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20 de octubre de 2019, 10:55:02
ENTREVISTAS


Entrevista a Clara Usón, autora de “Valor”

"En el momento en que lo que hemos vivido como presente se convierte en pasado, en historia, empieza el olvido"

Por Javier Velasco Oliaga

Con su libro anterior, La hija del Este, Clara Usón fue premiada con el prestigioso Premio de la Crítica y varios premios más. Ahora acaba de publicar en Seix Barral su nueva novela “Valor”, una historia muy actual, pero que se encadena con hechos de la historia española un poco anteriores a la República. También aparecen otras heridas del pasado como los campos de concentración en Croacia de la Segunda Guerra Mundial.


Diversos tiempos, espacios y personajes se mezclan ante el asombro del lector, configurando una novela en la que se aborda la esencia de las grandes narraciones: la complejidad de la naturaleza humana y su contradicciones. Algo que la escritora barcelonesa sabe hacer a la perfección, como lleva demostrando hace mucho tiempo. En la entrevista nos da las claves de su nueva obra.

¿Cómo surgió la idea de escribir “Valor”?
El germen de Valor es una historia familiar que me contó mi padre, la de Luis Duch, un primo hermano de mi abuela, que participó en la sublevación de Jaca, liderada por Fermín Galán, quien proclamó la República en esa pequeña ciudad aragonesa un 12 de diciembre de 1930 y murió, ejecutado por las fuerzas monárquicas, en compañía del también capitán Ángel García Hernández, tan solo dos días después. Galán era un militar republicano y un radical de izquierdas, un espécimen típico de esa época turbulenta en la que un puñado de individuos se liaban la manta a la cabeza y se lanzaban a hacer la revolución. Murió como un héroe, o como se supone deben morir los héroes: sereno, arrogante, comandando a su propio pelotón de ejecución, con sólo 30 años. Y me interesa ese momento, Galán ante el piquete que lo va a matar. ¿Qué le lleva a mostrar ese coraje, casi esa indiferencia ante su propio fin, por qué no tiembla, o llora, o suplica que le perdonen la vida? ¿Por el honor, la hombría, que como militar valora más que su propia vida, por el imperativo de dejar un recuerdo impoluto, de morir sabiendo que lo llamarán valiente? Galán murió por sus ideas, algo que desde el mercantil siglo XXI se nos antoja inconcebible. Galán, un revolucionario tan valiente como atolondrado y, si se me permite decirlo, chapucero, no podía ser comprado, ¡no tenía precio!

La novela comienza con la ejecución de Fermín Galán y García Hernández. ¿Ha querido comenzar con una imagen de gran fuerza para atraer al lector?
Mi ambición como escritora es interesar o atrapar al lector desde el principio, por supuesto, creo que no hay narrador que no se lo proponga; hay comienzos memorables, como el de la Transformación, de Kafka: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”, o el celebérrimo inicio de Ana Karénina: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo” . Sin embargo, el mismo Tolstói empieza Guerra y paz con el diálogo un poco frívolo e insustancial de una cortesana rusa, y no por ello Guerra y paz deja de ser una de las mejores novelas que se han escrito nunca; la única regla que acepto o sigo como narradora es que no hay regla ninguna.

¿Nos gusta recordar episodios trágicos de nuestra historia u optamos por el olvido de nuestra memoria histórica?
En el momento en que lo que hemos vivido como presente se convierte en pasado, en historia, empieza el olvido. Yo viví el franquismo, pero para las nuevas generaciones es un episodio tan remoto como la guerra civil o la monarquía de Alfonso XII, un tema más de la asignatura de historia. Para mí Franco era un dictador, el poder absoluto, para los jóvenes de hoy, un nombre, una figura cuyo desconocimiento puede acarrearte un suspenso. Y está bien que sea así.

Quien olvida su historia, ¿está condenado a repetirla, como ocurrió en Bosnia?
Hegel escribió: La historia nos enseña que los pueblos y sus gobernantes nunca han aprendido nada de ella, y por ello, me temo, estamos condenados a repetir los mismos errores una y otra vez.

Mezcla los acontecimientos históricos con la actualidad. ¿Le gusta utilizar ese recurso?
Me planteo cada novela como un nuevo reto; pienso mucho su estructura, el andamiaje. Borges desdeñaba la novela porque decía que en toda novela hay ripios, los nexos entre un episodio y otro, esos pasajes engorrosos, de relleno, que tienen como única misión llevar a un personaje de C a D, o presentarnos, con antecedentes, al personaje R; en “Valor” me propuse prescindir de ellos, de forma que la novela tuviera la intensidad de un cuento. Mezclo tiempos y espacios, quiero crear la ilusión de un presente continuo, me complico la vida como narradora, con la sana intención de no complicársela al lector. Espero haberlo conseguido.

Valor es una palabra que da mucho juego, tiene varios significados: coraje, valentía, y también precio, y mérito, y cualidad o principios morales, y hay quien arriesga la vida por sus principios o sus ideales y quien vende sus principios al mejor postor, pero la novela no es, por supuesto, un estudio sobre la polisemia del término “valor”, como escritora me interesan las historias que reflejan los conflictos de la naturaleza humana, nuestras contradicciones; en los tres capítulos que integran la novela hay personajes que se ven en situaciones límite, de vida o muerte, y reaccionan con coraje o bravura (o con temeridad o inconsciencia o desesperación), o con cobardía o cautela, según sus caracteres y circunstancias personales.

