostálgica historia. ¡Qué magníficas habrán sido las mitologías del mítico mundo perdido!
Porque hay tierra, creemos pensó Adán, hay agua, y por ésta ríos, y por ellos hay peces. Esto es, que en el pez está todo lo enunciado. En el pez, si vemos al modo de Gualterio Whitman, hay tierra y agua, que son sustentos de la vida. Y en nosotros hay peces, aves. Y si mato al pez mato al espíritu del agua. Dios, para regalarnos las ideas primigenias que los filósofos con mucho sudor ocioso han deletreado, nos hizo después de lo inventado los primeros días de la Creación.

Llegada es la hora de atezar y dar fin a nuestras lucubraciones diciendo algunas desenvueltas y ligeras palabras concernientes al “día”, que para dejar clareadas las mentes de los leyentes habrá que acotar, pues sólo así los amaneceres que se avecinan cada madrugada podrán ser encajados en las constancias divinas. La Vulgata, pacientísima glosada que nos acompaña ensanchando nuestra nunca firme fe, aunque sí segura, dice: “Appellavitque Deus lucem Diem et tenebras Noctem”. Soslayemos las umbrosas cuestiones, que como el mar pueden tragarse al que duda, y afirmemos que el día es sorprendente, perenne e indescifrable incertidumbre iluminada.

Lo substancioso de nuestra desbarrada y más poética que teológica definición está, claro es, en el término “indescifrable”. Capaz es de dirimirnos, de carpir nuestro recogido espíritu, la aporía, que ni puede ser analizada o elegantemente rota ni al serlo, si cabeza hay que alcance tal proeza, decirnos más que sinrazones. Sorprendente es el día, bien lo supo Adán, por ser fruto divino, espacio digno de nuestros indignos planes, tan variados, tan descaminados, tan utópicos, todos muertos cuando la Tarde, prudente y grave señora que concilia buenos, malos, palurdos e ingeniosos, entra.

El día, prosigamos poetizando, es perenne, tenaz, inflexible dómine o surtidor de persuasivas azotaínas que nos obliga, de buen grado o no, a que avancemos hacia lo prometido inexcusable, donde será el sufrir castigos, enderezar vicios y gozar la presencia de nuestro Señor. Sólo es día el que indescifrable es. Sin serlo, lo hemos sentido, es el día mera noche poblada de pesadillas con luz. Día, en suma, es júbilo que no se acaba, dispensador constante de novedades que por siempre rejuvenecen. Sean las líneas despachadas eficiente y quemante fusta que apure a los que lentos y dubitativos como yo vacilan para arrepentirse de sus innúmeras liviandades–.

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