También trata sobre el fanatismo que sedió en la Segunda Guerra Mundial en los campos de concentración nazis. ¿Qué le interesa de ese periodo histórico? ¿Quedan cosas todavía por contar de los campos de exterminio?
El dogma es otra abstracción a la que doy vueltas desde que investigué para mi anterior novela, “La hija del Este”: la verdad indiscutible, absoluta, la verdad que hay que impartir aunque sea a bastonazos. Y el dogma por antonomasia es el religioso, o lo es desde que surgió el monoteísmo. Nos asombran y horrorizan los asesinatos del Estado Islámico, el fanatismo de la Yihad, nos parece algo anacrónico, propio del medievo, algo que los civilizados y demócratas países de occidente tenemos hace tiempo superado. Y sin embargo, durante la segunda guerra mundial, en el Estado Independiente de Croacia, un estado títere de Hitler, liderado por el fascista croata Ante Pavelic, ferozmente católico, el catolicismo se impuso a punta de pistola y un fraile franciscano dirigió un campo de concentración, Jasenovac, en el que murieron centenares de miles de serbios por el mero hecho de serlo, y también judíos y gitanos y partisanos. Los nazis croatas, los Ustachas, eran tan crueles y bárbaros que los militares alemanes y hasta la Gestapo protestaron por sus desmanes. Pero este episodio oscuro de la historia de Europa y de la historia de la iglesia católica es prácticamente desconocido, no se habla de ello, no se guarda memoria; algo sabemos de eso en este país nuestro en el que la Memoria Histórica es un tabú. Negar el pasado, borrarlo, fingir que nunca sucedió, es un error que se paga muy caro. El fuego del discurso nacionalista serbio de Milosevic se alimentó de los rescoldos mal apagados del horror ustacha y de la masacre de cristianos ortodoxos en nombre de la Santa Iglesia Católica. En “Valor”, un sacerdote croata se ve inmerso en la última santa cruzada y, como el resto de personajes de la novela, es puesto a prueba por las circunstancias. Por cierto, Ante Pavelic, un monstruo comparable a Hitler y peor que Mussolini, murió en España, acogido por Franco, el generalísimo que fue jefe de Galán en la guerra de Marruecos, y cuya sombra se cierne sobre la novela, como sigue cerniéndose sobre España, algo de lo que cada vez somos más tristemente conscientes; parafraseando a Monterroso, podemos decir que, cuando despertamos, Franco todavía estaba ahí.

Otro de los temas tratados es el de la estafas bancarias. ¿Cómo calificaría el problema de las preferentes?
Los griegos temían a las Erinias, nosotros, a los Mercados, otra abstracción funesta que nos tiene sometidos, una divinidad sin rostro, o con muchos, como la Hidra. Es una obviedad decir que el valor absoluto, el dogma, el ideal del sXXI es la pasta, el dinero, ahora el valor moral equivale al valor económico; tanto ganas, tanto vales, admiramos a los ricos, a los empresarios triunfadores, el banquero se dedica con ahínco a especular para ser cada vez más rico, con la seguridad de hacer lo que debe, ganar dinero es ser virtuoso, no tenerlo es reprobable y te arroja a los márgenes del sistema, si nada tienes, nada vales, no hay más que ver con qué indiferencia asistimos a las muertes en el mediterráneo de los inmigrantes o al drama de los refugiados, y es un sistema diabólico del que es imposible escapar: vivir cuesta dinero, hay que ganarlo para merecer seguir viviendo. Así que el que tiene un trabajo hace lo imposible por conservarlo, ningún sacrificio es poco, ningún esfuerzo, bastante. El miedo a perder el trabajo nos vuelve cobardes, ¿quién se atreve a llevar la contraria al jefe, quién, a cuestionar la ética de la empresa que le da de comer? Un ejemplo paradigmático sería el escándalo de Volkswagen; para mí lo remarcable no es la estafa, sino el hecho de que la hayan ingeniado y perpetrado directivos y empleados fieles no en su propio interés, sino con el objetivo de que los dueños, los accionistas, ganen más dinero todavía. O en España, la gran chapuza y la gran estafa de Bankia y las demás cajas. Mati es una directora de una sucursal bancaria del levante español, una empleada ejemplar, que trabaja a destajo, mañana, tarde, noche, sábados, domingos, ¡lo que haga falta! Ha vendido preferentes hasta a su madre, es un ejemplo perfecto de víctima-victimaria, cómplice y coautora involuntaria u obligada de un gran desfalco. Y es madre de una adolescente, Mar, que la odia. Es una constante en mis novelas la exploración de las relaciones familiares, entre padres e hijos, sobre todo; no sé por qué, cada vez que emprendo un nuevo proyecto, me prometo a mí misma que escribiré sobre otra cosa, y mientras avanzo, estoy convencida de estar indagando en caminos no hollados, sólo cuando termino me percato de que, otra vez, abordo un conflicto familiar, de nuevo una historia sobre padres e hijos.

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